Crítica de ‘El pan de la guerra’: Dignidad contra el oprobio

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
El pan de la guerra
 

Con dos años de sangrante retraso se estrena en las salas de cine El pan de la guerra, la última joya del estudio irlandés Cartoon Saloon que en 2017 estuvo nominada al Óscar a la mejor película de animación junto a, entre otras, la finalmente ganadora Coco. Que una película que recibió innumerables premios y nominaciones y los casi unánimes parabienes de la crítica internacional se estrene en España cuando lleva meses disponible en Netflix y puede comprarse en bluray y DVD (internet mediante) en la mayoría de los países de nuestro entorno, desnuda bien a las claras las miserias de la distribución y exhibición en nuestro país. Para que se hagan una idea, de los estrenos de este fin de semana, se puede ver Men in Black International en 284 salas de toda España, El Pan de la guerra en 6.

¿Quién decidió hace dos años que esta película había que meterla en un cajón y no estrenarla en salas comerciales? ¿Por qué, cuando se la podía publicitar con la nominación al Óscar; con el hecho de estar producida por la mismísima Angelina Jolie y además, tratar sobre un tema tan sensible y en boga como la persecución y la falta de libertades de las mujeres en el régimen talibán afgano?

Con coproducción canadiense y realizada por el citado estudio irlandés Cartoon Saloon, autor de las maravillosas El secreto del Libro de Kells y La canción del mar, El pan de la guerra adapta la novela homónima de la escritora canadiense Deborah Ellis sobre una niña de once años llamada Parvana que, viviendo en el Kabul del régimen talibán, debe disfrazarse de chico y asumir el rol de cabeza de familia cuando su padre, un profesor de historia, es encarcelado y su madre y su hermana mayor no pueden salir a la calle a menos que lleven burka y, aun así, no pueden comprar alimentos en tiendas y mercados si no son acompañadas por un varón.  

Dirigida en solitario por Nora Twomey (codirectora de El secreto del libro de Kells junto a Tomm Moore) y sobre un guion de Anita Doron y la propia autora Deborah Ellis, El pan de la guerra mantiene el sello estético de identidad de las dos anteriores películas; sus dibujos y su técnica de animación son reconocibles, pero se aleja de las leyendas celtas para adentrarse en un territorio muy alejado, el Afganistán bajo el poder talibán en el que la mujer es, no solo postergada como miembro de la sociedad, sino perseguida y condenada por, como se ha dicho, aparecer en público sin el burka o tratar de hacer cualquier cosa sin ser acompañada por un hombre de su familia. Algo a lo que llaman “mostrar decoro y no llamar la atención sin necesidad”. 

Como el padre de Parvana recuerda al inicio del film, estamos en una tierra convulsa bajo el poder de innumerables y sucesivos imperios  pero que, no hace mucho tiempo, vivió un tiempo de paz y libertad en el que “los niños iban al colegio y las mujeres a la universidad”. A partir de ahí, la película se desdobla en dos vertientes: una real, la propia narración de los hechos y otra, más poética, emparentada con el tono de las leyendas características de los films anteriores del estudio, que terminarán por encontrarse en un ejemplar dominio de los recursos narrativos. 

El pan de la guerra desprende tanta sensibilidad como tristeza, tanta belleza estética como carga dramática, la determinación de su joven protagonista, sus desventuras y las de su familia, son contadas con exquisito gusto sin caer nunca ni en la complacencia ni en el tremendismo. Es cierto que a pesar de su entidad como película de animación no es un film infantil pero es perfectamente adecuada, incluso recomendable, para niños de primaria con cierta capacidad de comprensión, a menos, claro está, que uno quiera mantenerlos anestesiados en la confortable burbuja del primer mundo occidental donde las preocupaciones educativas van por otros derroteros. 


¿Qué te ha parecido la película?

 

8.5

Puntuación

8.5/10

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