Crítica de ‘El amor menos pensado’: Inteligente, divertida y melancólica

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
El amor menos pensado
 

Cuando una pareja, tras un tiempo más o menos largo de convivencia, decide tener hijos, renuncia de un modo consciente o (las más de las veces) inconsciente a determinadas condiciones que rigieron durante su vida previa. La ocupación del tiempo libre (o la mera existencia del mismo) con aquellas aficiones que nos gustaban; la libertad para tomar decisiones trascendentes o banales sobre el desarrollo profesional o el lugar al que ir de vacaciones; la disponibilidad para participar en planes de ocio organizados por aquellos amigos que antes eran inseparables o la intimidad para dar rienda suelta al deseo sin riesgos de despertar a alguien o que, pasado el tiempo, ese alguien abra inoportunamente una puerta que debe permanecer cerrada; se evaporan de la noche a la mañana para no regresar nunca. ¿O sí?    

Viendo las estadísticas sobre la edad a la que los hijos abandonan el hogar familiar, uno empieza a pensar que (desgracias aparte) eso del síndrome del nido vacío es una quimera o, como las casetes de música, algo perteneciente al pasado. Pero el caso es que hay circunstancias como el hecho de que los hijos se vayan a estudiar a otra ciudad que pueden precipitar la operación salida y que, una pareja, después de dieciocho o veinte años de crianza, vuelva a reencontrarse por los pasillos de casa sin criaturitas que les tiren de la pernera del pantalón, adolescentes que les esquiven la mirada o jóvenes casi adultos que pidan pasta a todas horas. Es decir, ocurrir, ocurre.

Y sobre esta ocurrencia en las vidas de Marcos (Ricardo Darín) y Ana (Mercedes Morán) construye Juan Vera El amor menos pensado, su debut en la dirección tras una sólida experiencia como guionista, para lo cual se apoya en los dos pilares básicos (casi infalibles) para que una comedia funcione: un guion ágil y química entre la pareja protagonista. Empecemos por esto último.

Sobre Ricardo Darín me resulta muy difícil escribir, me gusta tanto, me parece tan bueno, que cualquier cosa que escriba sobre él se me antoja poco y vacuo. Su capacidad para convertirse en los personajes que interpreta es de una naturalidad que no queda al alcance de los adjetivos utilizados en el lenguaje común, es un actor sencillamente portentoso. Mercedes Morán es menos conocida que otras actrices argentinas por no haber estado en los títulos de más éxito del cine argentino reciente (la recuerdo en la ya lejana Luna de Avellaneda de Campanella) pero estamos ante una gran actriz que maneja la comicidad con el sabio equilibrio entre una gestualidad comedida y un delicado manejo de las emociones. Ambos funcionan muy bien juntos en pantalla y sostienen el metraje del film de principio a fin.

La primera media hora de película es un lúcido ensayo sobre la convivencia y el extrañamiento ante el reencuentro de todas esas condiciones perdidas a las que me referí al inicio de estas líneas. El abandono del hogar de su único hijo, Luciano (Andrés Gil), para irse a estudiar a España será el detonante de una especie de crisis más existencial que conyugal que provocará la separación de Marcos y Ana. A partir de ahí, la película abandona el tono reposado y deliciosamente melancólico de ese arranque para adoptar los aires más propios de la comedia, situaciones delirantes como encuentros amorosos con ninfómanas añosas o fetichistas de los perfumes se intercalan con momentos más realistas como el galán de turno que busca en Facebook a sus excompañeras del colegio o esa, al parecer irresistible, atracción que sienten las jovencitas grunge por los maduritos que podrían ser su padre.

Juan Vera escribe con fluidez, con esa verborrea propia del cine argentino que hace que las conversaciones estén preñadas de sarcásticos intercambios de golpes y expresiones locales no siempre inteligibles por los que compartimos idioma a este lado del Atlántico pero, a fuerza de ver cine argentino, vamos dominando la jerga. El guion es inteligente y a menudo brillante aunque quizá excesivamente largo, ciento treinta y seis minutos son demasiados para contar una historia que podría contarse en menos tiempo descartando o acortando algunas secuencias que no aportan gran cosa al desarrollo del relato aunque sirvan para el (prescindible) lucimiento de Norman Briski en el papel del padre de Darín.  

El resto del reparto, a pesar del incuestionable protagonismo del tándem Darín-Morán, no pasa desapercibido, especialmente en la pareja de amigos compuesta por el cínico personaje de Luis Rubio y la descacharrante Claudia Fontán, probablemente el personaje más divertido de toda la película. Adorable resulta también el personaje de Claudia Lapacó como la madre de Ana y su lección vital de que nunca es tarde para enamorarse.

Bajo un envoltorio de comedia romántica arquetípica, El amor menos pensado es mucho más que eso, en su divertida sucesión de acontecimientos vitales se respira una sutil y agridulce reflexión acerca de los efectos del paso del tiempo sobre el amor y el deseo como ingredientes básicos de una relación o las expectativas que uno tiene sobre si mismo y el otro. Se ve con mucho agrado.


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Crítica de ‘El amor menos pensado’: Inteligente, divertida y melancólica
4 (80%) 6 votes

8

Puntuación

8.0/10

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Un comentario sobre “Crítica de ‘El amor menos pensado’: Inteligente, divertida y melancólica

  • el 11 diciembre, 2018 a las 12:04
    Permalink

    Como bien dices, Ricardo Darín es una apuesta segura. A la cola para ver.

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