Crítica de ‘La noche de 12 años’: Hermoso canto a la supervivencia

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
La noche de 12 años
 

Así como existen decenas de películas acerca de las dictaduras militares chilena y argentina, son muchas menos las que han llevado al cine la dictadura cívico-militar que se desarrolló en Uruguay entre 1973 y 1985. En 1972, antes del inicio de la dictadura propiamente dicha, Costa-Gavras filmó Estado de Sitio, un thriller político sobre el ambiente de tensión política del país centrándose particularmente en las injerencias del gobierno estadounidense y en las tensiones entre el régimen uruguayo y la guerrilla izquierdista conocida como MLN-T (Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros).

Precisamente sobre tres miembros de este grupo Tupamaros, y sus doce años de confinamiento en régimen de aislamiento, se ocupa el director uruguayo Álvaro Brechner en su tercer largometraje, La noche de 12 años, recientemente estrenada en nuestro país. Estos tres reclusos no son otros que José Mujica (Antonio de la Torre), ex presidente de Uruguay, Eleuterio Fernández Huidobro (Alfonso Tort) que también ocupó importantes cargos políticos tras la llegada de la democracia y el escritor Mauricio Rosencof (Chino Darín). Estos dos últimos son los autores del libro “Memorias del calabozo” sobre el cual se ha apoyado el propio Brechner para escribir el guion de su película.

La noche de 12 años huye desde el principio de la pretensión de ser un drama histórico al uso sobre el periodo dictatorial, para ello prescinde de tintes políticos o alusiones a nombres reales (salvo los de los tres protagonistas) y renuncia a una minuciosa reconstrucción de fechas y lugares. La única referencia temporal explícita son unos rótulos que de vez en cuando nos van recordando los días de reclusión que llevan los personajes al tiempo que nos sitúan en el año que nos encontramos desde el lejano 1973 en que fueron recluidos hasta 1985, año en que se reinstauró la democracia. Tampoco puede decirse que el film sea un biopic sobre los tres protagonistas a pesar de que sus vivencias son retratadas de acuerdo a los testimonios de ellos mismos recogidos en el libro de Huidobro y Rosencof.

Con una primera media hora árida y dura para el espectador, no tanto por la crudeza de las imágenes (que también) como por el afán de su director de fragmentar el relato con un uso audaz (y un tanto fallido) del montaje, la película va haciéndose poco a poco más asequible a medida que mediante algunos flashbacks va esbozando el contexto social y familiar de cada uno de los tres hombres alternándolo con secuencias de las duras vivencias de estos primeros años en prisión. A pesar de algunos clichés de drama carcelario prototípico, Brechner resuelve dignamente el primer tercio de película para, a partir de ahí, conducir un magnífico film en el que es capaz de extraer poesía de la podredumbre.

Las indignas condiciones de reclusión en celdas desprovistas de cualquier indicio de higiene, la mella física y psicológica que el paso del tiempo va haciendo sobre los cuerpos de Mujica, Huidobro y Rosencof, la despiadada brutalidad de los carceleros que jamás han oído hablar de nada parecido a derechos humanos y el silencio, ese silencio que se clava tanto en los reclusos como en el espectador son filmados por Brechner con un poderoso sentido visual que, mediante un ambiguo juego narrativo entre la realidad y las ensoñaciones de los personajes, adorna con algunas secuencias de gran emotividad que convierten a La noche de 12 años en un auténtico canto a la superación humana, a la libertad del individuo que resiste y, por encima de todo, a la lucha por sobrevivir incluso cuando la vida no alberga ninguna esperanza de un mañana libre, luminoso, acompañado, en el que poder sentir el abrazo de una madre, una esposa o una hija.

No son ajenas a la potencia visual y emotiva de La noche de 12 años las deslumbrantes interpretaciones de sus tres protagonistas en un brutal ejercicio de degradación física (hasta veinte kilos asegura haber perdido el Chino Darín). Sus miradas, las reacciones a los pocos indicios de humanidad con los que ven salpicados sus días y la manera en la que mediante largos silencios son capaces de expresar su lucha interior son dirigidas con mano maestra por Brechner que hace un prodigioso juego con los objetos como elementos para conducir emociones y conductas: un orinal, una pastilla de jabón o un lapicero y un cuaderno se convierten en auténticos símbolos de libertad.

La conmovedora partitura de Federico Jusid y una brutal interpretación de The Sound of Silence de Simon & Garfunkel a cargo de Silvia Pérez Cruz constituyen el sustento musical de un film de gran factura con producción uruguaya, argentina y española que representa a Uruguay en la candidatura al Óscar a mejor película de habla no inglesa.


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Crítica de ‘La noche de 12 años’: Hermoso canto a la supervivencia
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