Miedo en los interludios: El terror en el cine mudo

“La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido” H.P. Lovecraft

Desde el momento en el que el hombre desarrolló el lenguaje, aprendió a contar historias. Historias que hablaban del origen de todo, historias que respondían dudas: ¿Por qué tras la luz llega la oscuridad? ¿Por qué se abren las flores? ¿Por qué brotan los ríos? Cada civilización ha tenido su cosmogonía, con sus protagonistas divinos y sus antagonistas humanos. Algunas derivaban de aquellas que las precedieron, otras eran totalmente independientes, pero todas intentaban resolver los misterios de la vida. La ciencia fue derribando uno por uno esos mitos y leyendas sustituyéndolos por datos y hechos irrefutables.

Pero hay otras historias que en lugar de iluminar la mente humana, la oscurecen aún más. Historias que juegan con lo desconocido y batallan con la lógica. Historias que escapan a nuestros sentidos y por tanto se convierten en un terreno en el que nos sentimos indefensos. Alimentan nuestros miedos y nos ocasionan un delicioso sufrimiento. No queremos sentirlo, pero necesitamos sentirlo.

Desde las civilizaciones más primitivas existen los monstruos. Quimeras imposibles que mezclan animales. El Sassu-wunnu babilonio, el lamasu mesopotámico, el serpopardo egipcio, o la Medusa griega. Algunos otros seres como fantasmas, vampiros o muertos vivientes se dan en todos los mitos y tradiciones. Porque el miedo es tan universal como el amor.

La literatura y el folclore han alimentado esos personajes durante siglos, llegando al comienzo de su apogeo en 1764 con la publicación de El castillo de Otranto, la obra inaugural de la novela gótica. El siglo XIX exprimió nuestros miedos ofreciéndonos clásicos del género de terror como Vathek, Frankenstein, Camille o el Fausto de Goethe. Nos perdimos por la Rue Morgue, paseamos entre Las tumbas de Saint-Denis, encontramos un manuscrito en Zaragoza y habitamos La casa de los siete tejados.  Más tarde y con la modernidad del siglo XX asomando, Bram Stoker publicó Drácula. Era el año 1897 y dos años antes los hermanos Lumiere habían patentado un nuevo invento: el cinematógrafo. La literatura tenía ahora competencia como narrador de historias.

Los comienzos del cine de terror

“Pero no se oía ninguna voz en todo el vasto desierto ilimitado, y los caracteres sobre la roca decían: SILENCIO”  Edgar Alan Poe

El cine de terror es tan anciano como el séptimo arte en sí. Los primeros experimentos que se llevaron a cabo con el cinematógrafo jugaban con el espectador presentándole imágenes irreales y falta de cualquier lógica. En los pocos cortometrajes que se conservan de los albores del cine, el argumento queda subordinado a los efectos especiales, ya que en ocasiones se trata más de experimentos visuales que de narración de historias. Es el caso de los poco más de cuarenta segundos que dura Le Squelette Joyeux, de los hermanos Lumiere, una pieza que se adelantó cuatro años al primer cortometraje de Silly Symphonies de Walt Disney titulado The Skeleton Dance.

                                     Le Manoir du Diable

Para Georges Méliès, el “mago del cine”, los temas terroríficos no eran más que una excusa para llevar a cabo sus trucos visuales, padres de los efectos especiales. Considerada la primera película de terror, Le Manoir du Diable (1896) es un cortometraje de este visionario, donde un demonio crea, a partir del vapor de un caldero una magia que posee a un castillo. Hay brujas, hay esqueletos, duendes y fantasmas. Y, como no podía ser de otro modo tratándose de Méliés, hay un final feliz cuando un caballero, armado con una cruz, logra expulsar el mal del lugar. Con más humor, el turulense Segundo de Chomón rodó en 1907 La Mansión encantada, donde unos viajeros se resguardan de la tormenta en una casa poseída por un demonio que aterra a los visitantes con fantasmas y objetos que se mueven solos o desaparecen.

                                                  La mansión encantada – Segundo de Chomón

Los comienzos del cine tienen también su propia película maldita. Hay quien duda siquiera de que alguna vez existiese La Rage du Démon (1896), una cinta de la que se perdieron todas las copias. En el documental del mismo nombre que en 2016 dirigió Fabien Delage se investiga la misteriosa película. ¿Fue dirigida por el mismísimo George Méliès, o por un misterioso pupilo suyo llamado Victor Sicarius? ¿Es cierto que llevaba a los espectadores a la locura y hacia una incontrolable violencia? Podríamos comprobarlo si no fuese porque la única copia que quedaba se perdió oportunamente en 2012, ¡qué casualidad!

La Alemania de Weimar retrata su alma

“El hombre grita pidiendo alma, toda la época se convierte en un solo grito de angustia. También el arte grita, desde la oscuridad profunda grita pidiendo auxilio, invocando al espíritu: eso es el expresionismo” Hermann Bahr

Durante la Primera Guerra Mundial, el gobierno alemán prohibió todas las películas extranjeras. Como no hay mal que por bien no venga, esto impulsó el cine nacional que desarrolló una identidad influenciada por el expresionismo que en aquel momento lideraba la pintura. El resultado es uno de los estilos cinematográficos más representativos de la historia, ofreciendo una visión subjetiva y distorsionada de la realidad con decorados imposibles, ángulos y perspectivas exageradas y contrastes marcados de luces y sombras.

La Universum Film Aktiengesellschaft (UFA) fue fundada en 1917 con fines propagandísticos. Sin embargo, en 1918, con el final de la guerra, el Reich renunció a seguir subvencionando la organización cuyas acciones fueron en su mayoría compradas por el Deutsche Bank, que decidió darle un fin más allá del propagandístico: el comercial.

Aunque el primer éxito de la UFA fue la producción y distribución de las películas de Ernst Lubitsch Madame DuBarry y Anna Boleyn, el verdadero punto de inflexión en el cine alemán de la época se produjo el día que Erich Pommer se sentó en el comité ejecutivo. Pommer impulsó el cine expresionista y a él le debemos las producciones más brillantes del cine alemán de la época como Metrópolis o El ángel azul.

El terror encontró la estética perfecta en el expresionismo alemán. Las obras más tempranas de esta corriente se las debemos al actor y director Paul Wegener. El estudiante de Praga, que dirigió junto a Stellan Rye, adapta un relato de Hanns Heinz Ewers con reminiscencias del Fausto de Goethe. Un joven estudiante se enamora de una condesa y, frustrado por la diferencia social que existe entre ellos, hace un trato con un anciano: riqueza a cambio de su reflejo. La película recupera temas propios del romanticismo alemán como es el alma vendida y el inevitable destino trágico del ser humano.

                                Lyda Salmanova y Paul Wegener en El Golem

Pero la obra más célebre de Paul Wegener es sin duda El Golem. Wegener había oído hablar de esta leyenda hebrea y dirigió y protagonizó una primera versión en 1915 de la que no se conserva ninguna copia. En 1920, junto al co-director Henrik Galeen, estrenó la película que ha llegado hasta nuestros días. Considerada por muchos como la primera película de monstruos, El Golem narra la historia de un rabino que crea una figura de arcilla a la que consigue otorgar vida con un amuleto mágico y la ayuda de la deidad Astaroth. Aunque el rabino utiliza su creación como una defensa contra la persecución de los judíos en Praga, su malvado discípulo decide utilizarlo para sus propios fines, convirtiendo al Golem en un monstruo. Más allá de su valor cinematográfico, El Golem además es una muestra del antisemitismo que estaba creciendo en la Europa posterior a la Primera Guerra Mundial.  

Pero el mayor exponente del cine expresionista llegó de la mano de Robert Wiene y su obra maestra, El gabinete del Doctor Caligari.

                                                                                                                                   El gabinete del Doctor Caligari

 

La película crea una estética perturbadora de fondos estilizados y bidimensionales, deliberadamente artificiales que apoyan esta fantasía psicológica que baila entre la lucidez y la locura. El protagonista de la historia, Francis, viaja junto a su prometida y su mejor amigo, a una feria en donde un tal Dr. Caligari exhibe a un sonámbulo capaz de predecir el futuro. Una serie de muertes llevan a Francis a creer que el doctor, con control sobre su paciente, está cometiendo asesinatos a través de él.

Wiene lleva más allá la estética extrema que retrata el mundo a través de la mente de un loco; Las formas distorsionadas, los ángulos oblicuos y la proyección de sombras desorbitadas combinan con un guion retorcido distinto a nada que se hubiese visto antes.

Genuine y Las manos de Orlac fueron las otras dos aportaciones importantes que Wiene hizo al género de terror. Aunque en ambos casos pesa la sombra de El gabinete del Doctor Caligari, Las manos de Orlac merecen su propio mérito. Basada en la novela del francés Maurice Renard, Las manos de Orlac vuelve a jugar con la mente de su protagonista, un pianista que tras un accidente pierde las manos. La única posibilidad de recuperar su porvenir será un implante pertenecientes a un asesino ejecutado. Sin embargo, Orlac va perdiendo el control de esas nuevas manos que le impulsan al crimen. El excelente trabajo interpretativo de sus protagonistas, Conrad Veidt y Alexandra Sorina, compensan el excesivo metraje de la cinta, con una duración de casi dos horas.

                                                                 Max Schreck como Nosferatu

Tan icónica coma El gabinete del Doctor Caligari es la obra de Friedrich Wilhelm Murnau, Nosferatu, adaptación de la novela Drácula, de Bram Stoker. La razón del cambio de título es bien conocida. La viuda del escritor irlandés no cedió los derechos de la obra, razón por la cual el estudio contrató a Henrik Galeen, co-director y guionista de El Golem, para escribir una historia “solo” inspirada en la obra de Stoker.

La viuda del autor de Drácula terminó demandando, la productora Prana Film quebró y un tribunal exigió la destrucción de todas las copias. Por suerte para nosotros, hubo particulares que ocultaron las cintas y hoy podemos disfrutarla. Murnau creó una de las mejores películas de terror de todos los tiempos, cuyas imágenes resultan perturbadoras aun ahora. El suave contrapicado mostrándonos al vampiro sobre un barco, la sombra ascendiendo lentamente por una escalera o su aparición en una puerta de arco ojival, son combustible para nuestras pesadillas.

Murnau se despidió de Alemania, antes de su aventura hollywoodiense, con otro mito, el de Fausto. Aunque el tiempo ha hecho que Nosferatu le robe protagonismo, Fausto fue en su momento la mayor apuesta de la UFA, convirtiéndose en la película alemana más cara hasta el momento, un mérito que ostentó hasta que al año siguiente Fritz Lang dirigió Metrópolis. Estéticamente, Murnau hace hincapié en el claro oscuro y usa una atmósfera más retorcida que recuerda a El gabinete del doctor Caligari; algo comprensible si tenemos en cuenta que el director de arte de la obra de Murnau, Walter Röhrig, trabajó en el diseño de producción de la película de Wiene.  

El expresionismo alemán partía de la premisa de que el cine solo podía ser arte cuando las imágenes que proyectaba diferían de la realidad. Sin embargo, estas películas terminaron convirtiéndose en un retrato de la sociedad alemana durante la República de Weimar; de su desengaño, de su frustración y del aislamiento que experimentaron del resto de Europa.

Abandonamos este capítulo echando un breve vistazo a lo que estaba sucediendo un poco más al norte. Suecia tiene entre su filmografía patria dos títulos merecedores de un lugar de honor en nuestro repaso de terror mudo.

                                                                     La carreta fantasma

Victor Sjöström ya tenía en su haber más de cuarenta películas cuando en 1921 dirigió La carreta fantasma. Adaptada de la novela de Selma Lagerlöf, primera mujer en ganar un Nobel de literatura, se trata de una historia de redención. En ella, un grupo de borrachos recuerdan la leyenda que reza que el último pecador en morir antes del Año Nuevo está condenado a conducir durante un año la carreta de la muerte recogiendo las almas de los difuntos. David Holm, uno de esos borrachos, muere con la última campanada. La maldición le mostrará cómo el egoísmo ha guiado su vida afectando a aquellos que lo rodeaban.

Con reminiscencias de Dickens y su Cuento de Navidad, La carreta fantasma mezcla terror y drama. Se trata de uno de los mejores trabajos de Sjöström, cuyo talento a nivel técnico y narrativo le llevó a trabajar tanto en su Suecia natal como en Hollywood. La integración de la doble exposición como recurso narrativo a la hora de retratar el alma de David Holm abandonando su cuerpo, ha influenciado a todo el cine fantasmagórico posterior. Tal vez por eso Ingmar Bergman llegó a considerar este título como la mejor película de la historia y una de las mayores fuentes de inspiración de su obra.

El otro título imprescindible es Haxan, de Benjamin Christensen; un documental ficcionado que se basa en el estudio que Christensen hizo del Malleus Maleficarum, un tratado del siglo XV sobre brujería. La película es tan bella como extraña y aterradora. Machos cabríos, brujas, sacrificios humanos y orgías en una atmósfera fantasmagórica en tonos rojos y azules.

                                                                                                                                                               Haxan

 

El hombre y el monstruo: Hollywood versiona

“Todo el mundo es un científico loco, y la vida es su laboratorio” David Cronenberg

                                                                                        Frankenstein

Las primeras cintas de terror de la meca del cine fueron cortometrajes adaptando clásicos de la literatura del género. El Frankenstein que en 1910 rodó J. Searle Dawley es la primera adaptación que se hizo de la obra de Mary Shelley, y se dio por perdida hasta que se encontró una copia en los 70. En esta versión, el doctor Frankenstein no forma al monstruo a partir de trozos de cadáveres, sino que lo crea en una enorme olla y lo vemos crecer de las llamas. El efecto se llevó a cabo quemando una marioneta y después invirtiendo la grabación.

La obra de terror más adaptada en esa época fue la novela de Robert Louis Stevenson, Dr. Jekyll y Mr. Hyde, con versiones en formato cortometraje en 1912, 1913 y 1920. Aunque la primera gran adaptación de esta historia de dobles personalidades fue el largometraje El hombre y la bestia que en 1920 dirigió John S. Robertson, con John Barrymore como protagonista. En esta versión la primera transformación no cuenta con efectos de cámara ni maquillaje, como en las posteriores protagonizadas por Fredric March y Spencer Tracy, sino que delega por completo en la genial interpretación de Barrymore con torsiones faciales y mirada enloquecida.

                                                                                               John Barrymore como Mr Hyde

Mientras la novela explora la confrontación entre el instinto animal y su yo más civilizado, esta versión lanza también un mensaje crítico hacia el desarrollo científico en contraposición a la virtud cristiana.

La película fue muy bien recibida por la crítica que alabó el trabajo de Barrymore, quien  sigue siendo considerado por muchos el actor que mejor ha interpretado este papel dual. El éxito fue tal que cinco años más tarde, Stan Laurel protagonizó un corto parodia titulado Dr. Pyckle and Mr. Pryde.

El hombre de las mil caras

“Dejad que adivinen que aspecto tengo” Lon Chaney

Hollywood no había tardado en entender el atractivo del miedo en la pantalla. El género llenaba salas, sobre todo cuando en el cartel aparecía un nombre: Lon Chaney. En los años 20 se hizo popular un chiste: “¡No mates a esa araña! ¡Podría ser Lon Chaney!”. El chascarrillo nos da una idea de cuán camaleónico era el actor y su peso en el star system.

Chaney nació en Colorado. Hijo de un matrimonio sordo, su abuelo fundó una escuela para niños con esta discapacidad. Para divertir a sus padres y a los niños que allí se instruían, Lon Chaney creaba pantomimas. Así desarrolló su talento en la interpretación gestual que le llevó a trabajar en el vodevil y más tarde a Hollywood.

Aunque la película que le trajo la fama fue el drama El milagro, Chaney estará siempre vinculado al género de terror, en el que debutó en 1920 con El hombre sin piernas. En la película interpreta a Blizzard, un poderoso criminal de la ciudad de Chicago que planea vengarse del médico que le amputó las dos piernas. La película sigue las pautas de la clásica historia de investigación y crimen; Sin embargo, se llega a rozar la idea de que el personaje de Blizzard sea el propio Satanás. Eso crea un desafortunado vínculo entre la maldad y la discapacidad en un momento en el que a Estados Unidos llegaban supervivientes de la Primera Guerra Mundial que se habían dejado extremidades y la propia razón en los campos de batalla de Europa.

                                                   Lon Chaney en El fantasma de la ópera

Chaney, sin embargo, estaba magnífico en el papel, y no tardó a meterse en la piel de otro terrorífico personaje. En 1925 se estrenó la primera versión de El fantasma de la Opera, la novela de Gaston Leroux sobre un misterioso personaje desfigurado que vive en las cloacas del palacio de la ópera de París.

Chaney eligió un maquillaje grotesco para su personaje, como ya lo hizo dos años antes cuando interpreto a El jorobado de Notre Dame. Sin embargo, a pesar del aspecto aterrador y repulsivo del fantasma, éste termina por despertar la empatía y la lastima del espectador gracias a la interpretación del actor que le insufla dignidad.

La relación profesional más productiva de Lon Chaney fue la que mantuvo con el director Tod Browning. Trabajaron juntos en diez películas antes de la muerte del actor en 1930. De ellas la más célebre es la misteriosa La casa del horror (en inglés, London After Midnight). Poco podemos saber más allá de los fotogramas que nos quedan de ella, pues la última copia conocida fue destruida tras el incendio del almacén de la MGM en 1967. La película adaptaba un relato del propio Browning, y Lon Chaney interpretaba dos personajes: un inspector de Scotland Yard y un vampiro hipnotista.

Las críticas a la película fueron frías, pero con el tiempo ha ido acumulando una serie de leyendas a su alrededor que la hacen merecedora de un lugar en nuestro repaso.

Fotograma de La casa del horror

 

La casa del horror fue la última colaboración de Browning y Chaney. En 1930, en el amanecer de la era del sonoro, el director preparaba su versión de Drácula, con su amigo como el legendario conde. Sin embargo, Chaney murió pocos meses antes de comenzar el rodaje. Otro actor, el húngaro Bela Lugosi, heredó el papel convirtiéndose él también en una leyenda del cine de terror.

Y llegó el sonoro

“Si las películas son los sueños de la cultura popular…Las películas de terror son las pesadillas” Stephen King

Durante casi tres décadas el cine se las había arreglado para contar historias a través de sofisticadas técnicas narrativas y expresivas interpretaciones. Pero en 1927 el cine mudo se topó con su final. El estreno de El cantor de jazz, primer largometraje con sonido sincronizado, anunció que la pantalla había aprendido a hablar.

Se acabó el acompañamiento musical a piano, los interludios y los rostros exagerados para expresar el diálogo silencioso. Cambió el cine, y cambió el terror. El simbolismo y la abstracción que caracterizaban estas películas que ahondaban en la psicología del propio miedo, fueron sustituidos por las posibilidades del sonoro. Nunca antes se había escuchado en la pantalla una puerta chirriar, unos pasos acercándose o el grito de una víctima antes de ser mordida por un vampiro.

Las películas silenciosas fueron quedándose obsoletas, relegadas a influencias de los creadores posteriores. El género de terror siguió y sigue llenando salas. Otros intérpretes se convirtieron en rostros protagonistas de nuestras pesadillas: Boris Karloff, Christopher Lee, Gloria Holden, Klaus Kinski o Vincent Price entre otros muchos.

La astucia desarrolló los juegos de imágenes para engañar a nuestra lógica, haciendo innecesarias las palabras para congelarnos la sangre. Los títulos que se quedan fuera de este repaso son innumerables. La japonesa Kurutta ippêji, con una fuerte influencia de El gabinete del Doctor Caligari, El hombre que ríe de Paul Leni, El infierno Giuseppe de Liguoro o La caída de la casa Usher, una de las más importantes versiones cinematográficas de la obra de Edgar Alan Poe, dirigida por el polaco Jean Epstein y adaptada por Luis Buñuel. Podríamos seguir y seguir por este océano de títulos, precursores de todas las películas que corremos a ver al cine para pasarlo mal y no dormir en tres noches. Pero aquí termina este artículo con el único propósito de visitar las telarañas del género, esas en las que quedan atrapados nuestros miedos. Y eso sin decir una palabra.

 

Desde No es cine todo lo que reluce os deseamos una terrorífica víspera de Todos los Santos.

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