Crítica de ‘Mary Shelley’: Boceto de biografía

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: Mary Shelley

En 2012, Haifaa Al-Mansour se convirtió en la primera mujer en dirigir un largometraje en Arabia Saudí. La bicicleta verde le proporcionó el merecido reconocimiento a través de premios y nominaciones en festivales de todo el mundo. Es casi poético que a la hora de dar el salto a la producción fuera de su país, lo haya hecho con la biografía de una creadora que, como ella, se movió en un mundo de hombres. Mary Shelley llega este fin de semana a nuestras pantallas, una historia de amor que indaga en los orígenes de la obra maestra de la autora británica: Frankenstein.

El tema ya fue tratado por Gonzalo Suarez en Remando al viento, una película con mayor valor estético que argumental con un reparto liderado por Hugh Grant en el papel de Lord Byron. En Mary Shelley, sin embargo, nos centramos únicamente en ella y, aquellos personajes que la acompañan, no son sino satélites que afectan y alimentan su creación.

La joven Mary Shelley, hija del ensayista William Godwin y de la filósofa y feminista Mary Wollstonecraft, vive en Londres junto a su padre, la nueva esposa de este y su hermanastra Claire Clairmont. Quiere escribir, pero no encuentra su propia voz. Hasta que un día se cruza en su camino el poeta Percy Shelley.

Al-Mansour dirige un guion de Emma Jensen, para quien este es su primer trabajo acreditado. Jensen tomó distintas biografías de la autora para construir esta historia que gira en torno a los dos aspectos más conocidos de Mary Shelley: su matrimonio y la creación de Frankenstein. El resultado aprueba dentro de ese género tan encorsetado que es el biográfico. Sin embargo, aquellos que ya conozcan las vicisitudes de Shelley, lamentarán que el retrato haya quedado algo superficial.

La vida de Mary Shelley estuvo marcada por el abandono. Desde la muerte de su madre diez días después de darla a luz, al desprecio de su padre tras enterarse de su aventura con su pupilo Percy Shelley, Mary sintió que no pertenecía a ningún lugar. Ese ostracismo, junto a nuevas teorías científicas como el galvanismo, fue el combustible para la creación de Frankenstein, una novela donde el monstruo despierta tanto horror como compasión.

La lectura en la que la criatura de Victor Frankenstein es la encarnación de la propia Mary Shelley no es nueva. La crítica feminista ya vio los paralelismos entre el doctor y William Godwin, quien educó a su hija en su pensamiento progresista que abogaba por la libertad del individuo y después la rechazó cuando ella actuó según esos principios. Pero Jensen no ve a Mary Shelley como la creación repudiada de Godwin, sino de su marido Percy. Del mismo modo que el monstruo sería la imagen no solo de la autora, sino también de su hermanastra Claire, repudiada y abandonada por Lord Byron.

Esto choca con el tono feminista que destila la cinta, porque vemos a una Mary Shelley ingenua, víctima de las continuas infidelidades de su marido. En la realidad, estos escarceos eran permitidos por la pareja que, no solo no estaban casados, sino que siempre defendieron el amor libre.

Y es que lo que chirría en el guion es la necesidad de un villano. Si algo jugó en contra de Mary Shelley, no fue su marido o el resto de contemporáneos, sino su propio tiempo. El retrato de Percy, embaucador, cruel y traicionero no solo no refleja la opinión de su propia mujer que reivindicó su vida y su obra hasta el final, sino que la convierte a ella en una idiota engatusada.

Sería mucho esperar que el género biográfico en el cine se ciñese por completo a la realidad, así que podemos disculpar a Jensen por esas licencias que, si bien adulteran la biografía de Shelley, sirven para que la historia fluya a buen ritmo y salpimentada de drama.

El reparto está formado por actores jóvenes entre los que hay que destacar a los dos principales. Elle Fanning está magnífica en su retrato de Mary Shelley, conteniendo en su lánguido y delicado aspecto toda la fuerza, el dolor y la valentía del personaje. Douglas Booth reivindica a Percy Shelley a pesar del enfoque sombrío que han querido darle. Su mirada febril y su belleza casi femenina dibujan al héroe romántico que encierra una personalidad que baila entre la melancolía y el optimismo infantil.

No se puede decir lo mismo de la interpretación que Tom Sturridge hace de Lord Byron. Histriónico, afectado y nervioso, en su intento de retratar la excentricidad del noble dandi, cae en la parodia.

A nivel técnico la película no tiene una falta. El diseño de producción a cargo de Paki Smith nos traslada de la suciedad y el bullicio de Somers Town al lujo de los interiores de la Villa Diodati en Ginebra. Si a eso le unimos el trabajo de vestuario de Caroline Koener con vestidos de corte imperio, levitas, tocados y chalecos, tenemos un regalo para los estetas aficionados al cine de época.

Y es que Mary Shelley funciona más como una película de época que como una biografía de la autora. Sus dos horas transcurren con un ritmo suave, pero nunca lento, que desarrolla una bonita historia de amor, pero también de soledad, menos parecida a la realidad de lo que cabría esperar. Al fin y al cabo, aunque la realidad supere a veces a la ficción, es esta última la que más entradas vende.


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