Crítica de ‘Lucky’: Un brindis a la salud de Harry Dean Stanton

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: Lucky

Cuando uno es mitómano cuesta ser objetivo. Pero si te dicen que un secundario de lujo como John Carroll Lynch ha debutado como director para gloria de otro secundario de lujo como Harry Dean Stanton, la objetividad te la puedes dejar en casa. Lucky es una experiencia espiritual, una modesta producción que encierra la grandeza de una historia sencilla.

Lucky es un nonagenario que vive solo en una pequeña localidad fronteriza. Sus días transcurren en una rutina segura, entre vecinos y amigos. Su salud es envidiable, pero ningún cuerpo dura eternamente y, tras una caída, Lucky se enfrenta a su propia mortalidad y a los recuerdos de una vida llevada a su manera.

Escrita por su amigo Logan Sparks en colaboración con Drago Sumonja, Lucky fue construida en torno a Harry Dean Stanton. Nadie más podría haberlo interpretado, porque Lucky es el alter ego del propio actor. Del mismo modo, entre los personajes fugaces, encontramos a algunos de sus amigos más cercanos, como Ed Bengley, David Lynch o Tom Skerritt. Todo ello otorga a la película un tono casi panegírico del protagonista.

Pero Lucky no es un drama; es el viaje espiritual de un ateo. Una lección sobre la vida, la vejez y la muerte, honesta y amarga, pero también tierna y cómica. Un guion que comparte espíritu con Una historia verdadera de David Lynch. “Una carta de amor a la vida y la carrera de Harry Dean Stanton y la reflexión sobre la moral, la soledad, la espiritualidad y la conexión entre las personas” como la definió su director, el actor John Carroll Lynch.

Y es que, si bien es cierto que la película es un brindis al actor, también se trata de la proclamación del éxito de Carroll Lynch como director. El actor, que ha trabajado con Scorsese, los hermanos Coen o David Fincher, ha sabido canalizar todo lo que ha aprendido en su dilatada carrera, y ponerlo en práctica detrás de la cámara. Ya no podemos hablar de un actor de tremendo talento, sino de un artista multidisciplinar. Lucky es poesía en cada plano. Su ritmo lento, casi estático, lejos de aburrir, conmueve al espectador. Es un escupitajo de la nimiedad y al mismo tiempo la grandeza de la vida. Carroll Lynch recurre al simbolismo sutil para emocionar con un guion que ya de por si es sensible, pero no sensiblero.

Hablar del reparto es hablar casi exclusivamente de Harry Dean Stanton. Aquellos actores que desfilan por la pantalla son pequeños pulsos interpretativos con el protagonista. Beth Grant, Ron Livingston o Barry Shabaka Henley ponen en sus papeles secundarios el mismo talento al que nos tienen acostumbrados. Y, si hay alguien a destacar, es el director David Lynch en el papel de Howard, un vecino que acaba de perder a su mejor amigo, Presidente Roosevelt, un galápago de más de cien años. Lynch es adorable y conmovedor en las dos escenas que tiene en la película.

Pero esta es una oda a Stanton y es él quien brilla. Eterno secundario, nunca protagonista, Stanton participó en más de doscientas producciones, dejando huella en todas ellas. Nos acostumbró a un nivel de interpretación altísimo, pero el papel de Lucky multiplica por mil cada uno de sus papeles anteriores. Stanton abre su alma y se muestra honesto y lógico y, al mismo tiempo, inseguro y asustado. Junto a él viajamos ese recorrido hacia la iluminación, hacia la inexorable realidad del ser humano. Y nos da la mano porque él es Lucky, y nosotros lo seremos algún día.

Es difícil definir una película así. Una historia que habla de la vejez y la muerte parece condenada a amargarte el visionado. No es este el caso, Lucky no es una comedia de carcajada, no es un drama de lágrimas. Lucky es una película sobre la aceptación, sobre lo no perdurable. Tal vez sabría distinta con otro actor. Quizás no la viviríamos igual si este se encontrase aun entre nosotros. Pero la última sonrisa que Stanton dedica al público, sabe a despedida. Una reverencia al espectador antes de que el telón caiga para siempre. Una sonrisa que indica que la obra ha terminado, y que eso está bien.


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