Crítica de ‘Gorrión rojo’: Espiando en la postguerra (fría)

Crítica de ‘Gorrión rojo’: Espiando en la postguerra (fría)
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Las críticas de José F. Pérez Pertejo: Gorrión rojo 

Reconozco que de un tiempo a esta parte no profundizo demasiado en la lectura de las noticias internacionales y, como medida de autocuidado de mi salud emocional, cada vez menos en las nacionales. Aun así, los titulares de los periódicos o fragmentos de tertulias radiofónicas cazadas casualmente en el coche me mantienen al tanto de que Barack Obama tuvo ciertos problemas con Ángela Merkel por escuchas telefónicas de la NSA (Agencia de Seguridad Nacional) a líderes europeos y de la existencia de tramas de espionaje rusas que jugaron cierto papel durante la última campaña electoral estadounidense que llevó a Donald Trump a la presidencia. Y uno, que en su ingenuidad se creyó en su momento que la guerra fría había terminado con la caída del muro de Berlín y la disolución del bloque soviético, poco a poco se ha ido cayendo del guindo y dándose cuenta de que las cosas no son como nos las pintaban a comienzos de los noventa.

La guerra fría siempre fue un filón para la literatura de espías engrandecida por autores como John Le Carré, Frederick Forsyth o Tom Clacy, filón, que con su habitual comportamiento saprófito ha aprovechado el cine produciendo películas que, aunque con resultados desiguales, casi siempre han resultado como mínimo entretenidas. Y entretenida es el precisamente la palabra que mejor define este Gorrión Rojo, una trama de espionaje en la postguerra fría, que llega a nuestras pantallas fruto de una nueva colaboración entre el director (Francis) y la heroína (Jennifer) de la saga de Los Juegos del Hambre que, a pesar de compartir apellido (Lawrence) no son, hasta donde se sabe, familiares.

Dominika Egorova (Jennifer Lawrence) es la primera bailarina del prestigioso ballet del Bolshoi ruso, una joven celebridad protegida por el estado hasta que un desafortunado accidente trunca su pierna y su carrera dejándola abocada a abandonar la danza y a perder sus privilegios en forma de acomodada vivienda pagada por el gobierno, seguro médico para su enferma madre y demás prebendas. Su siniestro tío Iván (Matthias Schoenaerts) que trabaja en las altas esferas de la inteligencia rusa, la conducirá a un programa estatal secreto llamado Gorrión Rojo que dirigido por una especie de madame (Charlotte Rampling) se dedica a adiestrar a jóvenes guapos y “jóvenas” guapas en las artes de la seducción sin marcarse ningún tipo de límite físico ni moral en la utilización de su cuerpo.

Basada en la novela homónima de Jason Matthews, Francis Lawrence apoya absolutamente la película en su actriz protagonista, pero explotando mucho más su atractivo físico y su gancho sexual que sus incuestionables y conocidas dotes interpretativas. Jennifer Lawrence llega más lejos que nunca en la exhibición de su cuerpo para dar vida a un personaje que, a pesar de ciertas diferencias biográficas, ya en la novela viene escrito como marcadamente sexual, no en vano se trata de una suerte de cortesana por mucho que se le vista de espía y se le llame gorrión.

Los problemas surgen cuando al guionista Justin Haythe se le va de las manos el riesgo de enrevesar demasiado la trama con el objeto de no hacerla previsible y pretende engañar continuamente al espectador con la idea de si Dominika espía para los rusos o se vende a los americanos, o hace creer a los americanos que se ha pasado de lado pero sigue siendo fiel a los rusos, o sencillamente pasa de los rusos y de los americanos y lo único que quiere es salvar su trasero y vengarse de los que le han hecho daño. Porque sufrir, sufre. Y mucho. Algunas secuencias harán apartar los ojos más sensibles y rechinar los dientes más escrupulosos.

El segundo problema es que concebir el film como vehículo para el lucimiento de Jennifer Lawrence conlleva pagar el precio de desaprovechar los personajes secundarios que o bien están desdibujados en el guion (el papel de la madre interpretado por Joely Richardson, por ejemplo) o desaprovechados en la trama (Jeremy Irons, Charlotte Rampling y Mary-Louise Parker son tres lujos que la película se permite sin que sus papeles luzcan como es debido) o interpretados por buenos actores que sencillamente no encajan con lo que el personaje demanda, Joel Edgerton, que me parece un excelente actor (sin ir más lejos en Loving del pasado año estaba excepcional) no da el tipo de chico guapo de la peli, y si no hay química física e interpretativa entre la chica (en este caso protagonista) y el chico (accesorio), tenemos otro problema. El único que resiste el tirón de la estrella de la película es el belga Matthias Schoenaerts que está francamente bien y cuyo parecido físico con Vladimir Putin me hizo pensar al inicio de la peli que estaba interpretando al propio presidente ruso.

Pero a pesar de estos problemas y de cierto exceso de metraje (no eran necesarios 139 minutos), Gorrión rojo es, como anticipé al inicio de estas líneas, entretenida, incluso muy entretenida para el espectador que consiga mantenerse atento y no perderse ningún detalle en los momentos en los que guionista y director quieren mantener el suspense a costa de ralentizar el avance del relato o recrearse demasiado en el ruido y la furia de torturas, mamporros y desahogos sexuales.

6.5

Puntuación

6.5 /10

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Un comentario sobre “Crítica de ‘Gorrión rojo’: Espiando en la postguerra (fría)

  • el 29 marzo, 2018 a las 15:59
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    Simplemente entretenida, y como bien dices, actores secundarios de altura y que pasan totalmente desapercibidos.

    Respuesta

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