Crítica de ‘Loving’: Delicada, sutil y emocionante

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: Loving

Tras la agria polémica que el año pasado salpicó a los Óscar de Hollywood por la ausencia de nominados de raza negra en las principales categorías, rabieta de Will Smith incluida, este año tenemos un buen contingente de películas interpretadas por actores afroamericanos en las que la cuestión racial es tratada, ya sea central o marginalmente, en el argumento. El resultado es que hay actores y actrices negros nominados en las cuatro categorías de interpretación. Si hace unos días escribía en esta misma página sobre la sólida Figuras ocultas (por la que ha sido nominada Octavia Spencer a mejor actriz secundaria), llega ahora el turno a Loving, un emocionante drama basado en una historia real por la que su protagonista femenina Ruth Negga se ha metido en el quinteto de nominadas al Óscar a la mejor actriz. En las próximas semanas se estrenarán Fences (Denzel Washington) y Moonlight (Barry Jenkins) de mayoría afroamericana en su equipo artístico y con el tema racial como elemento de peso argumental.

Reconozco que tengo ciertos reparos con las películas que nacen con el marchamo de denuncia de una situación de marginación sea cual sea la causa, he visto suficientes sobre el tema del racismo y la segregación racial como para saber que con muchas de ellas termino con una molesta sensación de culpabilidad por el hecho de ser blanco. La última que me puso de mal humor fue la muy celebrada (y premiada) Doce años de esclavitud en la que su director decidió no ahorrar ningún plano de la tortura a la que eran sometidos sus protagonistas para escarbar en la conciencia de los espectadores. Las atrocidades cometidas en nombre del racismo me parecen uno de los capítulos más deleznables de la humanidad, pero hacer cine de ello exige, en mi opinión, evitar el maniqueísmo y cuidar las más elementales normas de contención para no convertir la situación denunciada en casquería visual.

Afortunadamente con Loving me libero de mis reparos a los pocos minutos de metraje, el director Jeff Nichols deja muy claro desde el principio que su intención no es otra que la de contar una historia, la de los diez años de lucha en los que Richard y Mildred Loving sufrieron la persecución, arresto, encarcelamiento y exilio por algo tan humano como amarse y casarse en un estado, el de Virginia, en el que el matrimonio interracial era ilegal. Y Nichols cuenta esta historia con un enorme respeto a la inteligencia del espectador que no necesita subrayados ni en forma de planos grandilocuentes ni de molestas subidas del volumen de la música ni de ostentosas interpretaciones llenas de gritos y arrebatados movimientos de brazos.

La grandeza de Loving radica precisamente en lo contrario, en hacer buena la máxima del “menos es más” tanto en la sutileza de la dirección como en la delicadeza de las interpretaciones de unos soberbios Joel Edgerton y (sobre todo) Ruth Negga. Ambos consiguen trascender su amor fuera de la pantalla creando una complicidad que se apoya en las miradas, en el entendimiento, en la comprensión, en la ternura y no en palabras grandilocuentes ni exhibicionistas gestos de pasión. Es decir, en la esencia del amor y no en sus artificios.

No estamos, por tanto, ante una epopeya sobre la lucha contra el racismo, las referencias históricas a Martin Luther King o los Kennedy son absolutamente tangenciales a lo que realmente importa que no es más que la intimista historia de amor de un hombre (blanco) y una mujer (negra) que deciden poner sus sentimientos por encima de todas las dificultades y renunciar a poder vivir en su tierra, rodeados por los suyos e irse a otro estado para evitar ser encarcelados. Serán dos abogados de una asociación pro derechos civiles los que les saquen de su ensimismamiento y les empujen a luchar por su situación, personajes interpretados por unos mediocres Nick Kroll y Jon Bass que no están a la altura de la pareja protagonista. Completa el reparto Michael Shannon, actor fetiche del director, cuya presencia es casi testimonial.

La música de David Wingo y la fotografía de Adam Stone se sitúan dentro del marco de sutileza y delicadeza general de un film que tenía todas las papeletas para convertirse en carne de (soporífero) telefilm de sobremesa y resulta en una película que consigue desbordar la emoción desde la sencillez y la humildad. Tardaré en olvidar el rostro de Ruth Negga apoyada en el porche de su casa mirando a su marido y sus hijos en el momento culminante de la película. No se puede decir más con solo una mirada. Muy emocionante.

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