Crítica de ‘Cosas de la edad’: Tomadura de pelo a la francesa

Crítica de ‘Cosas de la edad’: Tomadura de pelo a la francesa
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Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: Cosas de la edad

La crisis de la mediana edad es aterradora. Nos llega a todos y depende de nosotros cómo bandearla. Más dolorosa puede ser si tu trabajo depende de tu cara y tu cuerpo. Que se lo digan a Norma Desmond en el Crepúsculo de los dioses. Hasta ahora era un tema que preocupaba especialmente a las actrices que, a partir de los treinta, pasaban de heroína sexy a abuela diestra en el macramé. El actor Guillaume Canet ha querido exorcizar los demonios de la crisis de los cuarenta con Cosas de la edad; una comedia en la que ficciona su vida para retratar su yo más inseguro. Desafortunadamente, la película no resulta ni divertida ni profunda.

Guillaume Canet ha pasado ya de los cuarenta. A éxitos como La playa o Juntos, nada más, le siguen proyectos menos atractivos, donde sus personajes le escupen la triste realidad: ya no es joven. Poco importa que esté casado con Marion Cotillard, una de las actrices más bellas y talentosas dentro y fuera de Francia. Tampoco le consuela su amoroso hijo o su grupo de amigos, porque el día en que una actriz de veinte años le dice que no resulta atractivo para las espectadoras, Guillaume Canet cortocircuita y decide poner su vida patas arriba para convertirse en un actor rebelde y sexy.

Dos actores del talento del matrimonio Canet y Cotillard, y un género como la comedia, más francés que la Marsellesa, debería ofrecer un resultado positivo y, sin embargo, Cosas de la edad bien merece la guillotina.

Su premisa es muy atractiva, y recuerda a series como Life’s Too Short, Jean-Claude Van Johnson o la nacional ¿Qué fue de Jorge Sanz? Pero Canet no ha sido capaz de crear esa comicidad incómoda y esa capacidad de reírse de él mismo. Al intentar ficcionar su vida, termina deformándola tanto que deja de ser creíble. El actor pasa de interpretarse a él mismo a convertirse en una caricatura grotesca y ridícula. Lo mismo ocurre con Cotillard, que se representa como una actriz del método para la que los buenos papeles se limitan a discapacitados o a personajes con acento.

En un episodio de Life’s Too Short, Warwick Davis, quien interpretó a Willow, está en una reunión de acondroplásicos. Los desprecia porque, en su opinión, él es mejor enano que el resto. Al espectador no le importa que el verdadero Davis lleve casado con la misma mujer más de veinte años. Tampoco que tenga hijos y viva una vida tranquila, tan distinta de la del Warwick Davis que creó Ricky Gervais. El espectador sabe que está viendo un personaje; a pesar de que ese personaje comparta nombre, apellido y una realidad profesional con aquel que lo interpreta. Es divertido porque el actor se redibuja como un impresentable.

Guillaume Canet no ha creado otra versión de él mismo, sino que ha intentado trampear la real. Sabemos que no es un actor despreciado o ninguneado en el cine francés; sus cinco nominaciones y una victoria en los Cesar lo desmienten. Tampoco ha fracasado como actor internacional: ha trabajado a las órdenes de directores como Danny Boyle o Stephen Frears, y compartido pantalla con Leonardo DiCaprio o Dustin Hoffman. Así que no podemos creernos a ese alterego ridículo del que parece hacer leña el cine.

Pero quizá el mayor error de la película esté, no tanto en el personaje protagonista, como en el guion, tanto en la forma como en el ritmo. Durante toda la película el espectador tiene la sensación de que el argumento se ha escrito sobre la marcha. Sin coherencia ni conexión, termina siendo una cadena de incidentes sin relación los unos con los otros. Con situaciones que se precipitan de lo poco cómico al absurdo estúpido. La aparición en pantalla del actor Ben Foster o el cantante Johnny Hallyday sigue siendo una incógnita para mí; no viene a cuento ni añade nada interesante a la historia 

Es especialmente lamentable el despropósito en argumento y diálogos cuando Canet ya ha demostrado ser un gran guionista y director en películas como Pequeñas mentiras sin importancia o No se lo digas a nadie, mientras aquí deja a la historia dar vueltas como pollo sin cabeza.

El espejo distorsionador no siempre funciona. A veces puede devolvernos una imagen tan esperpéntica que la realidad se pierde hasta no reconocerse. Es lo que ocurre en Cosas de la edad: cualquier parecido con la realidad o la coherencia es pura coincidencia.

1

Puntuación

1.0 /10

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