Crítica de ‘Todo el dinero del mundo’: Ridley Scott para televisión

Crítica de ‘Todo el dinero del mundo’: Ridley Scott para televisión
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Las críticas de Óscar M.: Todo el dinero del mundo

Cuando un espectador acude al cine a ver una película con el aliciente publicitario de “dirigida por Ridley Scott” no puede evitar pensar en grandes superproducciones previas del director como Alien, Gladiator, Blade Runner o la reciente Marte (The Martian). Sin embargo, si acuden a la sala (o la alquilan digitalmente) con esta premisa, Todo el dinero del mundo les va a defraudar.

Pero no porque sea una mala película, básicamente es porque se trata de una historia de corte más intimista y sin tanta parafernalia digital o espectáculos pirotécnicos y podría equipararse a nivel cinematográfico a Thelma y Louise en ese sentido. Desafortunadamente, Todo el dinero del mundo podría ser una película basada en un hecho real dirigida por cualquier otro director, puesto que el sello que caracteriza al director está totalmente ausente.

La dirección de Ridley Scott sólo se nota en su constante obsesión por las escenas con niebla (aprovecha cualquier escena con un mínimo de tensión para usarla) y por impregnar cierto toque de estabilidad a una historia que en sus primeros veinte minutos va dando tumbos cronológicos y argumentales, entremezclando escenas pasadas a la historia principal y mareando al espectador para ofrecernos detalles sobre las personalidades de los personajes. Por suerte, este recurso de flashbacks no se mantiene mucho tiempo y el resto de la película discurre como una habitual película para televisión con base real, pero con más presupuesto.

Como indica el propio título de la película, han disfrutado de un presupuesto abultado para representar (en forma de cartón piedra y a base de alquilar mansiones) la ostentosa vida del billonario Getty, interpretado por Christopher Plummer (quien sustituye al defenestrado Kevin Spacey, eliminado por completo de la cinta por sus -supuestos- escándalos sexuales), el cual aporta una arrogancia y un desinterés propias del estilo de vida del personaje que representa.

Del resto del reparto, destaca Michelle Williams, quien está demasiado contenida para el papel, su interpretación de la sufrida madre del secuestrado no despierta ni simpatía ni compasión en el espectador, provocando una sensación demasiado fría y hasta cuestionable. Aún así no llega al nivel de un Mark Wahlberg absolutamente impasible y ajeno a lo que sucede a su alrededor. Prácticamente como en cada película donde aparece, ya esté rodeado de robots transformables digitales, de simios parlantes o dirigiendo la recuperación de un niño secuestrado. En el lado opuesto está el trabajo de Romain Duris (al que algunos espectadores recordarán de la saga iniciada con Una casa de locos y que terminó con Nueva vida en Nueva York) y Charlie Plummer, que demuestran más implicación y se llevan el aprobado del público.

El punto a favor se lo lleva un guión de David Scarpa y basado en la novela escrita por John Pearson, que consigue que el público dude de las intenciones de todos los personajes, despierta y mantiene el interés del espectador hasta la resolución final y aporta detalles dramáticos a una historia de por sí previsible y que podría pasar perfectamente por adaptación para televisión de domingo por la tarde para ver entre cabezadas.

La excelente ambientación y el minucioso detallismo de la puesta en escena obliga al espectador a estar pendiente de las escenas rodadas en exteriores y a buscar errores (nunca superaremos los errores garrafales de Gladiator) en una película que transmite la sensación constante de estar viendo un telefilme rodado hace 50 años, lo cual aporta un realismo a la historia que hay que valorar.

El guión también aprovecha para situar las escenas en interiores para hacer la historia más intimista y personal (intentando quizá suplir el escaso dramatismo que transmiten los actores), aunque apoya en exceso la parte dramática en la banda sonora de Daniel Pemberton, que aporta una música con toques de los años sesenta y setenta y repite con acierto la misma jugada que ya hizo en Operación U.N.C.L.E. hace un par de años.

Todo el dinero del mundo deja clara de forma cinematográfica la máxima de los grandes ricachones: “Nadie se hace rico siendo altruista, ni derrochando su fortuna. Vive como un pobre, ahorrando todo lo que puedas y serás el más rico del cementerio”. En este caso, es Scott el que se ha ahorrado los efectos especiales en una historia real y alejada de su estilo más fantástico, y ofrece un producto destinado, sobre todo, para su público menos fiel y menos exigente.

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