Crítica de ‘Yo, Tonya’: De los patines a la infamia

Crítica de ‘Yo, Tonya’: De los patines a la infamia
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Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: Yo, Tonya

Queda una semana para la clausura de los Juegos Olímpicos de PyeongChang y aún estamos saboreando esos bronces de Javier Fernandez en patinaje artístico sobre hielo y de Regino Hernandez en snowboard. Nuestro espíritu olímpico está en lo más alto, así que nada mejor que una película sobre las sombras y altibajos del deporte profesional para regresarnos al mundo real. Yo, Tonya es una tragicomedia biográfica sobre la patinadora Tonya Harding, sobre su lucha por llegar a lo más alto sobre la pista de hielo y sobre cómo un incidente, el ataque a su principal rival, terminó por finiquitar y definir su carrera.

Yo, Tonya está dirigida por Craig Gillespie a quien, a pesar de su filmografía desigual, le perdonamos todo por haber capitaneado Lars y una chica de verdad. Con esta última comparte un retrato del drama desde una perspectiva cómica, si bien en esta ocasión se trata de un humor más cínico que tierno. Gillespie coge la batuta sobre el guion de Steven Rogers, cuyo mayor éxito fue la adaptación cinematográfica de Postdata: Te quiero y que, sin embargo, aquí hace un trabajo espléndido tejiendo la historia de Harding sobre las distintas entrevistas que concedieron los implicados en ella.

El patinaje artístico de principios de los noventa estuvo marcado por el ataque a Nancy Kerrigan. Un hombre apareció en el centro donde Nancy entrenaba y le rompió la rodilla. La tragedia se convirtió en escándalo cuando el FBI investigó el suceso y determinó que el atacante había salido del círculo personal de la principal rival de Kerrigan, Tonya Harding.

Sin duda este suceso es el episodio más famoso en la vida de Harding, pero Yo, Tonya lo explota en su justa medida sin que ensombrezca el resto de la trayectoria de la patinadora, un camino cimentado sobre pobreza, abandono y malos tratos, primero a manos de su madre y después por parte de su marido. Pero Tonya tampoco es una santa y en ello reside uno de los aciertos del guion, en no beatificarla, si bien la película parece liberarla de cualquier responsabilidad en el ataque a Kerrigan, más allá del entorpecimiento de la investigación. Tonya se retrata caprichosa, malhumorada, hortera y violenta. Pertenece a esa “White trash” norteamericana, ese estamento social ubicado en la pobreza tanto económica como cultural, por lo que su lucha por estar en lo más alto del patinaje artístico nacional es toda una hazaña de la que el espectador tampoco se alegra del todo, porque Tonya no cae simpática. En este sentido, la película se aleja de los patrones habituales del género biográfico donde los pecados del protagonista se maquillan con sus virtudes. No es este el caso, y Steven Rogers ha querido presentarla calidoscópica, con todas sus caras expuestas.

El peso interpretativo se reparte entre sus tres protagonistas, Margot Robbie, Allison Janney y Sebastian Stan. Robbie ha revelado todo su potencial, dejando de ser esa cara bonita que supone una tarjeta de presentación perfecta para Hollywood, pero que a veces te condena a papeles insustanciales. La actriz ha financiado parte del título con su productora LuckyChap Entertainment y con ello se aseguró un papel que de otro modo es probable que no hubiese conseguido. La actriz se pone a prueba con el papel de Tonya y no decepciona con una interpretación visceral, carismática y, en ocasiones, conmovedora.

Allison Janney es una actriz de carácter que consigue que odiemos a LaVona Golden, la madre de Tonya. Es una villana, cuya crueldad es un trampolín para su hija, al tiempo que la condena. Janney libera toda su vena sarcástica y se convierte en uno de los elementos más cómicos y también más aterradores de la historia. Que Janney brille en pantalla a pesar de su desagradable caracterización y su gesto amargo, se debe a que no juzga a su personaje y procura interpretar a esa madre cruel con dignidad, en lugar de hacer de ella una pantomima. Al fin y al cabo ella esculpe la personalidad y el carácter de Tonya, ella y su marido Jeff Gillooly, interpretado por Sebastian Stan. Es cierto que su actuación se pierde un poco entre la de las dos féminas, pero Stan demuestra un talento que, al igual que el de Margot Robbie, va más allá de una cara bonita. El hecho de que combine blockbusters con producciones más pequeñas nos permite ver a la estrella y al actor y este último consigue su mejor trabajo al encarnar a Gillooly, un personaje patético, demasiado tonto para ser astuto y que fue el verdadero responsable de la caída en desgracia de Harding.

Yo, Tonya es una película elegante y honesta, a veces divertida y, en el fondo, terriblemente dolorosa. Un retrato humano que no juzga, que no cae en la victimización de su protagonista, pero tampoco la lapida, que se enfrenta al espectador y parece lanzar la pregunta: ¿Acaso vosotros lo habríais hecho mejor?

8.5

Puntuación

8.5 /10

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Un comentario sobre “Crítica de ‘Yo, Tonya’: De los patines a la infamia

  • el 21 febrero, 2018 a las 15:23
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    Este finde voy a verla. Gracias por la información

    Respuesta

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