Crítica de ‘La última bandera’: La misión más difícil

Crítica de ‘La última bandera’: La misión más difícil
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Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: La última bandera

En 1973, el director Hal Ashby llevó a la pantalla la novela de Darryl Ponicsan, El último deber, con Jack Nicholson y Randy Quaid.  El film logró tres nominaciones a los Oscar, además de unas críticas muy favorables. Más de treinta años después, Ponicsan decidió tomar los personajes que creara en los setenta para darles una nueva misión. En este caso fue Richard Linklater quien se sintió atraído por la historia y decidió, con la ayuda del propio Ponicsan, convertir la novela en guion cinematográfico. Así llega a nuestras salas La última bandera, una secuela espiritual del título que dirigió Ashby, en donde se cambian nombres y hechos para desvincularlas, pero que comparten el alma y la combinación entre humor y desesperanza. 

Han pasado tres décadas desde que Doc Shepherd viese por última vez a Sal Nealon y a Richard Mueller, dos de sus amigos de Vietnam y, sin embargo, siente que son los compañeros adecuados para acompañarlo en el momento más duro de su vida: enterrar a su hijo que acaba de morir en Irak. El viaje desde Arlington a New Hampshire servirá a los ahora tres desconocidos a enfrentarse al pasado y curar heridas.

Richard Linklater nos trae una película sobre la guerra sin llevarnos al terreno de batalla. Sobre esa fábrica gubernamental que manda chavales a luchar por unos intereses que favorecen a un tercero. Como es costumbre en su filmografía, el diálogo es la herramienta que nos hace avanzar en la historia, y, en este caso, el guion juguetea entre el drama y la comedia; el primero se encarna en el personaje de Doc y la segunda en la dinámica entre Richard y Sal.

Como ya pasara con El último deber, Linklater convierte la historia no solo en una «road trip» sino en una «buddy movie» donde se enaltece la camaradería y el honor, pero, en este caso, también se reflexiona sobre el tiempo, la vejez y la muerte. De manera, tal vez demasiado velada, se crítica la postura del ejercito de los Estados Unidos con respecto a las bajas humanas en lugares de conflicto, que maquillan y disfrazan como actos heroicos, con el fin de justificar ante las familias la pérdida de un hijo, un hermano, o un padre.

La última bandera es una película de personajes, una obra a tres voces en la que cada uno de los protagonistas queda perfectamente dibujado gracias a una construcción pulida, pero, sobre todo, al genial trabajo actoral para darlos vida. De ellos, Bryan Cranston en el papel de Sal es el más carismático. Su personaje dejó su juventud y cualquier interés en la vida en Vietnam y, al mismo tiempo, desprecia al ejército y el seguir órdenes. El juego de diálogos con Richard Muller, interpretado por Laurence Fishburne, es un motor en la historia que permite cierto dinamismo en un ritmo pausado y sentimental. Muller ha pasado de alcohólico, buscabroncas y putero a sacerdote, y es algo que Sal no está dispuesto a perdonarle, haciendo de sus discusiones los momentos más potentes y divertidos del guion. Y luego está Steve Carell que, después de meterse en la piel del sociópata John Du Pont en Foxcatcher, vuelve a demostrar su versatilidad al interpretar a Doc, al que insufla una sensibilidad y también un orgullo que lo convierte en una coctelera de emociones contenidas que emocionan al espectador.

La última bandera es una historia tan sencilla que difícilmente destacará en la filmografía de Linklater, frente a obras más experimentales como Boyhood o sus geniales retratos de llegada a la madurez como Movida del 76 o Todos queremos algo. No obstante, Richard Linklater sabe manejar con maestría esa combinación de humor, ternura y cinismo que posee la historia y hace de ella un reflejo de la propia contradicción del patriotismo norteamericano que sacrifica a sus jóvenes en honor a una ilusión llamada nación.

6

Puntuación

6.0 /10

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