Crítica de ‘Una vida a lo grande’: El tamaño de lo ordinario

Crítica de ‘Una vida a lo grande’: El tamaño de lo ordinario
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Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: Una vida a lo grande

«La vida es una colección de momentos extraordinariamente ordinarios», esta cita de Alexander Payne resume muy bien su filmografía, plagada de historias pequeñas de personajes corrientes y anónimos que manejan las situaciones, no como héroes, sino como víctimas de incidentes que escapan a su control. Las películas de Payne juegan con el patetismo de sus personajes, a los que el espectador se acerca con más benevolencia que empatía, y describe a través de ellos un mundo frío y, en ocasiones, desalmado, en el que la única salvación parece el contacto con los demás. Ese mismo sendero sigue Una vida a lo grande, la película que abrió el pasado festival de Venecia y que, más allá del entretenimiento que ofrece a través de su premisa, es una inteligente sátira social con tintes humanistas.

Paul Safranek es un hombre de vida gris que divide sus días entre su empleo como terapeuta laboral y el poco ocio del que disfruta junto a su mujer, Audrey. Un día ambos ven la oportunidad de hacer de su vida algo mejor presentándose voluntarios para un proyecto de miniaturización creado por científicos suecos con el fin de terminar con la sobreexplotación de los recursos. En un mundo diminuto, un sueldo mediocre te permite vivir como un rey el resto de tus días y para el matrimonio Safranek supone empezar a vivir aquello que siempre han soñado. Sin embargo, el plan se trunca cuando Audrey se arrepiente en el último momento y deja a Paul miniaturizado y solo.

Los protagonistas de Alexander Payne se enfrentan a la batalla contra la soledad, ya sea Miles en Entre copas, David Grant en Nebraska o Carol en la historia «14e Arrondisement» de Paris, je t’aime. «A veces pienso que sería agradable tener a alguien con quien compartir esta vida», dice esta última mientras observa los Campos Eliseos. Paul Safranek no es distinto, le sentimos solo incluso al comienzo de la historia cuando aún se encuentra en la seguridad de un mundo que conoce. Por supuesto, como ya ocurriese en Entre copas, el renacer o el despertar a la vida viene de la mano de una mujer, una bisagra a ese mundo del que el protagonista siempre ha estado algo desprendido. Pero Una vida a lo grande no es una historia de amor, o al menos no es solo una historia de amor, y la relación entre ambos personajes no es más que otro ingrediente en esta historia sobre la necesidad de contacto.

El guion del propio Alexander Payne y Jim Taylor, combo que ha sido nominado tres veces al Oscar y ganador de uno por Entre copas, tiene los cimientos de una obra de ciencia ficción para, finalmente, ofrecernos una historia sobre la búsqueda de vida. Porque, tras sus espectaculares efectos especiales capaces de llevarnos a ese mundo miniaturizado, y a su humor, en este caso más amable que Election y menos cínico que Entre copas, Una vida a lo grande es una crítica y una oda a la humanidad, una crítica si la entendemos como las consecuencias de nuestra especie, y una oda cuando hablamos de ella como la esencia de todo lo bueno que puede tener el ser humano. Payne huye de matices ideológicos para retratar una civilización condenada a su final por la falta de empatía y responsabilidad, y por la concepción errónea de la palabra bienestar, pero lo hace con tanta gracia, tanto encanto y tanta bondad que no lo percibes como moralina condescendiente sino como una llamada de atención.

Una vida a lo grande cuenta con un reparto que se convierte en un desfile de caras conocidas como la de Jason Sudeikis, Laura Dern, Neil Patrick Harris o Kristen Wiig en papeles muy secundarios. Pero se enfoca sobre Matt Damon en el papel de Safranek, con una interpretación gris como el personaje exige. Desbordante está, como no podía ser de otra manera, Christoph Waltz en el papel de Dusan, un bon vivant que exprime el mundo en miniatura a través del tráfico de productos de lujo. La sorpresa nos la ofrece la actriz Hong Chau, a quien hemos visto en Treme o en Big Little Lies, con su interpretación de Ngoc Lan Tran, una disidente vietnamita que ha sido condenada a la miniaturización y que se dedica a limpiar casas. Su papel no ha estado exento de polémica ya que algunos críticos han considerado que el personaje estaba estereotipado. Sin embargo, Hong Chau llena de dignidad y honradez a su personaje, una mujer cuya simpleza oculta un pensamiento tenaz en busca del bienestar ajeno.

Alexander Payne no intenta predicar, no nos señala con el dedo, sencillamente satiriza con nuestra idea de «lo importante». Con que quizás este planeta nuestro no es tal, y que se trata solo de un préstamo, un lugar que dejar mejor que como lo hemos encontrado, y con que, tal vez, solo tal vez, nuestro único fin en la vida es alcanzar la felicidad facilitándosela a otros. Al fin y al cabo, para Payne, lo importante está en las pequeñas cosas.

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