Crítica de ‘Suburbicon’: George Clooney, los Coen y el pan de molde de marca blanca

Las críticas de Pablo Cózar: Suburbicon

En el mundo del cine estamos acostumbrados a que cada persona controle su propia parcela. El director dirige, el compositor compone, el guionista escribe y el actor actúa. Sin embargo, en muchas ocasiones encontramos artistas multifunción que escriben, dirigen y, en algunos casos, incluso protagonizan sus propias cintas. Si hablamos de los hermanos Coen es casi imposible no entenderlos como guionistas y directores. Es cierto que algunos de sus manuscritos han sido dirigidos por otros, pero cuando uno ve una película de los Coen es capaz de notar cómo han logrado trasladar lo que rondaba sus cabezas en la gran pantalla. Por desgracia, cuando unos creadores con un estilo tan propio dejan su guión en manos de otro no siempre funciona (no hay más que ver lo que le pasó a Tarantino con Amor a quemarropa), y George Clooney consigue que Suburbicon sea una película sosa, blandurria y llena de agujeros: el pan de molde marca blanca de los hermanos Coen.

Suburbicon trata sobre la vida de la familia Lodge en el complejo urbanístico de ensueño que da nombre a la película a finales de los años cincuenta, y como este supuesto barrio utópico lleno de blancos procedentes de todo Estados Unidos se ve alterado con la llegada de la primera familia afroamericana. Todo ello sirve como marco para ver que a poco Suburbicon tiene poco de idílico.

El guión de los hermanos Coen (Fargo, O’Brother) hace aguas por todas partes. Cuando una película de intrigas tiene que envolverse en el conflicto de la integración racial para darse una pátina de pseudotranscendencia es que algo no funciona. Los personajes se quedan a medio camino entre la caricatura y la seriedad, haciendo que no encajen ni en el drama ni en la comedia negra. Pero no todo es culpa de los Coen, de hecho si hubieran estado en la dirección la película no mejoraría, pero no chirriarían esas partes tan suyas del guión y que George Clooney (Buenas noches, y buena suerte; Los idus de marzo) mete con vaselina y calzador, desnaturalizando la obra. Porque no nos engañemos, Clooney es el gran problema de Suburbicon. De nada sirve tener un guión, una puesta en escena o unos buenos actores si no eres capaz de hacer que el guión esté vivo, si no consigues que la puesta en escena sea algo más que un catálogo de una revista de decoración y que los actores, por mucho nombre que tenga, parezcan androides desganados.

El reparto lo encabeza Matt Damon (Marte, El indomable Will Hunting) quien una vez más demuestra su irregularidad a la hora de elegir papeles y que pierde todos los puntos que había ganado en su última colaboración con Ridley Scott. Julianne Moore (Las Horas, Magnolia) está irreconocible en su doble papel de las gemelas Rose y Margaret. Y digo irreconocible no por ser un caso de caracterización extrema, sino porque en Suburbicon es un claro ejemplo de cómo una actriz de su talento es capaz de pasar desapercibida a causa de una mala dirección. El último gran nombre del reparto es el de Oscar Isaac (Drive, Star Wars: el despertar de la Fuerza) que está tan pasado de rosca en el histrionismo que encarna a la perfección el problema de tono de la película. Para terminar cabe destacar que los jóvenes Tony Espinosa y Noah Jupe, los personajes infantiles principales, tendrán que esperar a su siguiente oportunidad para demostrar su talento.

Pero no todo es negativo en Suburbicon, puesto que la banda sonora de Alexandre Desplat (Argo, Moonrise Kingdom) consigue captar el tono musical de la época de forma sobresaliente. De hecho, es lo único en toda la película que tiene vida propia y que te consigue llevar a la América de finales de los cincuenta. Sin embargo, la fotografía de Robert Elwist (Pozos de ambición) juega sobre seguro con un acabado mundano, lejos del technicolor que pide la ambientación.

En conclusión, Suburbicon es como buscar una receta de un sándwich por internet, buscar los ingredientes apetecibles y utilizar pan de molde de marca blanca y que todo se desmorone al llegar a la plancha. Y es que si el pan no tiene consistencia y empaque, y es capaz de envolver al resto de ingredientes, nunca será un sándwich. Así que por muy amigos que sean, Clooney nunca será un Coen.

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