Crítica de ‘El Viaje’: Cuando el diálogo hace lucir a los actores y los actores al diálogo

Las críticas de Pablo Cózar: El Viaje

El cine basado en eventos históricos es un campo complicado. En muchas ocasiones el director tiene que elegir entre ser totalmente fiel a los hechos o tomarse ciertas licencias mientras mantiene la esencia del evento en el que basa su película. En el caso de El viaje la historia que trata es tan delicada y reciente, que la visión que de ella hacen el director Nick Hamm y el guionista Colin Bateman, ambos norirlandeses, que su estreno en el mercado británico no ha estado exento de polémica. Pero claro, cuando uno trata sobre las conversaciones de paz entre el Sinn Fein y el Partido Unionista Demócratico y el principio del fin del conflicto armado irlandés sabe que entra en terreno pantanoso, y sin embargo el dúo creativo lo hace de forma magistral durante noventa minutos de pulso interpretativo, repaso histórico y análisis para el gran público de uno de los mayores conflictos europeos del siglo XX.

El viaje tiene dos grandes virtudes. Por un lado es una cinta capaz de hablar al gran público sobre política con mayúsculas y diálogo sin caer en el documentalismo, de una manera amena y cercana. Y por otro está su espectacular reparto, porque seamos claros, a priori la idea de pasar una película viendo a dos tipos hablando en un coche no es lo más llamativo de la cartelera, pero si esos tipos son Timothy Spall (Harry Potter, Mr Turner) y Colm Meany (Dublineses, Star Trek Espacio Profundo Nueve) la cosa cambia. Timothy Spall calca de manera magistral el tono y el gesto del ultraconservador pro británico Ian Paisley, consiguiendo aparentar los casi treinta años de diferencia respecto al personaje que interpreta. Pero si lo de Spall es magistral el retrato que Colm Meany hace de Martin McGuiness, cabeza del Sinn Fein y presunto antiguo cabecilla del IRA no se queda atrás. No hay más que ver cualquier entrevista a Paisley y McGuiness para ver el genial trabajo interpretativo de ambos.

A pesar de centrarse en el trayecto que recorren ambos dirigentes en coche y que les llevará a las conversaciones de paz, El viaje cuenta con un elenco de secundarios de lujo. Cuando muere un actor se hace raro verle en la gran pantalla y aquí veremos una de las últimas apariciones de John Hurt (El hombre elefante, Alien) y si bien su papel es breve es suficiente para seguir recordando su voz. Freddie Highmore (Descubriendo nunca jamás, Bates Motel) se muestra más que correcto como el hilo conductor en la relación entre Paisley y McGuiness y demuestra que es capaz de desenvolverse igual de bien en la pequeña y la gran pantalla una vez superada su etapa de promesa juvenil. Entre el resto de papeles menores encontramos nombres como Catherine McCormack (Braveheart), Ian McElhinney (Juego de Tronos) o Ian Beattie (Alejandro), pero hay que destacar el intento de Tony Blair por parte de Toby Stephens (Muere otro día) quien si bien se acerca al gesto del ex Primer Ministro británico se queda lejos del retrato que hizo Michael Sheen del mismo en La reina.

El viaje es una de esas películas que difícilmente llenará salas pero que debería hacerlo. Es el ejemplo perfecto sobre como tratar un tema histórico reciente y actual de forma sincera sin caer en el amarillismo pero tampoco en la ñoñería. El conflicto irlandés es parte de la historia europea de las segunda mitad del siglo XX y esta cinta nos recuerda que lo que ahora se da tan por sentado como es la convivencia en el Ulster no es algo que se haya conseguido gratis, y nos recuerda también que en un conflicto ambos bandos tienen su parte de culpa y solución en el conflicto. Los buscados espacios cerrados en los que se desarrollan las interacciones entre Spall y Meany propician el diálogo, y precisamente eso es lo que es El viaje, una oda al diálogo como forma de solución de los conflictos políticos. En conclusión, estamos antes una de esas películas que deberían obligar a ver a cada político que jure un cargo, un ejemplo de lo que se puede llegar a conseguir desde posiciones opuestas a priori irreconciliables.

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