Crítica de ‘Tierra firme’: Sentar la cabeza (o no)

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Tierra firme
 

Tal y como tenemos montada la vida en la sociedad occidental (o tal y como nos la han dado montada, pero eso sería otro debate), la treintena es la edad en la que uno comienza a tener que tomar decisiones, algunas de ellas irreversibles, sobre cuestiones trascendentales como dar estabilidad (o no) a una relación de pareja que en muchos casos proviene de la veintena, optar (o no) por ser padres y formar una familia más o menos convencional, resolver qué hacer con esos primeros trabajos que durante los veinte nos parecían aceptables y ahora se han rebelado como insatisfactorios cuando no deprimentes e invariablemente mal pagados o, en algunos casos, reflexionar sobre si esos estudios que tan ocupados nos tuvieron cuando teníamos diez años menos nos han llevado a algún lugar cercano a aquel en el que queríamos estar.

Tomar conciencia de todas estas “nuevas” necesidades y/o preocupaciones, que en muchas ocasiones suponen una dolorosa rebaja de expectativas, es lo que nuestros abuelos llamaban sentar la cabeza y Carlos Marques-Marcet viene a llamar pisar tierra firme. Así, Tierra firme, se titula este segundo largometraje de ficción tras su multipremiado debut con 10.000 Km (2014) que le coronó con el Goya a la mejor dirección novel.

En aquel film, como en este, están presentes de una u otra forma todas esas preocupaciones que aquejan a una generación que es la del propio director. Si en 10.000 Km Alex y Sergi (interpretados por Natalia Tena y David Verdaguer) tenían que posponer su decisión de ser padres por el imperativo de una irrechazable oportunidad profesional que les mantiene alejados (a diez mil kilómetros de distancia) durante un año, en Tierra firme vuelve a tomar (más) presencia la idea de la paternidad/maternidad a través de otra pareja, la formada por Kat (Natalia Tena) y Eva (Oona Chaplin) a la que la muerte de su gato sirve como espoleta para que una de ellas sienta que en lugar de otro gato prefiere tener un hijo.

Ambas, que viven a bordo de un barco en los canales de Londres, reciben la inesperada visita de su amigo Roger (David Verdaguer) que habrá de ser el cómplice necesario para salvar el escollo de que Kat y Eva necesitan unos “pececillos” para engendrar. A partir de aquí se plantea todo el meollo de la película que mediante conversaciones aparentemente intrascendentes coloca al espectador ante cuestiones indiscutiblemente trascendentes, como que una de las partes de la pareja tenga muy claro algo que la otra parte no siente igual, las dificultades de desligar el hecho biológico de la paternidad de la decisión de ejercerla tras la llegada del nuevo ser al mundo o la naturaleza misma de la paternidad que uno de los personajes plantea como un hecho narcisista. 

Con un inteligente guion dividido en cuatro capítulos, Marques-Marcet desgrana con sutileza este tema central y otros como la falta de estabilidad laboral o el choque generacional introducido a través de un cuarto personaje, Germaine, la madre de Eva interpretada por Geraldine Chaplin que permite a ambas actrices desdoblar en la ficción la relación madre-hija que las une en la vida real. “La unidad familiar funciona con dinero” sentencia Germaine al tiempo que Kat le acusa de pertenecer a aquella generación que se rebeló en los sesenta para cambiar el mundo y terminó conformándose con acomodarse al sistema.

A pesar de que el reparto al completo se mueve a la perfección en el naturalismo que Marques-Marcet imprime a la dirección, resulta imposible no destacar el trabajo de Oona Chaplin que conjuga a la perfección el carácter alegre del personaje con el poso de amargura que subyace detrás de su pequeña gran crisis existencial, su rostro es de los que tienen un magnetismo especial con la cámara y esto, no nos equivoquemos, no tiene nada que ver con que sea guapa (que lo es) o no, está más vinculado con la fotogenia y con la capacidad de expresar emociones con mínimas variaciones del rostro. Oona Chaplin es, desde hace tiempo, mucho más que la hija de su madre o la nieta de uno de los mayores genios de la historia del cine. En lo sucesivo deberíamos dejar de mencionar esto cuando nos refiramos a ella. 

Tierra firme transcurre, a pesar de la profundidad de su subtexto, por el camino de la comedia desenfadada, respira un aire agridulce y supone la confirmación de que Marques-Marcet, además de talento, tiene algo de lo que hablar y sabe cómo contarlo, lo cual es muy de agradecer en estos tiempos en los que escasean guiones originales y abundan adaptaciones impersonales producidas con machacona repetición de clichés y filmadas con desgana.

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