Crítica de ‘El último traje’: Lacrimógena historia al servicio de un gran Miguel Ángel Solá

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
El último traje
 

De la fructífera colaboración entre el cine español y el argentino han surgido varias decenas de buenas películas, muchas de ellas con Gerardo Herrero metido en labores de producción por el lado español como es el caso de El último traje, segundo largometraje dirigido por el argentino Pablo Solarz y recientemente estrenado en nuestro país.

En ella, el excelente actor hispano-argentino Miguel Angel Solá se mete literalmente en la piel (si ven la película entenderán lo que digo) de un personaje 22 años mayor que su propia edad con el consiguiente dispendio en maquillaje para convertir los 66 años de Solá en los 88 de Abraham, un judío superviviente del holocausto asentado en Argentina que pretende huir de hijas, nietos y bisnietos para emprender un viaje a Polonia con el fin de encontrarse con el amigo que le salvó la vida 70 años antes.

Con cierta estructura de roadmovie (aunque no haya carreteras en sus trayectos y sí muchos trenes), El último traje arranca con tono de comedia en las secuencias argentinas para, a lo largo de las etapas del viaje, ir desprendiéndose del trasfondo humorístico y adquiriendo tintes melodramáticos con el uso de los consabidos flashbacks que expliquen el terrible pasado de Abraham y justifiquen su forma de ser. Hay algunos hallazgos de originalidad a pesar de que a estas alturas del cine hemos visto varias decenas de películas sobre el tema del holocausto judío a manos de los nazis. Sin embargo, el guion se esfuerza demasiado en exprimir la emotividad de la historia y descuida la verosimilitud de algunos episodios en los que todo queda en manos de la casualidad.

Precisamente este carácter episódico del guion es el que permite que nos encontremos a una serie de personajes secundarios, algunos mejor desarrollados que otros en el libreto pero todos notablemente interpretados. Especialmente brillante, como siempre últimamente, está Ángela Molina dando vida a un personaje de los que se impregna en el espectador aunque su presencia no creo que sobrepase los diez minutos. También está muy bien Natalia Verbeke en su brevísima intervención, pero todo el peso interpretativo del film cae sobre un Miguel Ángel Solá que está (casi) permanentemente en plano.

Solá, detrás de un verosímil envoltorio de látex y maquillaje, ofrece una soberbia interpretación de este hombre cabezota, obstinado y orgulloso, a la que solo puede acusarse de, en algunos momentos, apartarse de los registros cinematográficos para adoptar un gesto y una cadencia más propios de los escenarios teatrales, en los que, dicho sea de paso, Miguel Ángel Solá es un auténtico gigante. (Tuve la fortuna de verle, en dos ocasiones, en la mayúscula obra Hoy: El diario de Adán y Eva y me cuesta mucho recordar un actor que me haya conmovido tanto en un teatro como él con su inolvidable Dalmacio).

Hacia la mitad del film, Solarz se desentiende de la historia que a estas alturas ya es lo de menos (por previsible) y dedica todo su empeño en utilizar todos los recursos a su alcance para apretar el lagrimal del espectador: los primeros planos de Solá que funcionan como el devastado retrato del paso del tiempo, la ternurista música de Federico Jusid, y un par de momentos un tanto sonrojantes, en el episodio alemán, que tal vez se podía haber ahorrado y el resultado habría sido el mismo en términos de emoción pero con menos sensiblería.

Precisamente en esta línea sensiblona se enmarca el efectista final que hará que entre sesión y sesión haya que fregar las salas de cine para evitar resbalones de los espectadores con un suelo anegado en lágrimas. Una historia emotiva, un fantástico protagonista, unos secundarios muy lucidos y una notable producción dan cuerpo a El último traje, un film que se habría beneficiado mucho de un guion un poco más exigente con la resolución de los sucesos y la justificación de porqué los personajes hacen lo que hacen.

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