62 SEMINCI. Punto de Encuentro. Crítica de ‘Never Steady, Never Still’: Conmovedora a pesar de sus clichés

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en la 62 SEMINCI: 
Never Steady, Never Still
 

Es difícilmente discutible que Never Steady, Never Still es una película conmovedora. La directora canadiense Kathleen Hepburn (un par de letras diferente a una de las mejores actrices de todos los tiempos) debuta en el largometraje con una versión extendida del cortometraje homónimo que dirigió en 2015 sobre la vida de Judy (Shirley Henderson), que tras casi veinte años enferma de Parkinson debe encarar un futuro cambiante e incierto al quedarse viuda por la repentina muerte de su marido Ed (Nicholas Campbell) que además era su cuidador principal.

Con un personaje inspirado en su madre, Hepburn escribe una historia muy personal en la que no se limita a mostrar las limitaciones y el dolor causado por el Parkinson, si no, además, los devastadores efectos que una enfermedad progresivamente invalidante tienen sobre la vida familiar. Su hijo Jamie (Théodore Pellerin), de diecinueve años, que acaba de incorporarse a la vida laboral en una explotación petrolífera deberá afrontar su cambio de rol en una época de la vida en la que está inevitablemente sujeto a cambios, experimentaciones y toma de decisiones.

La guionista y directora conduce la película con un ritmo pausado, otorgándole una cadencia poética a través de determinados recursos estéticos y del empleo de la voz en off de ambos personajes principales (madre e hijo) que circunstancialmente se hablan a sí mismos en segunda persona dando al guion un (pretendido) barniz literario. No son ajenas a este envoltorio estético las espectaculares localizaciones en la Columbia Británica del Canadá, a orillas del lago Stuart, que permiten a Norm Li recrearse con una preciosista fotografía de largas tomas y composiciones pictóricas; ni tampoco la envolvente música de Ben Fox que se mimetiza con las imágenes sin estridencias.

A pesar de la mirada compasiva de Hepburn y de que, salvo algún momento aislado, evita exhibicionismos emocionales desmedidos, la película resulta dura de digerir para los ojos de alguien no habituado a convivir con este tipo de situaciones. El guion, que muestra cierta pereza en su desarrollo, recorre algunos lugares comunes, especialmente en la construcción del personaje de Jamie que parece sacado de un manual de cine independiente. Debe ser que no puede existir un personaje postadolescente en este tipo de películas que no tenga una secuencia iniciática de cada nueva experiencia (un tirito de coca, veinte minutos después una felación necesariamente insatisfactoria, un encuentro sexual furtivo con una menor embarazada y ¿cómo no? desasosegantes dudas acerca de su orientacion sexual). Théodore Pellerin resiste el tipo en cada uno de los envites y sale airoso de su atribulado papel de huérfano de padre e hijo de madre enferma. 

En cuanto al trabajo interpretativo de la actriz escocesa Shirley Henderson, es incuestionable su dedicación a recrear los gestos, posturas, movimientos, actitudes corporales, modo de caminar e inflexiones en la voz de un enfermo de Parkinson. El problema es que todo ese esfuerzo se ve en pantalla, sé que es una de esas interpretaciones que dejan a mucha gente con la boca abierta y que suelen cosechar premios por festivales y academias pero, sintiéndolo mucho, yo solo consigo ver a una actriz que se esfuerza muchísimo en recrear los síntomas; en ningun momento, ni siquiera en los más dramáticos, llego a ver a una enferma de Parkinson en la pantalla.

Never Steady, Never Still es una película con más virtudes que defectos y a pesar de la palpable bisoñez de su debutante directora, apunta maneras que hacen pensar que, de perseverar en la realización de películas, Kathleen Hepburn puede hacerse un nombre en el circuito del cine de festivales y en los cauces de distribución independiente.

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