Crítica de ‘Reparar a los vivos’: Donde reside el amor, donde reside la vida

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Reparar a los vivos
 

Incluso los niños más pequeños, en sus rudimentarios dibujos, utilizan un corazón para representar sus afectos. Un “te quiero, papá” o “te quiero mamá” termina necesariamente con la esquemática y universalmente aceptada representación de un corazón indefectiblemente pintado de rojo. Hemos concedido al corazón, desde una perspectiva poética, la cualidad de ser el órgano del cuerpo donde se alberga el amor. Nos duele el corazón cuando tenemos un infarto como nos punza cuando nos ataca el desamor. 

Al mismo tiempo, el corazón es el órgano cuyo latido nos mantiene con vida pero, ¿hay vida en un cuerpo cuyo corazón late con normalidad pero su cerebro no tiene actividad alguna?, ¿dónde está la línea que separa, aunque sea difusamente, la vida de la muerte? Toda esta carga poética, biológica y metafísica es el sustrato de la novela “Reparar a los vivos (Réparer les vivants)” de Maylis de Kerangal que en 2014 se convirtió en uno de los grandes éxitos literarios de Francia y que ahora, dos años después, la directora Katell Quillévéré ha convertido en una de las películas más emocionantes que he podido ver en los últimos años. 

Simon (Gabin Verdet) es un joven de diecisiete años, pasional y enamorado, que tras practicar surf con sus amigos al amanecer, sufre un accidente de tráfico durante el regreso a casa y queda en situación de muerte cerebral mientras su corazón sigue latiendo con normalidad. La donación de órganos es planteada a sus atormentados padres, incapaces de desvincular la muerte biológica de la emocional. El padre, interpretado por Kool Shen sucumbe a una irracional sensación de culpa mientras una fantástica Emmanuelle Seigner encarna el dolor en su vertiente más pura.

A partir de aquí, y estamos casi al inicio del film, el protagonismo comienza a desplazarse continuamente a través de una serie de personajes que resultarán trascendentales en el desarrollo de la historia. Quillévéré decide no instrumentalizar a ninguno de ellos como mero accesorio narrativo y dota de humanidad a cada integrante del equipo sanitario, desde el médico y la enfermera encargados de atender a Simon en primera instancia hasta Thomas, el médico coordinador de trasplantes, interpretado por Tahar Rahim con una sobrecogedora capacidad para compadecer el sufrimiento ajeno.

Lo siguiente será conocer a Claire (Anne Dorval), una mujer plena de sensibilidad y sentido del humor que convive con una cardiopatía, consciente de llevar encima la espada de Damocles que en cualquier momento puede fulminarla. Ella será la receptora del corazón y sobre ella, sus hijos y sus afectos con una joven pianista (Alice Taglioni) se posará la cámara de Quillévéré para presentar, en su triple vertiente biológica, afectiva y metafísica, la estación final del viaje: el destino del trasplante filmado con un rigor científico que haría sentirse orgulloso al Dr. Christian Barnard

Katell Quillévéré captura y transmite, con sus imágenes en continuo movimiento, el poderoso viaje físico y emocional que lleva al corazón de Simon a latir en el cuerpo de Claire en apenas veinticuatro horas. Desde el propio guion, la directora renuncia a la intriga o al suspense, el foco no está puesto tanto en lo que ocurre, que es diáfano para el espectador, como en las implicaciones emocionales que todo lo que ocurre tiene sobre los diferentes elementos de la historia. Y ahí, en ese continuo tránsito de emociones es donde reside la fuerza de una película conmovedora que sacude al espectador en su butaca con el dolor de unos personajes, la ensoñación de otros y, finalmente, la turbación que la angustia y la incertidumbre ejercen sobre otros. 

Y mucha de esa sacudida al espectador, de ese sobrecogimiento emocional con el que vemos Reparar a los vivos, radica en la inteligente realización de Katell Quillévéré apoyada en una meticulosa dirección de actores y en una concepción visual portentosa. El modo en que están filmados los surferos al inicio de la película, la poética resolución del momento del accidente,  una inolvidable secuencia con Simon subiendo en bicicleta por las calles de París persiguiendo a su amor a golpe de pedal (o de corazón) o la cuidada puesta en imágenes de las intervenciones médicas son solo una muestra de cómo el lenguaje cinematográfico puede actuar sobre las emociones con tanta o más intensidad que el propio relato. 

Y hay (al menos) otro elemento que juega durante toda la película a favor de las emociones y es la partitura de Alexandre Desplat, sus melodías vehiculizan la emotividad acompasando sin enfatizar los momentos románticos, de dolor, de pérdida y de tensión. La música, que se completa con varias canciones de David Bowie se fusiona con las sentidas interpretaciones de todo el reparto, con la emoción de lo que ocurre, con la inteligente puesta en escena y con la brillante dirección de Katell Quillévéré para resultar en una película excepcional.

También te puede interesar

Deja un comentario