Crítica de ‘El invierno’: Aislamiento geográfico y emocional

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: El invierno

Presentada a competición en la última edición del Festival de San Sebastián donde obtuvo los premios Especial del Jurado y a mejor fotografía, y en varios festivales más donde acumula más de una docena de premios, El invierno es la ópera prima del argentino Emiliano Torres que a través de un guion coescrito junto a Marcelo Chaparro nos traslada a la parte más remota y desconocida de la Patagonia argentina para contar una historia de dos hombres que, en diferentes edades, afrontan la renuncia a todo aquello que podría enriquecer su vida en favor de un trabajo que les empobrece.

El núcleo de la historia podría contarse exactamente igual (de hecho ya se ha contado) en el seno de una gran multinacional en una gran ciudad o en el de una pequeña empresa en un polígono industrial, pero Torres la sitúa en una explotación ganadera de ovejas (estancia la llaman ellos) en un lugar recóndito donde un clima inhóspito condiciona prácticamente todo y cualquier posibilidad de evasión se reduce a beber, alternar con prostitutas o ver partidos de fútbol en un arcaico televisor portátil. Evans (Alejandro Sieveking) es el viejo capataz que tras muchos años al servicio del patrón (mero intermediario de los terratenientes) es sustituido por el joven Jara (Cristian Salguero), uno de los temporeros contratados para la esquila que desde el principio manifiesta un carácter y comportamiento totalmente diferente al de los demás compañeros.

Torres pone sobre la mesa varias cuestiones trascendentales. Detrás de la más evidente que es el relevo generacional y la idea de “el invierno” que da título a la película como la etapa final de la vida (en este caso de Evans) está el asunto de la renuncia antes apuntada, la callada aceptación de unas condiciones vitales que implican estar lejos de la familia o incluso ocultar que se tiene una. Torres escarba en la muda resignación con la que primero Evans y luego Jara caen en el pozo de un destino fatalista como si no hubiera otra vida posible, como si uno no pudiera salir de allí y dedicarse a otra cosa en cualquier otro lugar del mundo. Esta sumisión que roza la alienación incorpora una doble vertiente al aislamiento hacia el que han derivado sus vidas; al más evidente aislamiento geográfico se suma el emocional, mucho más duro y soterrado, que terminará por minar sus almas.

La película no solo presenta esta situación al espectador si no que desde el planteamiento narrativo le interpela sobre si realmente merece la pena esta renuncia. Y no hace falta situarse en el lejano supuesto de trabajar como capataz en una estancia de la Patagonia, cualquiera puede cuestionarse sobre si vale la pena quedarse dos horas más en la oficina fuera de horario para agradar a los jefes o adelantar trabajo, o hacer más guardias cada mes para ganar más dinero, o aceptar un ascenso a trescientos kilómetros de distancia pudiéndose quedar en un puesto más modesto al lado de los suyos, ¿merece la pena renunciar a tener una familia y unos amigos, a disfrutar de un tiempo de ocio o a cultivarse como persona? Y no estoy hablando de las terribles situaciones laborales en las que irse es inevitable, me estoy refiriendo a las situaciones laborales en las que por “ganar un poco más” o por “ser un poco más” al final perdemos más y somos menos.

En su primera media hora, El invierno adopta un tono casi documental, asistimos casi en silencio a una sutil presentación de personajes al mismo tiempo que se nos muestra cómo se esquilan las ovejas, cómo son las condiciones vitales de los temporeros, las relaciones que se establecen entre ellos y el capataz, y se nos introduce en un paisaje abrumador que se va a erigir como protagonista durante todo el film. Pero a medida que avanza el metraje, aunque sigue predominando el silencio (sí, una película argentina en la que se habla poco, parece increíble pero es cierto), el tono documental cambia de narrativa hacia una vertiente dramática en la que Torres se centra en las acciones que, a falta de diálogos, marcan las vidas de sus personajes.

A pesar de su aridez narrativa y de que en algunos momentos El invierno cae en cierto ensimismamiento paisajístico que imagino inevitable al rodar en medio de semejante entorno y con esos atardeceres espectaculares, la película termina por conmover precisamente desde su contención, su sutileza, la autenticidad de sus intérpretes y la solidez de una dirección con la que, a pesar de ser debutante, Emiliano Torres muestra su amplia experiencia como ayudante de dirección de Albertina Carri, Emanuele Crialese o Enrique Pineyro entre otros.

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