Crítica de ‘Stefan Zweig: Adiós a Europa’: La melancolía del escritor exiliado

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: Stefan Zweig: Adiós a Europa

De la obra del escritor austriaco Stefan Zweig se han realizado más de veinte adaptaciones cinematográficas. Algunas de ellas, mudas, producidas durante los años veinte del pasado siglo son dificilísimas de encontrar para el cinéfilo de a pie. Ya adentrándonos en el sonoro, la más célebre de todas, sin duda alguna, es la excelente versión que de Carta de una desconocida dirigió Max Ophuls en 1948 con Joan Fontaine y Louis Jourdan como pareja protagonista. Existen varias versiones más de esta misma novela que junto a “Veinticuatro horas en la vida de una mujer” son las dos que más frecuentemente han sido visitadas por el cine. En los últimos años, el francés Patrice Leconte ha realizado La promesa (2013) basada en la novela “Viaje al pasado” e incluso la celebrada (y para mí insoportable) El gran hotel Budapest (Wes Anderson, 2014) está basada en varios relatos de Stefan Zweig.

Lo que nunca había hecho hasta ahora el cine, al menos hasta donde yo tengo conocimiento, es abordar en una película a Stefan Zweig como personaje. El hecho de que el propio Zweig escribiera su autobiografía en “El mundo de ayer: Memorias de un europeo” publicada en 1942 tras la trágica muerte del escritor ofrecía un excelente material de partida para haber realizado un notable biopic atendiendo a la mejor fuente posible. Pero no ha sido tal la intención de la directora (y actriz) alemana Maria Schrader que únicamente se ha centrado en los últimos seis años de la vida del escritor para componer una película melancólica, pausada y excesivamente autocontemplativa que puede exasperar al espectador impaciente y decepcionar al poco informado que, como era mi caso, esperaba encontrar una adaptación cinematográfica de “El mundo de ayer” que tanto he disfrutado leyendo.

Schrader nos ofrece un relato fragmentado en cuatro capítulos y un epílogo ambientados en América, el primero de ellos en la Argentina de 1936 cuando Zweig ya había huido de una Europa prebélica en la que su condición de intelectual judío le convertía en víctima propiciatoria del nazismo imperante en Centroeuropa. No asistimos por tanto a su infancia, su juventud o el modo en que se fraguó el brillante escritor que llegó a ser. Tampoco hay a lo largo del metraje más que unos mínimos esbozos de su pensamiento filosófico o su modo de entender la creación literaria. Schrader ejecuta una dirección correcta a pesar de sendas veleidades al inicio y al final del film con unos planos fijos innecesariamente alargados para los que pone en marcha una artificiosa puesta en escena.

Zweig era una celebridad en su época y como tal es recibido en Buenos Aires, allí se nos presenta como un hombre un tanto pusilánime que rehúye posicionarse políticamente y denunciar abiertamente la aberrante situación de persecución que ha llevado a muchos artistas e intelectuales a abandonar esa Europa que siempre consideró su patria, no en vano su carácter europeísta, décadas antes del nacimiento de la Unión Europea, le convirtió en un adelantado a su tiempo. La secuencia de la entrevista en la que evita las incisivas preguntas de los periodistas define claramente cuál era el estado de ánimo de un hombre que se encontraba en el camino de vuelta. “No escribo desde el odio y esto para algunos es un signo de debilidad, viviré con ese estigma” llegará a decir Zweig más resignado a la fatalidad de haberse convertido en un nómada apátrida que derrotado por la miseria del rencor que se respiraba en un mundo que ya vivía sumido en la mayor guerra de su historia.

Posteriormente la película nos lleva a Petrogrado en Brasil, al que sería su último destino tras un breve capítulo en Nueva York que, a mi entender, ofrece los mejores momentos de la película gracias a una fantástica Bárbara Sukowa en el papel de la primera esposa del escritor. Es allí, en Nueva York, donde nos encontramos los rescoldos del humanista que sigue aferrado a la máxima de que el intelectual se debe a su obra por encima de todo. Sus reticencias a utilizar su influencia para servir de salvoconducto a otros intelectuales en una situación similar a la suya no son si no un ingrediente más de la taciturna contradicción en la que vivió sus últimos años hasta su trágico final en el país brasileño.

Estremecedoramente oscura es la brillante interpretación de Josef Hader en la piel de este Stefan Zweig crepuscular, la melancolía de su mirada, el desencanto en sus movimientos y el descorazonamiento de su alma es encarnada con sutileza y contención por un actor mucho más frecuentado por la comedia y el cabaré en su Austria natal.

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