Crítica de ‘La cura del bienestar’: Extensa y demasiado enrevesada

Las críticas de Óscar M.: La cura del bienestar

La filmografía del director Verbinski no se caracteriza por pasar inadvertida, precisamente. Su legión de seguidores no se cuenta en grandes cantidades a pesar de haber levantado franquicias tan rentables como la eterna e inagotable Piratas del Caribe o The ring, cuya tercera entrega se ha retrasado demasiado.

Con La cura del bienestar, Verbinski vuelve al género de terror con una propuesta demasiado extensa, innecesariamente enrevesada y con un guión que se regodea en sí mismo a la hora de dar explicaciones al espectador. Unos hechos que el director (y también guionista de la historia original) estira durante dos horas y media y, que si no fuera por su excelente fotografía y sus localizaciones acabaría con la paciencia del público.

La película comienza con el viaje del protagonista, un analista bursátil, a una remota clínica Suiza en busca de su desaparecido jefe. El misterio y la leyenda que rodean a la instalación desde hace más de doscientos años no hacen más que acrecentar el interés de una audiencia por una historia que podría estar protagonizada por vampiros, humanos inmortales, zombis o seres de otro planeta.

Todas estas y otras propuestas rocambolescas pasarán por la mente del espectador durante los innumerables y continuos giros argumentales que pueblan la trama y que dan que pensar si M. Night Shyamalan o Ehren Kruger no están detrás de un guión tan complicado donde no falta de nada: sueños, incoherencias, reinterpretaciones de las mismas escenas, verdades a medias, resoluciones con cuentagotas, cabos sueltos que no se resuelven y reminiscencias a clásicos del género de terror (no sólo por el homenaje a El resplandor en los planos aéreos, ya que la actriz Mia Goth ha sido elegida por parecer la mismísima hija de Shelley Duvall).

Goth puede presumir de ser el gran descubrimiento de la película. Aunque su papel puede llegar a irritar en un primer momento, despierta cierta simpatía y compasión en el espectador a medida que se va deshaciendo la madeja del guión. Ofrece una interpretación correcta, al igual que Dane DeHaan (poco creíble como ejecutivo debido a su físico adolescente), que tiene aquí un trabajo más maduro. Por el contrario, Jason Isaacs no consigue destacar en un personaje anodino, que apenas despierta terror o miedo en el espectador.

Las pesquisas del protagonista se van desarrollando de manera más o menos rítmica y llega un momento en el que la historia está tan metida dentro de su propia escalera de caracol que no sabe salir de ahí. El guión de Justin Haythe (quien ya trabajó con Verbinski y demostró su escaso éxito como redactor con El llanero solitario) da incesantes vueltas sobre lo mismo, terminando por arrastrar al espectador a una caída libre donde la resolución final importa poco y donde lo que hemos visto durante dos largas horas y media ha sido una mera excusa para representar la redención del personaje principal.

Una lástima que tanto giro de guión y tanta complicación auto impuesta acabe por tediar la paciencia de un espectador que está harto de especular con la motivación del villano, cuya resolución queda medio explicada (la parte narrada es demasiado forzada y la parte obviada deja a los espectadores más inquisitivos con las ganas) y que se reduce a un instinto de lo más básico.

A favor de la película están las tremendas localizaciones (la mayoría rodadas en escenarios reales) y una fotografía poderosa y destacable que dejan escenas y planos para recordar en la historia del cine. Verbinski consigue perturbar la mente del espectador en más de una ocasión, con la escatología y las escenas de tensión (aunque no con el componente de terror), sobre todo con las relacionadas con los métodos médicos empleados en la peculiar clínica.

La cura del bienestar consigue (a pesar de su duración) su objetivo en el espectador, aunque éste quede diluido entre los fluidos de un guión que, como las olas del mar, parece que se van, pero vuelven incesantemente una y otra vez a la orilla, como lo hacen los recuerdos de las escenas más grotescas de esta película en la mente del público cuando abandona la sala.

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