Crítica de ‘La ciudad de las estrellas (La La Land)’: Hollywood reverdece laureles

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: La ciudad de las estrellas (La La Land)

¿Quién no ha tenido un sueño en la vida? Y perdónenme la innecesaria aclaración pero no estoy hablando ni del fenómeno biológico de soñar ni de la acepción freudiana del término; me refiero a la ensoñación despierta de triunfar en la vida haciendo algo que nos gustase y que, en el más autocomplaciente sentido del término, nos hiciera sentir el éxito, la admiración de los demás y lo que es todavía más difícil, la satisfacción con uno mismo. ¿Quién no ha pensado alguna vez, sumido en la frustrante rutina de nuestro trabajo diario, que no intentó lo suficiente ser pintor, bailarina, músico, futbolista, actor, cantante o escritor para cumplir los (no necesariamente infantiles) anhelos de la más temprana juventud?

Pues en ese punto de sus vidas se encuentran Sebastian y Mia, en el de seguir luchando por sus sueños o plegarse al gran engaño que la sociedad occidental ha venido en llamar “trabajo estable” como garante de una falsa seguridad basada en unos ingresos económicos regulares. Que les pregunten a todas las víctimas de la atroz crisis económica donde estaba esa seguridad diluida en expedientes de resolución de empleo, despidos a precios de saldo, cierres de fábricas, deslocalizaciones industriales, jubilaciones anticipadas y demás mandangas. Que les pregunten si no hubieran sido más felices abriendo su propio chiringuito en la playa o tocando el clarinete en la orquesta de su pueblo.

Sebastian (Ryan Gosling) es un pianista de jazz que sueña con regentar su propio club musical y Mia (Emma Stone) es una joven aspirante a actriz que alterna su trabajo de camarera con la frustrante peregrinación de casting en casting en busca de una oportunidad con la que abrirse camino en el mundo del cine en la ciudad de las estrellas que da título al film, una ciudad que no es otra que Los Ángeles y su célebre Hollywood. Ambos están condenados a conocerse, enamorarse y compartir sus sueños. Dos personajes maravillosamente interpretados por una adorable Emma Stone y un muy carismático Ryan Gosling. Ellos son el alma de un reparto que se completa con John Legend (¡qué bien canta John Legend!), Rosemarie De Witt y J.K. Simmons.

Desde su proyección en la pasada edición del Festival de Venecia no han parado de crecer las expectativas sobre La ciudad de las estrellas (La La Land), la esperadísima segunda película del jovencísimo director Damien Chazelle que hace un par de años irrumpió en el panorama cinematográfico mundial con Whiplash, una película con la que guarda más semejanzas estilísticas y argumentales de las que puede parecer en un primer análisis. Si aquí es una joven pareja la que busca triunfar en el cine y la música, allí era un joven baterista el que trataba de abrirse camino en el mundo del jazz sumido en la exigente formación de una elitista escuela de música. En ambas películas se muestran descarnadamente la cara amarga de la búsqueda del éxito a cualquier precio y en ambas, el montaje juega un papel trascendental para conducir un relato que camina siempre acompañado de la música como elemento imprescindible.

En La La Land todo, absolutamente todo, funciona a la perfección: una emocionante historia muy bien escrita, una hermosa fotografía, una portentosa dirección escénica con un espectacular vestuario, un dúo protagonista que desprende la química de las grandes parejas del cine clásico, una extraordinaria cobertura musical tanto en su partitura instrumental como en las canciones y coreografías de unos números que es imposible contemplar sentado en la butaca sin mover los pies. Y cuando todo funciona a la perfección en una película resulta muy difícil destacar algo, pero si hay un aspecto que emerge sobre el altísimo nivel medio del film es la dirección de un Damien Chazelle que maneja a la perfección la puesta en escena, el sentido del ritmo, la concepción estética general y la construcción fílmica con un perfecto equilibrio entre el uso del montaje como elemento narrativo y la realización de unos deslumbrantes planos secuencia en los que Chazelle demuestra un inusitado talento con la colocación y el movimiento de la cámara.

¿Cuál es el problema? Que bajo el aparentemente sencillo tópico del “chico conoce chica” y el brillante envoltorio estético de La La Land habrá quien no sepa ver más allá de sus narices y despache el film como un azucarado musical o una historia de amor con canciones. Y no. La La Land es mucho más que un musical, mucho más que una historia de amor y mucho más que una agridulce reflexión sobre las oportunidades perdidas, los sueños alcanzados o el precio a pagar por perseguirlos. La La Land es un emocionante canto de amor al cine musical, al Hollywood clásico y al jazz.

Este es el tipo de películas que Hollywood necesita si quiere revivir los ecos de su glorioso pasado y no ahogarse en su maquinaria de (¿rentable?) artificio a base de superhéroes, explotijos o académicas y convencionales adaptaciones literarias; pero harían falta varios La La Land cada año para reverdecer esos laureles y hacía muchísimo tiempo que la industria norteamericana no paría un film tan intenso, tan bonito y tan desbordante de talento. No se la pierdan, es la peli del año. Ha ganado ya siete Globos de Oro y aunque en el momento de escribir estas líneas todavía no se conocen las nominaciones al Óscar, todo hace presagiar que será la gran triunfadora del año, y ojo, que por primera vez en años estamos ante una película que puede acaparar tanto los premios artísticos como los técnicos, veremos si no cae el record de Ben-Hur, Titanic y El Retorno del Rey. Queda dicho.

 

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3 comentarios sobre “Crítica de ‘La ciudad de las estrellas (La La Land)’: Hollywood reverdece laureles

  • el 28 enero, 2017 a las 5:25 pm
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    Simplemente, sales de la sala con ganas de comerte la vida, peliculón, por cierto, te olvidaste de recomendar verla en versión original, gana muchísimo!

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