Crítica de ‘Sully’: La heroicidad del factor humano

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: Sully

Hay acontecimientos o sucesos de la vida real que tienen un enorme atractivo cinematográfico en su propia esencia. De hecho, no es extraño que viendo las noticias, alguna vez pensemos “verás que poco tardan en hacer una película sobre esto”. Esta afinidad del cine por los “hechos reales” es especialmente marcada en el cine estadounidense cuyas adaptaciones suelen situarse en los extremos que delimitan el amplio margen entre el (rutinario) telefilm de sobremesa y la gran superproducción hollywoodiense. Es esta marcada tendencia a los extremos lo que convierte en una rareza a Sully, la más reciente película de (probablemente) el último director clásico que le queda al cine de Hollywood, un Clint Eastwood que a sus 86 años firma un genuino largometraje de autor.

El quince de enero de 2009, un avión con 155 pasajeros a bordo sufrió una avería de ambos motores nada más despegar del neoyorkino aeropuerto de La Guardia. El piloto del avión, Chesley “Sully” Sullenberger, llevado por una intuitiva decisión que las circunstancias le obligaron a tomar en un instante, logró realizar un amerizaje en el río Hudson que salvó la vida de pasajeros y tripulación. Todo ocurrió en menos de cuatro minutos, muy poco tiempo para que el mero relato de los hechos suponga material suficiente para una película. Pero el guion de Todd Komarnicki, basado en la propia autobiografía de Sullenberger, escapa de la simple reproducción del acontecimiento para adentrarse en la interioridad del héroe anónimo durante los días que siguieron al suceso.

No quiero ni pensar en qué hubiera podido acabar esta historia en manos de alguno de esos directores impersonales asalariados que tanto abundan en el cine de acción (Michael Bay, Zack Snyder…) o de otros que han labrado su sello personal a base de grandilocuencia (James Cameron es el primero que se me viene a la cabeza). Afortunadamente, Clint Eastwood evita la tentación de construir una manida exaltación del héroe o una rutinaria película de acción a base de ruido, explotijos y exageraciones. Eastwood filma con sencillez, con ritmo pausado y un estilo austero que no trata de obligar al espectador a emocionarse con atronadoras subidas del volumen de la música en los momentos clave o con epatantes planos exhibicionistas. El tono de la película oscila entre el documental (cuando narra los hechos) y el acento intimista que pone en los momentos de mayor introspección del protagonista, cuando él mismo vive asaltado por la duda sobre la autenticidad de su recién adquirida condición de héroe.

No tengo demasiadas dudas de que hace quince o veinte años el propio Clint Eastwood habría interpretado al protagonista, pero la notoria diferencia de edad con el personaje y que Eastwood hace ya varias películas que decidió apartarse de la interpretación, ha hecho que recurra al actor más versátil (y probablemente el mejor, pero eso ya va en gustos) del cine hollywoodiense actual. Un Tom Hanks que se nos ha hecho mayor y ya no resulta extraño verle encanecido y con un generoso mostacho blanco.

Si hay una cualidad que destaca en la filmografía de Hanks es su asombrosa capacidad para dotar de humanidad a sus personajes (salvo algunas excepciones como el Robert Langdon de las mefíticas películas herederas de El Código Da Vinci). Pocos actores son, como Hanks, capaces de encarnar con veracidad al ciudadano normal y corriente al que las circunstancias convierten en protagonista de una historia. El Sullenberger de Hanks es ante todo un hombre, un ser humano anónimo que vive con serenidad su condición de héroe accidental y con amargura la incertidumbre que le atenaza cuando ve peligrar su carrera ante el cuestionamiento de si, a pesar del exitoso resultado, su actuación fue o no correcta. Acompañan a Hanks un Aaron Eckhart mejor que nunca en el papel del copiloto de Sully, una efectiva Laura Linney (que también se hace mayor) en un papel sin mucho lucimiento y unos cuantos rostros populares para los seguidores de series de televisión entre los que destaca Anna Gunn, protagonista femenina de Breaking Bad.

Komarnicki desde el guion, Eastwood en su dirección y Hanks con su interpretación completan un reposado ensayo sobre la esencia de la heroicidad, sobre su (a menudo) endeble génesis, la volatilidad de su existencia y lo efímero de su recuerdo. Pero hay, como mínimo, otra imprescindible lectura que realizar a partir de Sully y no es otra que la constatación de que las decisiones que uno toma en el ejercicio de su profesión, en unas circunstancias concretas, y sometido a una presión emocional determinada, no pueden ser juzgadas mediante rígidos protocolos o simuladores tecnológicos que obvien el factor humano. Es muy común que profesionales de muy diferente ámbito sean gestionados y en algunos casos evaluados por “gestores” que nunca han tenido contacto alguno con la realidad a pie de calle de la profesión de la que tanto creen saber. Se me ocurren muchos ejemplos empezando por mi propia profesión, pero perdónenme, no tengo hoy ganas de meterme en ningún jardín. Quedémonos en el cine. Sully es una rara pieza de cine clásico impecablemente interpretada por Tom Hanks y dirigida con mano maestra y rigurosa contención por un Clint Eastwood que firma su mejor película en la última década.

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