Crítica de ‘Aliados’: Siempre nos quedará Casablanca

Las críticas de Cristina Pamplona: Aliados

Los actores de Hollywood…Nos hacen volar con sus glamurosas vidas. Sus alegrías son nuestras alegrías y sus dramas nuestros dramas. Por eso, un divorcio millonario como el de Angelina y Brad, salpimientan con morbo cualquier estreno como ya ocurriese cuando se conocieron en Señor y señora Smith. Por suerte, esto no es Sálvame Deluxe ni yo soy Hedda Hopper y podemos juzgar Aliados por lo que es, un melodrama romántico con una factura técnica exquisita que, no obstante, carece de pasión.

En 1942, Max Vatan, agente de las fuerzas aliadas, se une a la agente francesa, Marianne Beauséjour en un ataque a la embajada alemana en Casablanca. Los dos espías comienzan una relación apasionada que continua en Londres, donde se casan y tienen una niña. Su vida transcurre en una apacible cotidianidad hasta que un día el servicio secreto británico cuestiona la identidad de Marianne.

El director Robert Zemeckis se hace cargo del guion del británico Robert Knight, responsable de la exitosa serie Peaky Blinders y nominado al Oscar por Negocios Ocultos, que crea una historia con el sabor del viejo Hollywood y que, inevitablemente, nos trae a la cabeza otros títulos como Casablanca o Espionage o Brumas de traición. Nada que se pretenda ocultar porque tanto en su guion como en todo el trabajo técnico para llevar los años cuarenta a la pantalla, el cine de esa década ha sido la principal referencia. Con la ayuda de Gary Freeman en el diseño de producción y de Joanna Johnston en vestuario, Robert Zemeckis ofrece un pulido marco histórico en el que deleitarse. Desgraciadamente, ni el guion de Knight ni la batuta de Zemeckis consiguen redondear la historia. Tal vez sea la frialdad de sus dos personajes protagonistas, que solo se caldea en las escenas de amor, tal vez se deba a que el ritmo no funciona en una historia que bascula entre la peli de espías y el melodrama. Sea como sea, con un guion sincero, sin trampas ni engaños, y el encanto de una época fascinante, Aliados se queda tan fría que, aunque para nada mediocre, pasa sin pena ni gloria por la mente del espectador.

Con un reparto en el que encontramos nombres como Jared Harris, Lizzy Caplan o August Diehl, sus secundarios quedan tan desdibujados como su pareja protagonista. Sin obviar la palpable química entre Brad Pitt y Marion Cotillard que se corona en la escena de sexo en el desierto, lo cierto es que no estamos ante el mejor trabajo de ninguno de los dos. Pitt, como suele ocurrir en el papel de héroe romántico, resulta demasiado plano, y para cuando la tragedia llama a su vida, nosotros ya nos hemos desencantado de él como para sentir alguna emoción. Cotillard se maneja mucho mejor como Marianne y resulta bastante más interesante, pero hablar de ella sería destripar la película, así que solo diré que se echa de menos esa pasión que ya mostró en La vie en rose.

El vestuario de Joanna Johnston, quien ya ha explorado distintas épocas en otros trabajos como el pop de los sesenta en Radio Encubierta, el siglo XIX en Lincoln o los años cincuenta en Regreso al futuro, se empapó en los vestuarios de las starlets del Hollywood de los cuarenta y cincuenta como Katherine Hepburn, Bette Davis o Barbara Stanwyck. Telas más frescas como el lino y el algodón para la primera mitad trascurrida en Casablanca, y lanas y un vestuario más austero para el Londres de Jorge VI. El vestuario es casi un modo de camuflaje en Marianne que, a través de él, consigue convencer a los demás de la clase de mujer que es; satén y tejidos vaporosos para la sofisticada espía, faldas tubo y zapato plano para la amante esposa y madre.

La banda sonora de Alan Silvestri (Forrest Gump, Regreso al futuro, Los vengadores), como la película en sí, no tiene tachas y, sin embargo, no ofrece nada perdurable.

A pesar de la inevitable evocación a la edad de oro de Hollywood, todo queda en la superficie. Como melodrama, Aliados falla por su incapacidad de emocionar y como película de espionaje carece de ritmo y acción. Al final, ese morbo del que hablaba al comienzo tal vez le haga un favor.         

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