61 SEMINCI. Sección Oficial. Crítica de ‘Dev Bhoomi’: Paskaljević viaja a la India

Las críticas de José F. Pérez Pertejo en la 61 SEMINCI: 
Dev Bhoomi

 

Todavía hay lugares en la tierra donde las catástrofes naturales se explican por la ira de los dioses, las enfermedades por la maldición de los ancestros y se desconfía de enviar a los niños a la escuela porque cuanto más llenen sus cabezas de conocimiento, menos espacio queda para dios. Es particularmente inútil enviar a la escuela a las niñas porque necesitan aún menos el conocimiento ya que su destino no es otro que el de casarse a temprana edad y, por supuesto, no con quien ellas quieran. 
 
En uno de estos lugares, una pequeña aldea en la región del Himalaya, sitúa la historia de su nueva película el director serbio Goran Paskaljević, uno de los más asiduos al festival vallisoletano en el que a lo largo de los últimos veinte años ha podido verse, de una u otra forma, toda su filmografía. Dev Bhoomi, que ha sido traducido al castellano como Tierra de dioses, es la historia de Rahul, un hombre que, rozando la ancianidad y amenazado por una acuciante pérdida de visión, regresa a su aldea natal para reencontrarse con su pasado y poder contemplar por última vez los paisajes del Himalaya antes de quedarse definitivamente ciego. 
 
Durante el primer tercio de película, Paskaljević realiza un cine contemplativo en el que se aprecia cierta huella del recientemente fallecido Kiarostami. Un hombre paseando, atribulado por la inmensidad del paisaje y consternado por la destrucción que un terremoto ha producido en el entorno, es algo que ya he visto antes y que me ha recordado a algunas películas del director iraní, particularmente a Y la vida continúa (Abbas Kiarostami, 1992). 
 
Una vez superada esta primera parte de recreación paisajística en la que la acción avanza muy lentamente, Paskaljević imprime un nuevo tono a su película y Rahul comienza a visitar a los lugares y personas de su pasado que confrontan su mentalidad más evolucionada con la anquilosada sociedad rural y religiosa. El rechazo de sus antiguos familiares y vecinos se manifiesta de manera evidente con los planos de puertas que se cierran y narrativamente con las duras palabras con las que es tratado, por ejemplo, por su hermano que no ha perdonado un oscuro episodio que no queda claro hasta mediado el metraje. 
 
La mirada de Rahul es más de observador que de partícipe, juzga en silencio y pasivo todo lo que no le gusta y únicamente parece sentirse cómodo en la escuela donde una joven maestra llegada de la “modernidad” trata de abrir las mentes de sus pequeños pupilos a cuyos padres le ha costado mucho convencer para que les den permiso para acudir a sus clases. 
 
Paskaljević pone su mirada en Rahul y a través de ella muestra la pervivencia de rituales que, por coloristas y visualmente atractivos que resulten, no hacen sino ocultar absurdos prejuicios, injustas desigualdades basadas en un arcaico sistema de castas y la discriminación de la mujer representada a través de la obligada boda a la que es sometida la más aventajada de las alumnas de la escuela y cuyo sueño, lejos de casarse siendo una cría, era poder salir de la aldea y estudiar en la universidad tal y como hizo su maestra. 
 
El protagonista, Rahul, es interpretado con gran sensibilidad y contención por Victor Banerjee, uno de los más reputados actores indios (del cine no-Bollywood) que figura en los créditos como coguionista y cuya amistad con Paskaljević fue el detonante de que el director serbio se embarcara en este proyecto tan alejado geográfica, visual y argumentalmente del resto de sus películas. Los demás actores y actrices son, al parecer, destacados intérpretes teatrales indios y funcionan correctamente con alguna excepción como la actriz que da vida a Maya, el antiguo amor de juventud de Rahul, cuya forzadísima actuación chirria estrepitosamente en un conjunto armónico de interpretaciones. 
 
Paskaljević quiere, a pesar de todo lo expuesto, transmitir un mensaje optimista y se vale para ello de un personaje infantil, un niño que habiendo perdido a toda su familia en unas recientes inundaciones ha sido adoptado por la maestra. Su entrada en la escuela en llamas para salvar de la quema el globo terráqueo es una secuencia que, a pesar de resultar demasiado evidente, está provista de una poderosa fuerza visual y narrativa. Sus ojos serán los ojos de Rahul cuando este pierda finalmente su mirada. Tal vez haya, a pesar de todo, una esperanza para el mundo. Ese es el espíritu detrás de las palabras de Rabindranath Tagore con las que Paskaljević cierra su película.

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