Crítica de ‘El secreto de Adaline’: Ciencia ficción envuelta en un drama romántico

Las críticas de Óscar M.: El secreto de Adaline
Tal vez el melodrama romántico no sea mi género cinematográfico favorito, no por falta de ganas de tropezar con alguien un día por la calle y enamorarme locamente hasta cambiar mi vida entera de arriba a abajo. Probablemente sea la comodidad en la que se mueve el género, poco dado a ofrecer novedades o cambios drásticos, mostrando la clásica historia de amor con leves modificaciones, pero manteniéndose firme al canon establecido.
El secreto de Adaline propone un nuevo punto de vista de la clásica narración “chica, que tiene un secreto que podría poner en peligro la relación, conoce chico y tiene miedo de perderlo” con una historia de ciencia ficción donde la protagonista no envejece y se mantiene inalterable al paso del tiempo, conservando 29 años durante más de un siglo.
Incluso, se puede extraer un subtexto más profundo: el ser humano nunca está contento con lo que tiene. ¿Quién no ha soñado con vivir para siempre? Pero eso conlleva que todos tus seres queridos envejezcan y desaparezcan antes que tú, con la soledad que eso conlleva y que, mitológicamente, explotaron tan bien en la saga de Los inmortales.
El secreto de Adaline ofrece a los espectadores una romántica versión de “la cara oculta” de conseguir la tan idealizada inmortalidad: tener que huir siempre, sin la posibilidad de hacer amistades o, mucho menos, enamorarse. En el fondo, es el motor de la historia, el cual, aunque está presente en toda la película, encuentra su escena perfecta en la fiesta de fin de año, cuando los protagonistas se conocen.
El director Lee Toland Krieger, que ya acumula tres películas a medio camino entre la comedia y el dama familiar, muestra su habilidad con la cámara, utilizando planos poco convencionales y sacando un más que suficiente partido a la ciudad de San Francisco, donde la protagonista será testigo, durante más de cien años, de sus drásticos cambios.
Con unos flashbacks casi perfectos, que entran perfectamente en la historia y completan el relato principal sin abstraer al espectador y sin desviarlo del momento presente (a pesar de la insistente y explicativa voz en off) y con una fotografía que, aunque diferencia las épocas en las que vive la protagonista, apenas muestra un abuso de los efectos visuales. Algo que, ni era deseable, ni la película requiere.
Blake Lively consigue atrapar al espectador y hacer creíble su personaje, algo que no consiguió en la ñoña y aburrida Salvajes. La actriz está totalmente entregada en un papel que le permite desarrollar su belleza sin mucho esfuerzo, es el centro de todos los planos y tanto el equipo de maquillaje y peluquería como el de vestuario han sabido sacar lo mejor de ella.
El resto del reparto incluye a un Harrison Ford en un papel más adecuado a su edad (era doloroso verlo sufrir en Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal y da miedo pensar en cómo saldrá en Star Wars – Episodio VII: El despertar de la fuerza), una breve y experimentada Kathy Baker, Michiel Huisman como el persistente enamorado (un oportuno apoyo logístico para la protagonista) y una adorable Ellen Burstyn. Todos, sin excepción, ofrecen unas interpretaciones correctas y encajan perfectamente en la película.
El secreto de Adaline es una historia para corazones solitarios, para aquellos que viven la vida con la puerta del corazón cerrada para que no les vuelvan a hacer daño, para aquellos que no quieren arriesgarse a sufrir, pero que, en el fondo, están deseando tropezarse con alguien para envejecer juntos para siempre. Algo que puede que suceda, tal vez, cuando menos lo esperan.

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