Crítica de ‘Qui c’est les plus forts? (¿Quiénes son los más fuertes?)’: Crisis y problemas de las personas normales

Las críticas de Carlos Cuesta: Qui c’est les plus forts? (¿Quiénes son los más fuertes?)

Durante años la crisis económica ha devorado la actualidad. Todo era crisis o a causa de la crisis, y aprovechando, cualquier desmán empresarial y político se diluía en el barullo, igual que cuando alguien se decide a robar una televisión de un escaparate arropado por el pillaje general. De un tiempo a esta parte, los que tenemos que pagar las fiestas de los culpables (los que pagan siempre, los de abajo y los del medio) no tenemos muy claro si la crisis ha pasado, si está peor o si se queda para siempre; parece muy probable que el marrón de precariedad que nos han dejado los “listos” es el escenario donde nos va tocar retozar. Algunas películas como Qui c’est les plus forts? (¿Quiénes son los más fuertes?) traen a la actualidad historias genéricas de la supervivencia de personas corrientes. A unos le emocionará; otros tomarán conciencia de su situación o de la importancia del círculo familiar como tabla de salvación.
Qui c’est les plus forts? focaliza la acción en dos amigas despedidas de un matadero de pollos de Saint-Étienne (Alice Pol y Audrey Lami). Ambas han establecido un estrecho lazo de complicidad que hace que se consideren una a la otra como verdadera familia. Juntas, con la ayuda de su vecino (Bruno Sanches), logran ir solucionando los problemas financieros, los incidentes técnicos y domésticos y además criar a la hermana menor de una de ellas (Anna Lemarchand). El azar decide cruzar los destinos de estas dos jóvenes con el del abogado de la empresa que las despidió (Grégory Fitoussi). Éste decide plantearles una suculenta propuesta para encontrar un vientre de alquiler para el hijo que quiere criar junto a su novio.

La película es una tragicomedida entretenida, sin espectacularidades ni pretensiones excesivas. Su título alude al canto de la hinchada del equipo de Saint-Étienne, una formación humilde de la liga francesa que se ganó la simpatía de todo el país con su gesta en la copa de Europa. Quizá la inclusión de esta referencia futbolística sirva a la adaptación de la obra teatral Sunderland como recordatorio de que la colaboración, la solidaridad, el esfuerzo y la resistencia colectiva ponen el heroísmo al alcance de las personas corrientes.

De forma global, la producción satisface a un espectador que quiera deleitarse sin más con una historia sencilla sobre la vida de las personas. Es cierto que los personajes se mueven en una trama donde los acontecimientos se desencadenan o se resuelven de forma demasiado simple, con altibajos dramáticos muy acusados, pero nunca pierden su humanidad y su horizonte. Es cierto que la película peca de una falta de estilo continuo, como si la cantidad de temas que quiere tratar le impusiera dinámicas, estéticas y estilos de fotografía casi incompatibles. A ratos, uno parece estar presenciando una comedia de disparate; al momento, una película de corte social que nos trae a la mente The Full Monty o Billy Elliot. Secuencias de cierta ligereza dan el relevo a magníficas escenas dramáticas que nos ofrecen todo el potencial de Alice Pol y Audrey Lami, enérgico sostén de esta producción.
La realizadora Charlotte de Turckheim plantea cuestiones muy valiosas e interesantes,  respecto del género, la adopción homosexual o el concepto moderno de familia. Lo hace sin aspavientos, sin esperpentos, normalizando lo que es normal, y humanizando lo que no necesita nuestro permiso para ser humano. Me gusta que las cuestiones de género y sexo sean una circunstancia de la trama sin devorarla, sin asfixiarla y sobre todo sin moralizar en exceso. Compañeros y amigos me repiten estos días su disgusto por la manera en que la interesante serie de televisión Sense 8 de los hermanos Wachowski te atrapa con una intriga en la que, desafortunadamente, se plantea la homosexualidad como una especie de obligación o de evolución de la especie. Muy al contrario, Qui c’est les plus forts? se atreve con una cuestión tan peliaguda como la adopción homosexual con humanidad y ternura, arrebatándole hasta cierto punto la etiqueta de acontecimiento a una cuestión que puede y debe ser una tranquila reflexión. Entre otros problemas como la deshumanización burocrática de la sociedad o las complicaciones del desempleo, la adopción homosexual y la tolerancia se insertan en la película como una cuestión más a tratar, con importante peso, pero sin monopolios ni sobreactuaciones. Éste es quizá el mayor valor de este título.

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