Crítica de ‘Cherry Pie’: Vacío y pretencioso ejercicio fílmico

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Cherry Pie

Siento que algo no funciona cuando una película que dura 84 minutos se me hace eterna. Estamos ante el enésimo caso en el que un director que hasta ahora sólo ha dirigido cortometrajes decide dar el salto al largometraje estirando una idea de partida que no da para su realización. El autor de Cherry Pie, el suizo Lorenz Merz, firma el guión, la dirección y la fotografía, siendo ésta última área la única en la que demuestra un verdadero talento. La dirección de fotografía es irreprochable, tanto exteriores como interiores son plasmados con sensibilidad y delicadeza, y el rostro de la actriz protagonista  Lolita Chammah, que ocupa el plano durante la mayor parte del metraje es retratado con generosidad hacia su ambigua belleza.

Se acabó. No hay más. El resto es puro artificio, puro ensimismamiento con la cámara, el guion consiste en una sucesión de planos y secuencias apenas salpicados por unos insustanciales diálogos que ni siquiera sirven para que el espectador se sujete a algo antes de perecer definitivamente en el naufragio.

Que se trata de una propuesta audaz es indiscutible, que apuesta por un cine radical es incuestionable, pero que la audacia y la radicalidad sean virtudes en sí mismas es un argumento que nunca he compartido, y menos ahora que las palabras audacia, osadía y radicalidad parecen haberse convertido en valores absolutos en determinados ambientes cinematográficos. Soy sin embargo admirador de aquellos cineastas que son capaces de romper los esquemas cinematográficos clásicos al tiempo que consiguen algo tan básico y elemental como contar algo, entretener o despertar emociones al espectador medio.

En Cherry Pie, Lorenz pretende contarnos la huida hacia ninguna parte de una joven, Zoe, de la que sabemos prácticamente lo mismo tras los ochenta y cuatro minutos de película que al principio de la misma, salvo lo que hemos podido adivinar tras acompañarla erráticamente por gasolineras, estaciones, habitaciones de hotel, y demás lugares de paso hasta llegar a un ferry que la adentra en el mar.

La arbitraria división en capítulos a la que somete Lorenz a su film supongo que pretende aportar cierta estructura narrativa a algo que carece absolutamente de relato, y es en ese absoluto desprecio por la narración en el que Lorenz decide que todo vale: tan pronto utiliza la cámara lenta como hace planos de insertos de objetos inanimados, de repente coloca la cámara en lo alto de un puente y nos somete a un eterno plano de coches pasando de noche por una autopista para minutos después utilizar un montaje alterno con el mismo personaje en diferentes tiempo y espacio. El uso de la música no diegética es también tan arbitrario como tramposo, y cuando le viene en gana, utiliza una voz en off que no sabemos muy bien de donde procede con vete tú a saber qué intención. Se respira la pedantería en una película errática en la que solo encuentro pretensiones autorales, ínfulas de transgresión, experimentalidad que no conduce a ninguna parte. Tedio, aburrimiento, sopor.

La película obtuvo la Luna de Valencia en el Festival Cinema Jove de Valencia de 2014, lo cual me da la certeza de que habrá quien vea algún rastro de poesía fílmica o de cinema verité en Cherry Pie, yo sólo veo un vacío ejercicio de onanismo (literal en un par de momentos de la película) de un director de fotografía jugando a parecerse un rato a los hermanos Dardenne, otro rato a Kieslowski y otro rato a vaya usted a saber quién.

La apuesta estética es notable, pero encadenar unos cuantos planos de gran belleza puede a lo sumo ser digno de presencia en un museo audiovisual, no en una sala de cine.

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