Crítica de ‘Mis Hijos’: La convivencia es posible incluso entre judíos y árabes

Las críticas de José F. Pérez Pertejo: 
Mis Hijos

En su último film, el director israelí Eran Riklis adapta dos obras de su compatriota periodista Sayed Kashua, una de ellas autobiográfica, de la cual la película toma su título original Dancing Arabs que ha sido traducido por Mis Hijos para su estreno en España.

Mis hijos es ante todo una historia de seres humanos que intentan convivir superando las diferencias en un entorno hostil. Eran Riklis plantea un relato bienintencionado en el que a través de Eyad recorre la década transcurrida entre 1982 y 1992, diez años que marcan para Eyad el tránsito de la despreocupada infancia en la pequeña ciudad árabe de Tira, en Israel, al contacto con la madurez en la Jerusalén de los 80. 

Eyad, interpretado durante la mayor parte del metraje por Tawfeek Barhom, es un joven palestino al que su brillantez como estudiante brinda la oportunidad de estudiar en el mejor instituto de Jerusalén, lo cual supone el sueño de su padre (Ali Suliman), un árabe con un oscuro pasado durante el cual flirteó con el terrorismo.

La estancia de Eyad en Jerusalén le pone en contacto con una mayoría de compañeros judíos con los que establecerá vínculos muy diversos. Son fundamentales en este sentido Naomi (Daniel Kitsis) una guapa judía con la que vivirá el despertar al amor y Jonathan (Michael Moshonov) un chico gravemente enfermo al que conoce dentro de un programa de voluntariado y con el que poco a poco irá solapando su propia identidad hasta el punto de que la madre de Jonathan, Edna  interpretada con enorme sensibilidad por Yaël Abecassis establecerá con él un vínculo afectivo basado en unos sentimientos que como espectador me resultan un tanto ambiguos. Ambiguedad que, intuyo, está incluida de manera deliberada en el guión y transmitida con gran talento por Yaël Abecassis, una actriz habitual en las películas de Amos Gitai a la que también pudimos ver en la hermosa Vete y Vive de Radu Mihaileanu.

Eran Riklis maneja el guión con sensibilidad y firme pulso narrativo y vence las tentaciones de caer en la sensiblería o en el melodrama barato para crear un film sólido, contundente, y de bella factura. El tono amable de comedia costumbrista del comienzo del film se va tornando más sombrío a medida que pasan los años y Eyad descubre que su identidad no va a ponerle las cosas fáciles en un medio en el que no todo el mundo está dispuesto a obviar las diferencias.

También hay que apuntar en el haber de Riklis el hecho de ser capaz de evitar el sectarismo que su condición de judío podría haber impregnado la película. Confieso que asisto a la película desde la distancia que me permite no ser judío ni árabe, pero creo que se trata de una película limpia que quizá por no entrar en profundidad en los orígenes del conflicto, se centra en la posibilidad de que la gente corriente conviva, se entienda, se divierta y se ame por encima de diferencias religiosas, ideas y conflictos territoriales.


Quizá esta asepsia que le lleva a evitar profundizar en el origen del conflicto sea el talón de Aquiles que puedan aprovechar los radicales judíos o los radicales árabes para censurar la obra de Eran Riklis, pero esta asepsia es precisamente su mayor valor y lo que en mi opinión permite que este canto a la convivencia salga airoso del envite. Riklis no quiere pontificar, no quiere hacer una crónica histórica ni quiere imponer unas ideas, si no precisamente expresar que por encima de estas ideas las personas pueden entenderse e incluso amarse. Una lección similar a la que la escritora Julia Navarro transmite en su hermosa novela “Dispara, yo ya estoy muerto” (Plaza & Janés, 2013).

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