Crítica de ‘Foxcatcher’: Impresionar, comprar, pervertir, someter

Las críticas de Carlos Cuesta: Foxcatcher

Hay algo inmundo en la manipulación de los valores patrióticos, de los símbolos nacionales y de la realización humana que Bennett Miller (Moneyball) ha trasladado de la vida al cine con un perturbador resultado en Foxcatcher. El director americano se mantiene fiel a las historias documentales o basadas en hechos reales para recuperar la relación entre los campeones olímpicos Mark y Dave Schultz (Mark Ruffalo) y el multimillonario John du Pont, que les convenció para que entraran a formar parte de su equipo de lucha, para intentar conseguir un nuevo oro olímpico en Seúl en 1986.

Du Pont (Steve Carell) no era entrenador de lucha pero acude en primer lugar a Mark Schultz (Channing Tatum) para plantearle sus intenciones y se presenta como tal. Pretende convencer al mundo, y a sí mismo, de su naturaleza de líder y mentor, de su función de gloriosa inspiración y figura paterna. La magnánima presencia que se nos ofrece en un primer momento se va desmontando conforme avanza la acción, y su fachada benefectora va desvaneciéndose para mostrar una compleja amalgama de delirios de grandeza, complejos de inferioridad y abandono familiar que alterará la vida de los dos hermanos hasta límites insospechados.

La fantástica interpretación de los tres protagonistas llena y trasciende el denso silencio instalado en la escena que es una de los grandes recursos de la película para recrear un universo de frustraciones y envidias familiares. La ausencia casi total de composiciones musicales agranda el vacío entre los personajes, ahonda en el patetismo de las carencias personales y evita un estilo épico que resulta en crítica indirecta de las manipulaciones históricas y emotivas promovidas por los medios de comunicación de masas.
Bennett Miller acierta con la decisión de reducir al mínimo la banda sonora y con la orquestación de una amplia variedad de puntos de vista de la cámara que intensifica la impresionante caracterización de personajes (que en el caso de Steve Carell es totalmente impresionante). La relacion entre la dramatización angustiosa y penetrante de Ruffalo, Tatum y Carell y la dirección es impecable; consigue introducir en escena a la propia cámara como un personaje en sí mismo, insistiendo en su papel “cómplice” en la horrenda distorsión de los acontecimientos y en la deformación de las ideologías al servicio de una supuesta grandeza.
La historia de la familia Schultz es de por sí interesante, pero la inteligente confección de los diálogos (guión de E. Max Frye y Dan Futterman) introduce interesantes reflexiones sobre la motivación y la manipulación, de la oposicion entre amistad y sumisión, verdadero carisma e intimidación. Los movimientos propios de la musculatura de los luchadores se retrata con un enfásis sobre la apariencia simiesca, exageradamente animal, para insistir en la relación jerárquica que Du Pont pretende imponer primero impresionando, luego adulando, más tarde comprando y finalmente violentando.
Los vítores a Estados Unidos en una de las escenas finales, la aparición sucesiva y poco inocente de la bandera, las referencias críticas al violento elogio al progreso mecánico y armamentístico, de una estirpe de grandes hombres “patrióticos”, está presente en una película que parece concluir que la verdadera riqueza del país, de los países, se encuentra en la gente y en sus familias y en valores más discretos; que las naciones se construyen con la sangre y el esfuerzo de personajes anónimos con los que los dueños de la gloria no se han mostrado en absoluto agradecidos. En ese sentido, el paralelismo entre el antiguo campo de batalla donde está asentada la mansión Du Pont y el ring permite identificar a los soldados muertos por “la libertad” con los luchadores que el magnate pretende utilizar para su propia gloria y beneficio.
Du Pont dice grandes verdades en sus discursos, pero las verdades que pasan por la maquinaria de la demagogia, de la apariencia vacía y de la opulencia fascista (a la que no escaparon ni el capitalismo occidental ni el comunismo soviético) se envenenan en el camino entre la boca de Steve Carell y el espectador, produciendo verdadero asco. El asco que produce con frecuencia el lamentable fracaso de intentar trasladar a la posteridad la grandeza del alma americana. La megalomanía se ha apropiado del mérito y la voluntad del pueblo al que se pretendía representar y el sueño americano ha derivado en una farsa macabra que compra o destruye lo que no puede dominar. 
Salí de la sala de cine pensando en la letra de una canción: “This is evolution, the monkey, the man, then the gun”. El espíritu de Foxcatcher no está tan lejos de la escenificación de la fascinante y horrenda perversión que el cantante Brian Hugh Warner ha logrado recrear en torno a su personaje Marilyn Manson, particularmente detestado por el tradicionalismo americano.

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