Crítica de ‘Exodus: Dioses y Reyes’: Reinterpretación de la Biblia para una nueva generación

Las críticas de Óscar M.: Exodus: Dioses y Reyes
Exodus: Dioses y Reyes vuelve a contar la historia de Moisés (un hebreo criado como hijo del faraón), quien, una vez admitido su origen, luchará por liberar a su pueblo de la esclavitud a la que lleva sometido durante 400 años y tendrá que enfrentarse a su hermano, el legítimo hijo del faraón que ha heredado el trono.
El director Ridley Scott, cada vez embarcado en proyectos más faraónicos y tras el vapuleo recibido por ultrajar a la saga Alien con Prometheus, ahora dirige Exodus: Dioses y Reyes (una nueva versión de las escrituras bíblicas que fueron la fuente de Los diez mandamientos) utilizando unos efectos especiales de última generación para una historia que no acaba de posicionarse.

La desvinculación y el distanciamiento que los guionistas han querido establecer con Los diez mandamientos es evidente desde la primera escena: eliminando visualmente todo el origen del personaje protagonista (por suerte no hay flashbacks, sólo referencias verbales) y directamente entrando en batalla, algo que hará las delicias de los seguidores del Scott más combativo.
Pero esta libre adaptación de las escrituras cristianas y que el guión haya sido escrito por 4 personas hacen un flaco favor a la estructura narrativa y la coherencia argumental de la película: casi convirtiendo a Moisés en un loco (cuya mayor seña de identidad -el callado- es sustituida por una espada) y cuya creencia religiosa va dando tumbos. Por lo que el espectador no sabe si confirmar su afiliación religiosa o tirarla por la borda (algo totalmente opuesto a la película precedente que era claramente propaganda cristiana).
No todo en Exodus: Dioses y Reyes cojea: gracias a unos efectos especiales de último nivel se consigue que el realismo sea absoluto, tanto en la reproducción del antiguo Egipto (y la construcción de las pirámides) como a la hora de dar credibilidad a las diez plagas que asolaron la región en tiempos bíblicos. Dichas plagas tienen en la película una correcta, probada y coherente explicación científica (aunque hayan pasado por alto la posible erupción volcánica inicial), la cual se va disipando a medida que se acerca la última plaga (el fallecimiento de los primogénitos) y se le otorga una característica divina.
De nuevo, y llegados al Mar Rojo (y a la idílica y cinematográfica resolución final), el guión parece hecho a medio camino entre un creyente y un ateo, ofreciendo una explicación natural a la separación de las aguas, pero con un componente místico posterior, lo cual tambalea el realismo que otro guionista haya querido plasmar y desconcierta al espectador.
Algo similar sucede viendo a los actores hablando un perfecto inglés en mitad de Egipto (en estos casos es cuando se echa de menos a Mel Gibson y sus películas rodadas en hebreo y arameo), y la colaboración mínima, absurda (que casi sólo sirve para justificar el presupuesto) y limitada a cuatro planos mal contados de Sigourney Weaver, que más que un personaje, representa a una estatua que se mueve y tiene dos frases.
Todo lo contrario que John Turturro o el omnipresente Christian Bale, que están correctos y hacen bastante creíbles a sus personajes. Pero el más alabanzas recibe es Joel Edgerthon: capaz de transmitir matices contradictorios en una misma escena y hasta hacer comprensible al público sus bipolares decisiones. Ben Kingsley tampoco destaca mucho en el conjunto, aunque hace un trabajo (como siempre) excelente, y María Valverde puede darse por aprobada en esta incursión (con un inglés bastante decente y que no desentona, aunque su parte de la historia es tal vez la menos interesante y que podría haberse resumido en una elipsis aún mayor que la mostrada).
Uno de los platos fuertes de Exodus: Dioses y Reyes es el profuso realismo y verosimilitud que se ha conseguido con el vestuario (la visita a la exposición es casi parada obligatoria para cualquier aficionado al cine), el maquillaje y un diseño de producción espectacular. La dedicación y obsesión por la fidelidad del equipo en este apartado debería ser valorada para una posible nominación en los próximos Premios de la Academia.
La música de ambientación compuesta por Alberto Iglesias es poco épica, pero la película (por muchos intentos que tenga de insuflar grandilocuencia a la historia) tampoco lo requiere, por lo que el resultado es una composición en ocasiones demasiado étnica, en otras demasiado secundaria a la acción. No resultando molesta, pero tampoco destaca en el resultado final y mucho menos recordable una vez que se alcanzan los títulos de crédito.
Scott vuelve a confirmar con Exodus: Dioses y Reyes que sus últimas películas intentan contentar a muchos tipos de espectadores: a los clásicos y a los de nueva generación o, en este caso, a los católicos y a los creacionistas. No arriesga y es una lástima que se quede a medias y no se decante sólo por un tipo de explicación, dejando una película que está, como los nuevos adolescentes, conforme con cualquier interpretación.

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