Crítica de ‘Matar al mensajero’: Homenaje al compromiso con el verdadero periodismo

Las críticas de Carlos Cuesta: Matar al mensajero

Estoy convencido de que mi compañero Juan José Muñoz todavía recuerda el día que acudimos a grabar a una mujer angustiada por encontrar a su marido desaparecido; cómo nos cambió la cara cuando entre los documentos de los que íbamos tomando planos hallamos una denuncia por malos tratos contra su esposo fechada el día de la desaparición; también me viene a la cabeza a veces cuando intenté localizar a la familia de un chaval sudamericano muerto por hipotermia al cruzar a nado un río, huyendo de la Policía. La encontré, y su testimonio desesperado de dolor no sirvió para mucho más que para llenar unos minutos de algún programa de sucesos. El periodismo es una profesión que te acerca a la vida real como pocas, a veces es apasionante, absolutamente imprescindible, y otras lamentable e inútil. Por eso el homenaje que Matar al mensajero hace del compromiso con la verdad y la justicia, y con el auténtico periodismo, es francamente emocionante.
Jeremy Renner consigue una gran interpretación del dos veces premio Pulitzer Gary Webb que destapó en 1996 la relación entre la CIA y el tráfico de droga para financiar a las milicias de los Contra en la guerra de Nicaragua en los años 80. Esa oscura alianza tuvo entre sus consecuencias un enorme incremento del consumo de crack en las calles de Los Ángeles. Después de publicar su artículo sufrió una intensa campaña de desprestigió del Gobierno y de los medios de comunicación que acabó con su carrera.
Matar al mensajero logra una evolución fluida e intensa de una trama llena de intriga e interés; sabe intercalar sin ruptura la investigación periodística que lleva a Webb hasta sus fuentes, la paranoia y el temor que siguen a la publicación de su artículo y el aislamiento profesional al que le conduce su compromiso con la información. A la larga, la “traición” del gremio y la campaña contra su reputación es la parte más dramática y destacable de una película que va ganando interés por minutos y que cierra en lo más alto.
Sus puntos fuertes reposan en una ambientación que gestiona con acierto el suspense y en la actuación protagonista de Renner, que logra transmitirnos el espíritu determinado del periodista, su indignación, su miedo y su decepción. El resto del plantel logra un resultado muy discreto. Andy García y Oliver Platt están razonablemente bien, igual que Ray Liotta en su breve aparición, reforzando el empaque de la historia, pero sus intervenciones no disfrutan de grandes diálogos.
En efecto, existe una intermitente falta de conexión entre la historia y el espectador que puede atribuirse a la falta de potencia discursiva de algunos de los fragmentos, o a la selección de los planos que plantean una mirada un tanto fría y distante de los acontecimientos y de su efecto en los personajes. La conclusión de la historia se equivoca por ejemplo al emplear el contrapicado para realzar la ética superior del protagonista, algo demasiado evidente como para necesitar de ese recurso, y nos sitúa a Renner en un encuadre y una distancia que no aprovecha el clímax que el autor logra con su actuación.
La película dirigida por Michel Cuesta (curtido en la dirección de series televisivas de gran éxito) se ve con gusto y no se equivoca en el planteamiento de los mensajes centrales (la gravedad de los hechos perpetrados por la CIA y el compromiso de Webb con su trabajo que choca con la hipocresía de su entorno) y en ese sentido su pulso es firme. Sin embargo la recreación del entorno familiar es un tanto blando, melodramático, hasta cierto punto estereotípico.
Creo que es un lástima que Matar al mensajero pueda pasar por la cartelera sin demasiada repercusión como el reconocimiento de los hechos por parte de la CIA pasó por alto ante el escándalo sexual de Clinton. Pese a sus puntos flojos merece la pena dedicarle apenas dos horas a conocer este episodio histórico y compartir el dilema de Webb entre el compromiso profesional y la tranquilidad personal y la seguridad de su familia. Lo cierto es que la presión de los poderes públicos que la prensa debe controlar y todos aquellos que no quieren que la verdad llegue a la calle es capaz de hacer quebrar la vocación más profunda. Además, la implicación de la empresa periodística con los profesionales comprometidos tampoco suele incitar al heroísmo. Por eso historias como la de Webb son tan improbables como valiosas.

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