Crítica de ‘Relatos salvajes’: Hey honey, take a walk on the wild side

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: Relatos salvajes

Hay un riesgo al comenzar una obra —cinematográfica, literaria o musical— desde el punto más alto de la genialidad, y es que resulta casi imposible mantenerse en él. Damian Szifron lo consigue, y Relatos salvajes, desde su explosivo comienzo, se convierte en un viaje enloquecido e hilarante hacia lo bestial del ser humano.
Estructurada en seis cortometrajes sin relación entre las historias, Relatos salvajes encierra en ella más que su humor negro, convirtiéndose en una tragedia cómica o en una comedia trágica de la realidad de la sociedad argentina donde el abuso del poder, la desigualdad social o la corrupción están a la orden del día. ¿He dicho Argentina? Creo que el espectador verá en ella la situación de una actualidad universal, sin tener que sumergirse en el, a veces crudo, cine social.

Y es que el guión del propio Szifron bebe de la sátira más clásica. Utilizando un humor malvado y brillante enfrenta a sus personajes a situaciones límites para sacar de ellos a la bestia, una idea que se va cimentando desde sus créditos en los que el reparto y el resto del equipo es presentado junto a imágenes de animales salvajes. No queda nada de bondad en ellos cuando han de enfrentarse a uno de los sentimientos más viscerales que existe: la venganza. Ya sea por una vida destrozada, un mal gesto en la carretera, un gobierno abusivo o por una traición, los protagonistas de estas historias se desprenden de su humanidad para lanzarse a atacar, y el espectador no puede evitar simpatizar con ellos porque ese sentimiento está en todos nosotros, como lo está el sueño de liberarlo sin consecuencias.
A pesar de independientes, las historias responden a una coherencia marcada por la violencia; a veces física, otras verbal y en otras ocasiones burocrática. Y si bien es inevitable decantarse por unas u otras, todas conforman una idea total de anarquía no tanto social (aunque podríamos verlo así en la cuarta historia) como individual; las normas morales o lógicas que nos imponemos saltan por los aires cuando la situación nos supera.
En los aspectos técnicos cabe destacar la banda sonora, compuesta por el ganador de dos Oscar, Gustavo Santaolalla, que sirve más de soporte de las situaciones surrealistas que como piezas de calidad independiente a las historias, algo que no ocurre en otras composiciones suyas como en la espléndida banda sonora de Brokeback Mountain. La fotografía de Javier Julia se regocija en el paisaje, ya sea el urbano de la cuarta historia o el árido de la segunda, pero en cuanto a movimientos de cámara y juegos de luces es en la último corto en el que se hace narrador absoluto de la historia, convirtiendo cada imagen en parte del delirio de la protagonista femenina.
El elenco de actores brilla en sus breves papeles, pero memorables resultan especialmente Ricardo Darín (El hijo de la novia, El secreto de sus ojos), enfrentándose a ese monstruo invencible que es el estado en el cuarto cortometraje, y Erica Rivas en el papel de Romina, la desquiciada novia de la última historia, guinda perfecta de estas dos horas salvajes.
Aunque estructuralmente recuerda a otras películas de antología como Paris, je t’aime, o Una noche en la tierra, Relatos salvajes va más allá de seis cortometrajes estupendos; es en su totalidad un vistazo al lado oscuro del ser humano, una invitación a soltar la correa del autocontrol y a jugar al funambulismo en la cuerda floja que separa la locura de la razón. Y eso, aunque se quede en fantasía, resulta de lo más tentador.

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