Crítica de ‘Hércules’: Mejor adaptación, aunque igualmente insatisfactoria

Las críticas de Óscar M.: Hércules
Érase una vez que, tras dos sonoros fracasos, los estudios de Hollywood decidieron poner fin a la estúpida guerra de hacer dos películas sobre el mismo tema mediante un acuerdo que beneficiaría a las partes (porque compartirían la inversión en producción) y al público (que no se saturaría al ver dos malas películas prácticamente idénticas en las carteleras).
Dicho cuento, surgió tras las tontas peleas entre Un pueblo llamado Dante’s peak y Volcano y entre Deep impact y Armageddon (que ahora todos arremeten contra ella, pero en 1998 se la comió medio planeta), pero Summit Entertainment y el dúo MGM / Paramount se lo han pasado por el arco del triunfo con sus dos poco satisfactorias adaptaciones de la leyenda del héroe mitológico Heracles.

Y, aunque Hércules se basa libremente en la novela gráfica “Hercules: The thracian wars” (que ya adapta con bastante libertad la historia clásica), es inevitable compararla con la película protagonizada por Kellan Lutz y que llegó a las carteleras hace sólo siete meses, ya que ambas parten de la historia griega de Heracles (llamado en la época romana, Hércules) y sus famosos doce trabajos para conseguir el beneplácito de los dioses. Hércules pasa de puntillas por los doce trabajos y desmonta con cierta habilidad algunas de las leyendas griegas, para centrarse en un encargo del rey de Tracia: ayudarle a acabar con un enemigo.
Es imposible saber qué pasa por la cabeza de Brett Ratner, que hace películas por encargo medio decentes como X-men: La decisión final o El dragón rojo y luego se mete en jaleos que no van a ninguna parte como la saga Hora punta o la que nos ocupa. Ratner no hace mal trabajo en Hércules, si se compara con el del impersonal y aburrido Renny Harlin, por lo menos en esta ocasión la adaptación se asemeja más a la historia original, es más sangrienta (sin llegar a los deseables límites de la serie Spartacus), tiene más personalidad y la composición musical de Fernando Velázquez es infinitamente superior.
Pero al igual que la versión “Crepúsculo en Grecia” que sufrimos a principios de año, Hércules se queda en una representación poco satisfactoria: la historia da tumbos hacia la mitad del metraje y se vuelve aburrida y soporífera, la presentación de los compañeros de Hércules es reiterativa, hay demasiada presentación de personajes en muy poco tiempo, las batallas son poco novedosas y, sobre todo, los efectos visuales dejan mucho que desear (tanto que algunos parecen haberse quedado a medio hacer, como las serpientes).
Desde el punto de vista interpretativo, Dwayne Johnson (y sus anacrónicos e impolutos blancos dientes) carga sobre sus hipertrofiados hombros con un papel que es más plano que un folio, y estar rodeado del poco justificable personaje interpretado por Rufus Sewell o de los anodinos y exagerados Joseph Fiennes o John Hurt tampoco ayuda mucho a elevar la calidad de la película. Por suerte para él, tiene unos cuadriceps del tamaño de un anabolizado mulo y físicamente es absolutamente creíble con el manejo de la maza.
Hay que volver a reñir al departamento de márketing por colocar a Irina Shayk (otra que se pinta el labio superior con un marcador fluorescente, como Emily Browning y Rosie Huntington-Whiteley) en los pósters promocionales, más que por la desafortunada frase promocional (dando a entender lo que no es) porque aparece menos de un minuto en la película, y está muy mal engañar así al público.
Obviamente es superior a Hércules: El origen de la leyenda, y cuando Hércules llega a los títulos de crédito finales (curiosos, por mostrar lo que no se ve durante los doce trabajos) deja al espectador (independientemente de los arrebatos y las pataletas de Alan Moore) con la sensación de que se ha pasado un rato entretenido, pero que se podría haber hecho más y mejor (mejorar que la resolución no fuera tan previsible, arreglar el patetismo y ridículo de la batalla final o corregir los errores de continuidad).

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