Crítica de ‘Las vidas de Grace (Short Term 12)’: Emotiva y optimista historia de jóvenes con problemas

Las críticas de David P. “Davicine”Las vidas de Grace (Short Term 12)

Las vidas de Grace trata sobre la vida de unos adolescentes en un centro de acogida y la relación que mantienen con sus cuidadores, un drama adolescente que se mezcla con toques de humor, lo que sirve de desahogo en temas de tanta transcendencia.
La historia, contada en poco más de 90 minutos de corte realista, nos presenta a Grace (Brie Larson), una joven de veintitantos años que trabaja como supervisora en Short Term 12, un centro de acogida para adolescentes en situación de vulnerabilidad. Le encanta su empleo y está entregada al cuidado de los chavales, pero al mismo tiempo se debate con su propio pasado conflictivo, manteniendo una relación con un compañero de trabajo, Mason (John Gallagher Jr.), un bromista cuya paciencia llega a parecer la de un santo a lo largo de la película. Allí viven, entre otros, Marcus (Keith Stanfield), el hijo de una prostituta que escribe raps que viran entre la ternura y la rabia, quien cumple 18 años y tendrá que salir pronto; Sammy (Alex Calloway) es una pelirrojo bajito que explota en ráfagas furiosas y luego se retira de nuevo a su timidez. Ahora bien, cuando ingresa en el centro una chica inteligente e inquieta llamada Jayden (Kaitlyn Dever), Grace se da cuenta de que no puede seguir dando la espalda a los problemas que arrastra desde su propia infancia. El delicado equilibrio entre su vida privada y su vida laboral se ve amenazado y Grace tendrá que encontrar el modo de superar una crisis que la está llevando a una situación límite, pero también le permite descubrir inesperados destellos de esperanza.

El guionista y director Destin Cretton trabajó en una casa de acogida una vez. En 2008 se sirvió de sus experiencias en un cortometraje del mismo título, y logró acercarse a la perfección, con un drama de 21 minutos de duración que observa pero nunca juzga. Tras ganar todo tipo de premios en festivales, lo ha transformado en una nueva versión cinematográfica, muy buena sin ser tan perfecta, reflejando de nuevo cómo y por qué contamos historias sobre nuestras vidas.
Las vidas de Grace nos introduce en un “ambiente seguro”, en el horario y normas que proporcionan la estructura para los adolescentes que los necesitan. Lo que más sorprende de la película es que no se centra en los dramas de los niños, sino en la interacción diaria que la instalación ofrece. Los medicamentos y las inspecciones de las habitaciones, así como las reuniones matinales con sus bromas y pequeñas peleas. 
La película arranca con Mason contando una espectacular anécdota sobre la vez que tuvo que seguir a un adolescente que salió del centro y recorrió la ciudad sin permiso – los empleados no pueden tocar a los niños una vez abandonan las instalaciones – mientras él luchaba contra los efectos devastadores de un taco que engullía su estómago y abría su deseo de ir al baño, y la gracia es que cada niño en el lugar conoce la historia, aunque haya llegado después, por eso lo quieren y confían en él. Cretton sabe muy bien que es mejor apoyarse en los pequeños momentos más humanos que en los traumas de los personajes.
Las vidas de Grace también es capaz de enternecernos con historias y escenas más allá de los niños que viven en la casa de acogida, y consigue una preciosa escena, llena de emoción y sentimientos, con el discurso que Mason realiza en el aniversario de bodas de sus padres adoptivos, una escena lacrimógena pero perfectamente realizada para que llegue a lo más profundo de nuestros corazones.
Sí, las dos anécdotas citadas implican a Mason, interpretado por John Gallagher Jr., y es que él, junto a Brie Larson, ofrecen una química impecable en la pantalla, con una sensibilidad creíble para sus papeles como compañeros de trabajo, pero involucrados en secreto en una relación, un gran trabajo de ambos que logran comprendamos los motivos por los que aguantan cada día en un trabajo así, y como son capaces de mantenerse firmes ante tanto y tanto sufrimiento. En el reparto adulto también tenemos a Rami Maler en el rol de Nate, un joven que decide tomarse un año sabático para trabajar en esta casa con niños “desfavorecidos”, pero de la misma forma que comienza de forma entusiasta, lo hace de manera torpe, y consigue una gran variedad de registros para que veamos la evolución y el cambio en los sentimientos y la manera de entender a los niños.
Pero lo realmente destacable es el reparto más joven, donde Kaitlyn Dever como Jayden logra una más que digna interpretación revelando el sufrimiento de alguien con problemas a los 15 años de edad, que actúa como catalizador para el desafío de Grace. Y qué decir de Keith Stanfield como Marcus, un afroamericano de 17 años de edad, a punto de “graduarse”, con un temperamento desagradable, y que nos deleita con un duro rap en el que realiza una serie de acusaciones contra la madre a la que él llama puta. Eso sí, no vemos el mal, no vemos los orígenes de los problemas ni quienes han abusado de ellos, vemos los efectos y las consecuencias del mal en los niños.
La banda sonora de Joel P. West es tan suave que parece como si el compositor no quisiera molestar a los personajes, siendo el tipo de música que endulza lo que vemos sin falsear.
Las vidas de Grace captura los sombríos estados de ánimo y el dolor, pero también el humor que ayuda a sobrellevar cada día. Quizás no sea una película visualmente espectacular, pero quien necesita eso cuando es profundamente conmovedora.

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