58 SEMINCI. Sección Oficial. ‘Omar’: Pone rostro y carne humana a los dos frentes de la lucha en Cisjordania

Las críticas de Carlos Cuesta en la 58 Seminci: Omar

El valor de una gran película a veces radica en que consigue ponernos en la piel de otros con la sensación de que contemplamos la realidad. No una recreación de los cierto, si no lo cierto. No lo que puede ser, si no lo que está siendo. He salido de la proyección de Omar con la incómoda sensación de apoyar la causa del terrorista. ¿Acaso no lo llamaríamos así en los medios de comunicación? ¿Un grupo que se prepara para acabar con la vida de un militar y lo consigue? Así lo llamaríamos en tiempos de paz. ¿Podemos decir que israelíes y palestinos no están en guerra? Para los que estamos a miles de kilómetros del conflicto, películas como Omar son una de las escasas opciones que tenemos de plantearnos todos los puntos de vista. Esta producción deja al menos la sensación de que, pese a la enorme parcialidad del relato, nos acerca un planteamiento honesto.
Omar, Amjad y Tarek son amigos desde la infancia que viven en la Cisjordania ocupada y que se preparan para combatir como guerrilleros contra Israel. Una noche se sirven de un fusil para acabar con la vida de un soldado y los israelíes comienzan a dedicar un notable esfuerzo para capturar al asesino (que es Amjad, el mejor tirador de los tres). Omar será capturado y torturado y finalmente liberado con el compromiso de entregar al líder, a Tarek. Entonces el grupo deciden preparar una emboscada cuando el joven finja entregar a su compañero. La frialdad de los servicios de inteligencia israelíes pondrá a prueba su confianza y lealtad, y tejerá sobre ellos y su entorno más cercano una red de desconfianza capaz de poner en peligro su amistad y la relación con las personas que más aman.

Impresiona la desbordante humanidad que logra la película de Hany Abu-Assad con el apoyo del grupo de jóvenes actores que nos transmite toda una gama de emociones desde la responsabilidad al liderazgo, pasando por la lealtad, el amor, los celos, el romanticismo, la vergüenza, la desoladora certeza de la mentira, la amargura de la traición y el deseo de vivir. Sabe ponernos de parte de una causa sin planteamientos burdos y sin grotescos chantajes emocionales.

El director es especialmente inteligente a la hora de introducir una tierna historia de amor en la vida de Omar (Adam Bakri), un proyecto de futuro, la apremiante sensación de que la vida se escapa mientras realiza el sacrificio que le impone el deber. El muchacho tiene celos de Amjad, su compañero, que también está enamorado de la misma chica, hermana del tercero. La discreción, el peligro y varias estancias en prisión como sospechoso del atentado ponen una distancia entre ellos que hace que surja la desconfianza y que se plantee si la sinceridad de su amada Nadia es tan fundada como él creía.

Omar es una película cargada de frescura, intensidad, verdad cinematográfica y sentimiento, capaz de recordar lo shakesperiano a través de las mentirosas trampas del destino. Mientras, el protagonista librará un tenso y peligroso duelo de voluntades con Rami (Waaled Zuaiter), uno de los responsables del servicio de inteligencia israelí. Incluso el agente, pese a su falta de escrúpulos, se nos presenta como un personaje plenamente humano, que de hecho juega esa baza para conseguir la cooperación de Omar. La relación de odio entre ambos es vibrante.

Estamos ante una historia trágica, pero no me canso de repetir que la tragedia vendida por sí misma no suele alcanzar más que el agotamiento. Por eso es de agradecer que se nos muestre además una forma de vida, una posibilidad de éxito a la hora de buscar la felicidad, una dosis de humor, una realización ágil. Omar tiene todo esto. Sólo podría reprocharse que la desbordante personalidad y carácter del protagonista a través de la destacable actuación de Adam Bakri no tenga una correspondencia con su pareja femenina.

Omar tiene la fuerza de esas películas que te gustan en su conjunto, que te sobrecogen y que cambian tu opinión y tu referente de las cosas, que te sorprenden y te agitan al instalar en tu cabeza la idea de que quizá la realidad no esté tan clara, que hay que pensar un poco más antes de colocar pegatinas de buenos y malos.

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