58 SEMINCI. Sección Oficial. ‘Metro Manila’: Una batalla entre la desesperación y la honradez

Las críticas de Carlos Cuesta en la 58 Seminci: Metro Manila

La Seminci nos acerca a la vida de gente de lugares muy distantes que tienen problemas trágicos de los que hemos oído hablar en muchos contextos. Es un festival que desborda humanidad y a veces esa humanidad cruda sólo es digerible si el director consigue el equilibrio entre espectáculo y conciencia. Metro Manila lo logro cuando nos lanza en paracaídas sobre uno de esos países lejanos, Filipinas, y nos hace caer junto a un matrimonio con dos hijas que decide emigrar a la ciudad, arruinados por una mala cosecha. Su apuesta se tuerce nada más empezar y descubrirán un entorno despiadado, violento y mísero que pondrá a prueba su resistencia.
Acudí a la sala con la única referencia del director Sean Ellis al que tan sólo conocía de la original y entretenida Cashback, aunque esto no suponía garantía de nada. Los primeros minutos de la película ya me decían que nada tenía que ver una cosa con la otra y la vertiente social que se esperaba en un escenario como este festival se confirmaba. La mujer protagonista (Althea Vega) se verá forzada a trabajar en un prostíbulo para llevar dinero a casa y a dejar a sus hijas en el club mientras su marido (Jake Macapagal) logrará hacerse con un peligroso puesto en una empresa de seguridad de transportes blindados.

Metro Manila no es un film asombroso de brillantes actuaciones ni tiene un argumento absolutamente original pero sitúa personajes muy creíbles y bien trabajados en situaciones que nos arrastran a la empatía. Además no se limita a hacernos un retrato de la miseria si no que maneja la acción sin forzar las situaciones a un ritmo y lento y angustioso que no llega a ser desesperante. Finalmente consigue enlazar las penurias de la familia con una violenta y peligrosa historia sobre ambición, miedo, violencia y honradez. Con ella Sean Ellis pone un cebo envenenado de evidencia que el espectador puede llegar a morder sin excesiva dificultad.
La historia discurre por un camino acertado. Pese a que nos plantea tremendas situaciones, como la decisión de la mujer de aceptar el trabajo en el club, no se ceba excesivamente ni acude al morbo y nos muestra escenas de mucha dureza sin llegar a torturarnos. Mientras, va desenvolviendo la trama en torno al marido y la empresa de seguridad, nos hace partícipes de la tensión que sufren estos trabajadores y nos presenta la violencia como un ciudadano más, de hecho El ciudadano más popular del distrito de Metro Manila.

Óscar es un padre de familia dispuesto a jugarse la vida para mantener a su familia. Un tatuaje que lleva en el brazo y que recuerda su pasado militar en infantería le abre las puertas de este empleo. John Arcilla interpreta a su mentor en el oficio, una persona que le da todo tipo de facilidades y le prepara psicológicamente para el hecho de que antes o después terminarán por robarle. Es lo más parecido a un amigo que ha tenido hasta el momento en una ciudad en la que todos parecen querer aprovecharse de todos y, en efecto, se evidencia desde el primer instante que la amabilidad de su compañero no es gratuita ni desinteresada. 


Me gustó mucho la forma en que el personaje protagonista termina llegando a este empleo, cómo la película transmite la inquietud de estas personas que se juegan diariamente la vida y la tentación de hacerse con la mercancía que transportan para salir de la miseria. Las escenas de acción están bien repartidas y se ejecutan de una forma realista que no desentona con el resto del film. Y aunque decía que este no es una película de brillantes actuaciones sí lo es de interpretaciones sobresalientes.

Sin embargo, y no digo que la conclusión me disguste, el tramo final de Metro Manila me dejó un tanto confundido, se acelera obligatoriamente en un angustioso clímax de violencia en el momento en el que el destino inevitable se hace realidad. Ese cambio de revoluciones te hace tener la sensación de cambiar súbitamente de película.

En esta ocasión Sean Ellis manipula con acierto los mecanismos del sentimiento, la visceralidad y la sorpresa para arrancarle al público un sonoro aplauso que hace sospechar que Metro Manila podría conseguir alguno de los premios de este festival.

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