58 SEMINCI. Sección Oficial: De repente ‘Matterhorn’

Las críticas de Carlos Cuesta en la 58 Seminci. Matterhorn

Horas antes del palmarés de la recientemente clausurada Seminci dejaba reflejada por escrito mi fascinación por un título que me sorprendía por su sentido del humor y de la oportunidad, por su cierre redondo y por su fresca y peculiar manera de abordar la tolerancia. Diederik Ebbinge no ha logrado con Matterhorn el premio del público que había pronosticado para él pero sí el galardón Pilar Miró al mejor director novel. En esta película, un calvinista practicante de costumbres cuadriculadas reprende a un hombre por vagar por las calles pidiendo para comprar gasolina (eso es algo que él supone porque el desconocido no habla). Como contraprestación al dinero que le entregó días atrás le obliga a realizar alguna tarea en su casa. Enseguida se apiada de él y ambos comenzarán a convivir.
La actitud estrafalaria y descuidada del nuevo inquilino provocará en la casa de Theo y en el barrio una sucesión de cómicas situaciones que despiertan la risa más profunda y una reacción a mitad de camino de la vergüenza ajena que la historia consigue resolver con talento, cariño, grandes actuaciones y un buen guión. Cuando estaba a punto de abandonarme a la idea de que Matterhorn no era sino una metáfora de la caridad mal entendida (en estos festivales uno termina por ver metáforas en todas partes) la película dio un giro que situaba casi todo en su contexto. Casi todo, porque hasta la preciosa escena final uno no termina de interpretarlo todo, de asumir que esta historia no es una alucinación llevada demasiado lejos ni un surrealismo descacharrante abandonado a su suerte.

Decir que entre los dos actores protagonistas hay química es quedarse muy corto. La conexión entre ambos personajes silenciosos (uno por voluntad propia y otro forzosamente callada) es inmediata. La mirada del sonado desconocido no es sólo portadora de una tierna inconsciencia sino también funciona como reflejo de incomprensión ante ciertas costumbres sociales o ante la hipocresía disfrazada de generosidad o piedad. La presencia de este hombre, Fred, es un desencadenante de envidias, de una competición entre dos vecinos por ver quién es más religioso, más bondadoso, más que el otro (detrás de la que se esconde otras rencillas del pasado). Fred termina por parecer el más normal de la comunidad.

Las vidas reprimidas de personas ocupadas en aparentar más que en ser queda hilarantemente registrada con escenas en las que los personajes se abrazan a la bebida para superar la monotonía o el sufrimiento de lo que les ha dejado la vida. Hombres extremadamente religiosos acaban por aprovecharse del prójimo, detestar a sus semejantes, dar lecciones de civismo y moral cuando apenas son capaces de entender ni respetar a las personas más cercanas. Ante el silencio de Fred, ante una persona que no puede ni quiere adentrarse en la retórica que les impone la religión, sus conciudadanos se despeñan por el autoanálisis; ante alguien que no les reprocha nada terminan por descubrir sus propias faltas. Matterhorn sólo puedo entenderla como una divertida manera de aproximarse a la tolerancia, al perdón, a la redención más humana.
Durante días llevo escuchando en mi cabeza sin parar la canción con la que concluye esta película; una más que afortunada y emotiva escena en la que todo queda claro al fin, todos los nudos quedan atados y cada gesto y detalle de la trama se resuelve con una coherencia mayúscula. Cuando el título parecía condenarme a una sesión matutina de cine bélico o rupestre, me encontré con esto. Cuando parecía que las sorpresas de la última edición de Seminci se habían terminado, de repente, llegó Matterhorn. Si llega a la cartelera véanla y disfruten de ella como yo lo hice.

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