58 SEMINCI. Gala de inauguración. Comienza la SEMANA: ¡Rock and Roll!

No es que la Seminci me sugiera el disfrute desenfrenado o el Rock and Roll, lo digo por el título, pero ya es otra cosa sentir ese movimiento por la ciudad que trae el Festival; la gente tapeando algo entre películas y el cine como excusa para el reencuentro; entrar en la sala a las dos de la tarde para ver la primera proyección y cruzarte con los mismos actores que acabas de ver en acción. Mientras en la plaza de San Miguel se hacían unas fotos con la prensa los del equipo de Todos queremos lo mejor para ella, me crucé con un agradable José Coronado que se prestó a un foto (de ahí lo del Rock and Roll, de la frase de su personaje Santos Trinidad en No habrá paz para los malvados; le pasamos la película y Coronado alucinaba porque su firma ya la tenía que estampar sobre la del director Urbizu, que estuvo el año pasado).
La alfombra roja sacó a la calle como cada año parte de la esencia de lo que se ve dentro, que es lo importante, y un poco del toque mágico de las estrellas (que se lo quedan todo para ellos los periodistas, que son unos privilegiados estos días). La gente de a pie (a la que le gusta el cine, a la que no y a los que se quedan para ver qué es lo que pasa) seguía desde las gradas y junto al Calderón la retransmisión de Castilla y León Televisión. Con el pantallón colocado a las puertas del teatro, los asientos y el solecito (amenazaba lluvia pero el contencioso eterno entre De la Riva y las nubes se saldó a favor del alcalde esta vez) el público estaba más a gusto que en brazos. Dentro, la gala comenzaba con un vibrante popurrí de música rock (vaya, pues resultó que sí) interpretado por el maestro de ceremonias (el actor Nancho Novo) y la banda.

Un público agradecido disfrutó del humor ameno y a veces cínico de una de las galas más reivindicativas tanto de la profesión de actor como del cine como entretenimiento y cultura. Para el que todavía tuviera dudas sobre qué es el cine de autor y según Novo “en el cine de autor los actores no cobran”. Montoro creo que no estaba invitado pero apareció un par de veces a costa del IVA cultural en un inauguración que puede haber sido, seguramente, la que haya planteado una situación más dramática para el panorama cinematográfico. El discurso del director del Festival, Javier Angulo, leído por José Coronado, no se andaba con historias: las salas se cierran y nos quedamos sin cine aunque en los centros comerciales tengamos doble ración de propaganda de Hollywood. Con Internet y las redes sociales más presentes que nunca (en las manos de los invitados y en los teléfonos de los que minuto a minuto retransmitían la gala), el discurso oficial invitaba, casi rogaba, a apoyar el cine en las salas y resucitaba a McLuhan para contradecirlo. Las redes sociales e Internet están muy bien, pero el medio no es el mensaje, el mensaje es el cine.
Todo el evento estaba siendo muy divertido e incluso dinámico (Nancho Novo y José Coronado se abrazaron en el pasillo antes de ese discurso y el segundo engrosaba la lista de profesionales que vinieron por primera vez al Festival como buenos intérpretes y regresaron como grandes estrellas) pero el momento que mejor transmitió la magnitud de esta Semana fue el momento en que una emocionado, o nerviosa, o simplemente fabulosamente dramática Marisa Paredes entregaba a Jacques Audiard una de las Espigas de Honor. Un director capaz de empequeñecer a Marisa Paredes (que en esto de actuar es gigantesca) tiene que ser muy grande. Él la recibió (la Espiga) con humor y humildad y se sumó a eso de que los premios hacen grande a los que los entregan más que a los que los reciben, porque la Espiga se la dedicó “al cine español”. Con el panorama que habíamos pintado (a mí hasta me extrañó que la gente no saliera corriendo del Teatro pensando que los cines los iban a cerrar mañana) le debimos dar incluso un poco de pena. Él la ofrecía en un agradable momento de desconcierto, porque querían reabrir el estuche con el galardón y entre tres no podían. “¡Te quiero Almodóvar!” Remataba Audiard, reconociendo que en el fondo los directores lo que quieren hacer cuando reciben un premio es lo que hizo Penélope Cruz en los Oscar, que es gritar el nombre de Pedro como si estuvieran con él en el patio de casa.
Luego vino el momento de recordar a los que nos han dejado, a los que han muerto, vaya, que han sido muchos este año. El Calderón se convirtió en un aplausómetro que medía cuanto quería a la gente a esos grandes profesionales que ya no están, o al menos cuánto les agradaba ver sus rostros en las pantallas (porque lo cierto es que ver la cara de esas personas conocidas y populares, famosas las llaman, no sólo nos divierte, sino que nos tranquiliza porque nos sirve para dar continuidad a lo que fue con lo que es y nos ayuda aferrarnos a ese tiempo que se nos escapa). Parece que a Fernando Guillén se le quería mucho, como a Querejeta, Borau, Pepe Sancho, Sara Montiel o Constantino Romero. Otros recibían menos aplausos, que no es que no se les quisiera, pero se les conocía menos. Por eso está bien este homenaje y que a gente tan importante para el cine pero tan desconocida se le aplauda justo después o antes que a los más grandes, porque el cine también es de ellos. Abandoné el palco durante la gala en tan inapropiado momento, con el tiempo justo para llegar a la siguiente proyección, The Canyons. Me podía haber ahorrado la carrera.

Imagen: Carlos Cuesta y David Pérez

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