Crítica de ‘Lo que el día debe a la noche’: Una honda experiencia sentimental con el trasfondo de la independencia argelina

Las críticas de Carlos Cuesta: Lo que el día debe a la noche (Ce que le jour doit à la nuit)

Lo que el día debe a la noche es un intensa experiencia que nos pasea por lo dramático con la excusa de lo histórico. La independencia de Argelia respecto de Francia después del conflicto bélico y los años previos al levantamiento configuran el contexto en el que se mueven unos personajes que nos hablan de arraigo, de sueños, de amor y envidia, pero sobre todo de lealtad. El amor de dos jóvenes separados por la distancia invisible de sus orígenes será puesto a prueba por el tiempo y el conflicto entre sus naciones pero sobre todo por el trágico azar.
Younès (Fu’ad Aït Aattou) es un joven argelino que comienza a vivir con su tío farmacéutico cuando su padre pierde todo lo que tiene; Emilie es una guapa niña francesa, alumna de su tía, a la que conocerá en su tierna infancia y con la que se reencontrará años después. Todo parece predestinado y su enlace completamente natural, pero una fugaz relación de Younès con una mujer divorciada, días antes de volver a ver a Emilie (Nora ArnezederEl invitado), hipotecará su destino y su felicidad e impedirá aceptar a la persona que lo ama. La joven, que desconoce los motivos del rechazo, tratará de poner celoso al muchacho argelino dejándose querer por el grupo de amigos franceses de Younès.
Esta película es mucho más que una historia de amor aunque esta faceta se coloque por encima de las demás. El origen árabe del chico, que cambia su nombre por Jonas para afrancesarlo, se diluirá en contacto con sus amistades francófonas, mientras la acomodada situación de su tío (casado con una mujer también francesa) le permitirá pasar de puntillas por la penosa situación de los árabes en la colonia. 
La posición del chico, entre dos tierras, le impide ser plenamente aceptado por los franceses e inclina a  los árabes a considerarlo una especie de traidor. Sin embargo puede estar feliz de aparentemente haber dejado atrás el pasado catastrófico de su familia (fallecida su hermana y su madre en un bombardeo de los ingleses a Argelia y desaparecido su padre, alcoholizado por la deshonra de tener que ceder la custodia de su hijo para que éste tenga un futuro); puede además vivir una juventud acomodada y disfrutar de un futuro próspero. Cuando las fricciones entre árabes y franceses estallen en el conflicto bélico, ambas facciones le pedirán que se defina pero él pertenece a ambos mundos y en los dos tiene lealtades a las que no podrá renunciar.
El rostro de Fu’ad Aït Aattou devora la pantalla hasta el riesgo de convertir todo lo demás en una anécdota, hasta conseguir que la belleza de Nora Arnezeder quede eclipsada. La intensidad de su mirada y su absorbente presencia elevan esta película dramática, sensible, interesante y arrebatadora, tal vez demasiado lenta pero ciertamente vibrante. Como contrapunto, la trama se asienta demasiado en las circunstancias azarosas, demasiado coincidentes, y cede el equilibrio de la historia a una sola explicación que de ser pronunciada desbarataría todo sin remedio. Esa palabra no dicha, esa explicación no dada, nos mantiene repetidamente en un vilo que impide profundizar en otros aspectos como la propia guerra. La sensación de peligro y de desequilibrio social es patente, pero la escenificación del conflicto jamás llega a mostrarse de forma gráfica más allá de varias escaramuzas. A veces incluso se hace difícil tener una concepción acertada de cuánto tiempo ha pasado entre algunas escenas.
Otro de los aspectos que desdibuja el valor de esta película es el hecho de que momentos de gran intensidad dramática pasan de una forma rápida y sin conseguir alcanzar las pulsaciones necesarias. Puede que el cine americano haya contaminado tanto nuestra percepción de la realidad que consideremos poco verosímil una situación que es como la vida misma. Es curioso, no obstante, que una película de casi tres horas no dedique más segundos y más planos a situaciones que suponen un punto de inflexión en lo narrativo pero son demasiado ligeras en lo interpretativo. Sí que es realmente interesante el sentimiento de sincera pertenencia que los colonos muestran por su tierra, representados de forma clara por el terrateniente de origen español interpretado por un resuelto Vincent Pérez.
El argelino Alexandre Arcady dirige una producción notable en el que los actores se muestran convincentes pero que abusa de la actitud indolente de su protagonista, que pasea su atractivo por la pantalla con fuerza y ambigua timidez, haciéndonos llegar la confusa sensación de que el personaje debe terminar la secuencia sin arrugar la camisa. Pese a la profundidad de los mensajes que nos transmite la historia y  lo interesante e instructiva que es la faceta histórica de la película, los acontecimientos que no tengan que ver con la historia de amor de Younès y Emilie nos llegan de una forma menos desarrollada de lo que uno podría desear. Incluso la conclusión parece fuera del estilo del conjunto de la  película y tiende a la moraleja más que al realismo que ha imperado el resto del metraje.
Lo que el día debe a la noche adapta la novela de Yasmina Khadra y seguramente en el libro encontremos todo ese contenido que en la película parece faltar. De todos modos uno queda satisfecho con la recreación de la época, con la actuación de los personajes y con la intensidad un tanto intermitente de la historia, pero desde luego impactante. 

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