Crítica de ‘Gru, mi villano favorito’: El villano que descubrió que tenía corazón

Las críticas de David Pérez “Davicine”: Gru, mi villano favorito

No todos los supervillanos puede ser “buenos” en sus trabajos, o al menos los mejores. Aspiran, como cualquiera, a la grandeza, pero pueden aprender que no están hechos para su innoble profesión, quizás porque no sean tan malos como les gustaría pensar que son. Esa es la esencia de Gru, mi villano favorito.
La película nos presenta a Gru (voz de Steve Carell en la versión original, y de Florentino Fernández en la versión doblada en español), que parece un cruce entre el tío Fétido de la Familia Addams y el Dr. Maligno de Austin Powers (o su predecesor, el villano de Bond Ernst Stavro Blofeld). Vive en una bonita casa en un buen barrio, una tapadera perfecta para su vasta guarida subterránea donde sus secuaces Minions- que se comportan como Umpa Lumpas y tiene un aspecto similar a la fusión de un pastelito Twinkie y los pequeños y simpáticos alienígenas de Toy Story – y su colega y científico loco, el Dr. Nefario, construyen sus artilugios y armas.

Los planes de Gru van desde las cosas a pequeña escala, como la fabricación de un globo con forma de perro para un niño pequeño y luego hacerlo estallar, a las empresas más grandiosas como el robo de la estatua de la libertad. Cuando llegan tiempos difíciles, Gru se propone lograr su mayor atraco: robar la Luna. Pero está compitiendo con un advenedizo joven, el nerd Vector (doblado en la versión original por Jason Segel) y descubre como se reblandece su frío corazón poco a poco cuando tres adorables huérfanas – Margo, Edith y Agnes – llegan a su vida. De repente es responsable de algo más que sus propias intrigas, y Gru sólo puede ir de mal padre.
Gru, mi villano favorito es una película realizada para el entretenimiento familiar, siguiendo una pauta conocida y vista en muchas películas, en las que un personaje ruin debe robar algo grande y tiene un cambio de corazón tras encontrar unos adorables y entrañables niños. Es un cuento cuyo resultado es evidente desde el primer momento, pero que debe ganarse a su público objetivo. Combina lo surrealista con lo cotidiano, lo futurista con lo histórico, pero en su esencia es una emoción atemporal y real. Es una simple historia de amor, del bien triunfando sobre el mal y la redención de un hombre. Y si bien la premisa puede ser familiar, la presentación es todo lo contrario. Es una película que nos absorbe en su sensibilidad alocada desde el principio y nos libera al final, pero no antes de que nos encante.
Todo está estudiado para la manipulación emocional máxima, y lo logra, pues esos pequeños, pícaros y preciosos secuaces de Gru son lindos y divertidos. Pero Gru y Vector son creados bajo la sombra de el Grinch y el síndrome de Los Increíbles, respectivamente. Florentino, en el doblaje de Gru, nos ofrece un carisma similar al del Dr. Maligno, aunque sin tanta malicia, pero si con un recuerdo demasiado cercano de este personaje. Y, por si fuera poco, no nos ofrece en su registro un cambio tan radical en su forma de comportarse como su cambio de sentimientos.
Destaca la banda sonora, con el gran Hans Zimmer unido a Pharrel Williams, quien ha creado temas que unen lo clásico con lo moderno, las grandes notas que nos recuerdan a películas de Bond con toques de rap que encajan a la perfección con la modernidad de los tiempos que corren.
La animación en Gru, mi villano favorito no es nada novedoso, aunque el equipo se merece su mérito por un uso creativo de la luz durante una de las primeras escenas en la que Gru intenta inspirar a sus subordinados. Las escenas de acción en toda la película son emocionantes, y quizás lo único rancio que desprende la película son los números de baile pop, que parecen haberse convertido en un requisito para películas infantiles de animación en la última década. Lo que no se puede negar es que la película ofrece suficientes risas y momentos dulces para justificar su recomendación.

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