Crítica de ‘Un invierno en la playa’: El arte de pasar página

Las críticas de Cristina Pamplona “CrisKittyCris”: Un invierno en la playa

Rainer Maria Rilke escribió una vez que ninguna obra de arte había sido llevada a cabo sin que el artista conociera el peligro. No hay duda de que las experiencias son las mejores musas, Y las más peligrosas son aquellas en las que arriesgas el corazón; cuando te enamoras de la chica con problemas del instituto; guardando secretos acerca de tu place que te llevan a odiarla; cuando tú exmujer ha pasado página y tú sin  embargo sigues esperando su regreso. De todo eso habla Un invierno en la playa
El novelista Bill Borgens vive en un bloqueo, tanto artístico como vital, desde el día en que su mujer le dejó. Sin embargo, su hija mayor ha recogido el testigo y está a punto de publicar su primera novela, mientras que el menor se limita a idolatrar a Stephen King y a suspirar por su compañera en clase de literatura.
En este punto se abre a nosotros una historia de guión sencillo y sincero que ha servido de bautizo en el cine al director de Josh Boone que no dudó ni un momento en hacer realidad una historia que mezcla humor e intimidad a partes iguales. 
El reparto lo abre Greg Kinnear (Pequeña Miss Sunshine, Mejor,imposible) como Bill Borgens, el marido acosador de la bellísima y sufrida Jennifer Conelly (Dentro del laberinto, Una mente maravillosa). Sus vástagos son interpretados por Lilly Collins (Blancanieves) y Nat Wolf, que ha pasado de secundario en ese bodrio que es Noche de fin de año al maravilloso papel que aquí interpreta como adolescente arraigado a la bondad de la infancia, pero que está a punto de llevarse un puñetazo de realidad por parte de la edad adulta. Nada hubiese podido ensombrecerle si no llega a ser la presencia de Logan Lerman, que con Las ventajas de ser un marginado y Un invierno en la playa, está destinado a convertirse en el chico del cine indie americano, por mucho Percy Jackson que se cruce alguna vez. 
Si Las ventajas de ser un marginado, hechizaba durante hora y media para después darte cuenta de la inverosimilitud de la historia, temas como el amor, la adolescencia o la decepción se relatan aquí de manera mucho más realista. Las tramas de cada personaje se acoplan tan bien al resto, que no se produce ningún tipo de altibajo en el transcurso de la historia, si bien es cierto que no tiene nada de impredecible, pero es que hasta en eso es un guión sincero, no necesita ningún giro que nos sacuda, sencillamente nos dejamos llevar a través de sus diálogos y de una banda sonora de primera compuesta por los también noveles Mike Mogis y Nate Walcott que sirve de perfecta muleta para cada escena, y que salpimentan con artistas como Edward Sharpe and the Magnetic Zeros o el fallecido Eliott Smith. 
La fotografía corre a cargo de Tim Orr, que como ya hizo en All the real girls, subordina la imagen al diálogo, pero no por ello deja de regocijarse en las atmósferas. Hay algo muy especial en los ambientes que sugiere el director, ya sea un comercio los días previos a Navidad, el interior de un coche bajo la lluvia, o un armario donde esconderse de la realidad. En todos ellos se palpa una sensación de calidez que va de la mano de la bondad del guión.
Un invierno en la playa habla sobre la necesidad de pasar página, de agarrarnos al futuro y crear nuestra propia historia, de la sempiterna guerra entre romanticismo y realidad, y de la capacidad redentora y curativa del amor.
Recomendable para todo aquel que busque una historia amable sin pretensiones, aderezada con discusiones sobre literatura. Y sí, si la veis en versión original, esa es la voz de Stephen King
Besos de cine…

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