Crítica de ‘El ejercicio del poder (L’exercice de l’État)’: Brillante radiografía de la burocracia en acción

Las críticas de Carlos Cuesta: ‘El ejercicio del poder’

El ejercicio del poder es una realista, entretenida y absorbente película sobre la soledad del hombre poderoso. La historia que nos cuenta refleja la manera en que la persona es devorada por lo político y debe sobrevivir en un territorio inabarcable e inevitablemente hostil donde la sensación de control es casi siempre un espejismo. Olivier Gourmet interpreta sensacionalmente al ministro de Transportes francés durante el desarrollo de dos crisis de gobierno (el accidente con víctimas de un autobús y la posible privatización de las estaciones de tren). Él será nuestro guía involuntario hacia los entresijos de la acción gubernamental.
El comienzo de la película nos coloca en la gestión del accidente y nos da una idea del nivel de humanidad del personaje protagonista: un hombre serio, honrado, sensible, familiar, un político diferente a lo acostumbrado o que al menos parece la viva imagen de lo que suele entenderse por un buen político. La segunda de sus grandes pruebas, la cuestión de la privatización, enfrentará su palabra dada con los intereses de su partido y las necesidades del Gobierno, lo que le situará en una encrucijada por mantener su credibilidad, su honor y su prestigio. 
Todas las actuaciones incluyendo las de los secundarios son excelentes pero las de Olivier GourmetMichel Blanc (como su jefe de gabinete) se salen de la pantalla; son los andamios de un relato que mantiene en todo momento el nivel exacto de dramatismo y evita ser pedante, ingenuo o existencialista. Se trata de una historia seria con un mensaje de cierta trascendencia que se permite incursiones en el humor. A pesar del realismo crudo que impregna la película, su chisposo desprecio por lo mediocre en ningún momento se asoma tanto al balcón de lo crítico como para llegar a lo paródico.
La película nos traslada sin moralismos innecesarios una compleja y ambigua concepción del compromiso instalada en la clase política. La grandeza de este título va más allá de las enormes actuaciones o de la reseñable dirección de Pierre Schoeller (premiado por la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica en el Festival de Cannes de 2011); esta película hace un interesante y acertado análisis de la esencia del poder, de su ejercicio absorbente y a veces inconsciente y de lo que queda de él cuando  tiene que defenderse de la verdad incontestable de la escasez económica. La importancia de esa idea plasmada en el guión se evidencia en la fuerza y la credibilidad de los diálogos.
También merece la pena destacar la calidad de una banda sonora (Philipe Schoeller) muy sencilla, discreta y oportuna en sus apariciones cuyos acordes son como apropiados signos de puntuación para una frases bien escogidas. 
Dos personajes asisten al personaje protagonista en esta historia. Uno de ellos (Sylvain Deblé) es el chófer que entra en sustitución del oficial en permiso de paternidad. El nuevo conductor accede al servicio del ministro dentro de un programa sobre paro y solidaridad y nos permitirá incorporar al diálogo de la película, con un testimonio silencioso, el asombro del ciudadano común cuando se le permite una mirada a las tripas del poder político. Su papel ejerce una función de acercamiento al espectador muy bien conseguida. El otro, su jefe de gabinete, es un personaje enigmático, tranquilo, un animal político mucho más acostumbrado a las estructuras de la maquinaria burocrática, menos ingenuo que el ministro y más consciente de la realidad de su situación, y sin embargo mucho más honesto consigo mismo que cualquiera de los demás personajes.
El ejercicio del poder es una película altamente recomendable que he tenido la oportunidad de ver en uno de esas pequeñas salas que sobreviven prácticamente ajenas a los tsunamis promocionales; que siguen fieles a una idea propia del buen cine. Eso no significa que sea un título innaccesible, demasiado profundo o excesivamente intelectual. Se trata de una película intensa pero divertida, reflexiva, bien dirigida, estupendamente interpretada que nos recuerda que, después de todo, los políticos son personas tan humanas y a veces tan mediocres como nosotros mismos.

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