Es más que sabido por los aficionados al cine que, a menudo, llegan a nuestras carteleras bodrios de proporciones bíblicas que, gracias a una campaña promocional bestial, acaban convirtiéndose en taquillazos. En cambio, no tan a menudo como a muchos nos gustaría, se hacen pequeños estrenos con películas independientes y/o experimentales que sorprenden a todos aquellos que les den una oportunidad.
Jean-Marc Vallée, director y guionista, firma una película muy personal, con dos historias separadas por el tiempo pero que se entrecruzan en la narración. Pese al espíritu experimental, el espectador puede seguir ambos relatos sin ningún problema, disfrutando de pasajes realmente hermosos, potenciados por una fotografía y un trabajo de producción envidiable.
El trabajo actoral brilla con luz propia, destacando especialmente el trabajo de Vanessa Paradis y el de Hèléne Florent, ambas con papeles muy complicados que consiguen apropiarse, ocupando toda la atención del espectador cuando aparecen en pantalla y erizando el bello en más de una ocasión.
La banda sonora es una de las bazas fuertes del film, con un tema central que no podrás parar de tararear tras su visionado. La música acompaña de forma magistral tanto las partes más relajadas y felices como los pasajes más dramáticos.
Pese a no ser una película de acción ni de aventuras, cuenta con alguna escena que luce unos efectos especiales simplemente perfectos. Tan solo diré que hay una escena en la que hay dos vehículos implicados que se ha convertido en icónica para mí.
El guión es el único punto al que se le puede achacar algún fallo. Como puntos positivos cabe resaltar lo bien desarrolladas que están ambas historias, además del magnífico trabajo de desarrollo de personajes. No obstante, a la hora de relacionar las dos líneas argumentales el conjunto se derrumba. Da la sensación de que Jean-Marc Vallée tenía dos historias muy buenas que no le daban para dos películas, así que las juntó en una e hizo lo que pudo para relacionarlas. Resulta muy complicado dar veracidad a un desenlace basado en ideas metafísicas cuando, a lo largo del filme, no se juega con estos conceptos. Cuando acabó la película me vino a la mente La vida de Pi, puesto que en este caso también se juega con lo metafísico, dando más peso a lo largo del film a estas ideas (de hecho, demasiado peso).
En definitiva, Café de flore es una película muy recomendable, con la que el espectador disfrutará de una estética embriagadora y de dos historias tiernas y desgarradoras al tiempo.