‘La piel que habito’: Un perturbador juego de terror mental

Las críticas de Carlos Cuesta: La piel que habito

La piel que habito es capaz de escenificar la pasión humana en toda su agitación con un realismo estremecedor, en la forma y en los diálogos. Las pulsiones carnales y dementes que nos traslada la película son capaces de helarnos la sangre, ayudadas por el poder de la sorpresa, por una estética fría y oscura y sobre todo por una fantástica concepción narrativa del tiempo, que desvela la información precisa en el momento indicado de la trama. El uso de la marcha atrás en el tiempo a través de los sueños de los dos personajes principales potencia la macabra experiencia de un persona secuestrada por un hombre siniestro movido por la locura.
Lo mismo que el cine puede hacernos llorar por una persona que no ha muerto o sobresaltarnos con un accidente que no ha ocurrido también es capaz de introducirnos el terror en el cuerpo con hechos escalofriantes, inverosímiles pero con un asomo de verdad y envenenarnos con la incomodidad de acciones enfermizas concebidas para un mundo ficticio. La piel que habito es una película psicológicamente aterradora que perturba y nos convierte en partícipes de la tortura a una persona aprisionada en una piel que no es suya, al que se le ha arrebatado su vida, su libertad y su identidad.

Al principio Pedro Almodóvar juega con el suspense de acontecimientos que vamos conociendo con expectación. Asistimos a la confusa situación de una mujer (Elena Anaya) vestida con un grimoso atuendo color carne que da la sensación de una artificial desnudez. Recibe la comida y los objetos que reclama a través de un montacargas pero vamos asumiendo que su posición es la de una persona secuestrada que se muestra anormalmente tranquila. Pronto descubrimos la identidad de su captor (Antonio Banderas), un doctor de maneras elegantes, sobrias y contenidas. Sus apariciones públicas dan al espectador una magnitud de lo oscura que es su mente porque, a pesar de su actitud de normalidad educada, quien ve la película intuye entre las líneas de sus diálogos lo que la masa difusa de los personajes secundarios ni siquiera es capaz de sospechar.

La presencia de Antonio Banderas clava el perfil para Robert Ledgard, un personaje maníaco al que su pasado echa una mano a la hora de justificar su presente. Su mujer quedó totalmente quemada en un accidente de tráfico sucedido dentro de un trasfondo de infidelidad. Él pudo salvarla de la muerte pero no del terror que provoca aquello en lo que se había convertido y ella terminó por suicidarse. La hija de ambos quedó perturbada por estos hechos y posteriormente absolutamente traumatizada por un encuentro personal que no debo desvelar y siguió el camino de la madre. Robert secuestrará a la persona que considera responsable de la pérdida de su hija y experimentará con ella la creación de una nueva piel sintética que habría podido salvar la vida de su mujer.
La manera en que Banderas expresa la falta de reacciones humanas ante los actos terribles que comete está genialmente conseguida. Interpreta a un hombre siniestro, elegante, clasista. Su pasado auspicia una ausencia absoluta de moral. Sin embargo no parece que todo se deba a sus desgracias. Uno se pregunta si los traumas del pasado son los que provocan su falta de escrúpulos o si estamos ante una persona que no necesita justificación para la maldad. Se trata pese a todo de una persona capaz de amar tal cual lo entendemos las personas comunes. Su trastorno llega al punto de colocar a su presa el rostro de su mujer muerta. Sus actuaciones se mueven en una horrorosa ambigüedad. Cuando abraza a la secuestrada  uno no sabe si abraza a su mujer muerta, a la piel que ha creado o la persona que hay dentro de ella. Estupendos sus diálogos, infectados de un paternalismo enfermizo durante todo un proceso en el que el captor parece olvidar los motivos del “castigo” que inflinge.

Quizá fui injusto, pero no esperaba de Elena Anaya la buena interpretación que logra en La piel que habito, película en la que asume un papel complicadísimo. En la apreciación que podemos tener de su trabajo influye mucho el montaje, la colocación de las escenas y el poder de los diálogos. De muchas de las vejaciones que sufre tiene constancia el espectador porque las presencia, pero de algunas de las torturas y los pesares que le acontecen se entera a través de las conversaciones con Robert, algo que me parece todo un acierto. 
Marisa Paredes está sobresaliente como criada de la familia Ledgard. Se trata de una mujer maltratada por su pasado, áspera, de psique malsana, propietaria de un comportamiento también ambiguo debido a sus lealtades. Ella será la principal cómplice de Robert en el secuestro de Vera (Elena Anaya) y un nexo para algunos de los aspectos más dramáticos del pasado de la familia a la que sirve.

La solvente interpretación de todos los actores es clave para crear una historia de tensión psicológica que escandaliza a la mente, una película de tonos fríos y tremendamente sensitiva, reforzada por una majestuosa banda sonora de Alberto Iglesias, donde el tema  principal basado en estridentes notas de cuerda marca la diferencia. La estética y la temática casan con el universo de Almodóvar. Los personajes pertenecen a ambientes marginales o incluso delictivos, coquetean con las drogas o las consumen sin control; incluso los que disfrutan de una posición acomodada muestran el evidente toque de la decadencia. 
La adaptación muy libre de la novela Tarántula es una película que nos traslada por el agobio del encierro y nos sumerge en una historia repleta de paradojas. Juega con lo terrible y cuando hemos asumido la anormalidad y la extrañeza nos revela fragmentos ocultos del pasado que nos desvelan lo realmente terrible que es lo que está ocurriendo. Lo que nos parecía abominable resulta ser apenas nada. Asistimos a la creación de un Almodóvar perturbador y genial.

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