‘En la mente del asesino’: Lo siento, pero no pude entrar en la mente del asesino

Las críticas de Carlos Cuesta: En la mente del asesino

El cine recupera el personaje novelesco del doctor Alex Cross, detective y futuro agente del FBI, pero no al actor que lo interpretó (Morgan Freeman) en  las dos películas anteriores (que por la bendición de las precuelas son las dos posteriores cronológicamente: El coleccionista de amantes y La hora de la araña). En la mente del asesino rellena un hueco temporal en la trilogía que explica el pasado del agente, pero en absoluto es interesante como película en sí. Su mayor fracaso es quedarse a mitad de camino entre el thriller y la película de acción, sin decidirse por ninguno de los dos géneros. Ese, y no lograr entrar en la mente del asesino, pero ese objetivo sólo se lo había impuesto el título español (el original es Alex Cross).
Tyler Perry toma el testigo de Morgan Freeman y da lugar a una odiosa comparación de la que sale perdiendo el menos popular de los dos. Interpreta a un bondadoso, intuitivo y capacitado detective que investiga un asesinato múltiple en el que una mujer ha sido torturada hasta la muerte. El caso le lleva sobre la pista de futuros crímenes y del psicópata que los comete. Frustrar su siguiente golpe pondrá a Cross en un serio problema, puesto que atraerá la atención y la violencia extrema del asesino hacia su equipo y su familia. 

Si tuviera que resaltar algo bueno de la película de Rob Cohen es el potencial del personaje antagonista. Mattew Fox logra transmitirnos un inquietante sentimiento de peligro cuando vemos su rostro afilado, sus ojos de hombre peligroso abiertos hasta el extremo, su figura modelada fruto de la obsesión. Su trabajo y su caracterización quedan estropeados por el abuso del manido toque de elegante asesino de élite opositor a hombre renacentista, por su lenguaje grandilocuente pero poco pulido y sus tics de trance que ningún pasaje de la película nos llega a explicar. Sus impulsos asesinos, el morboso interés por la psicología del depredador quedan sepultados por los alardes tecnológicos y de artillería de los que se vale para llevar a cabo sus acciones. Se nos vende un tipo sofisticado y analítico, pero también mortal en el cuerpo a cuerpo. Sólo esto último explica que se preste a una melee contra un oso como Tyler Perry.
Hablemos del personaje principal, que comparte con los miembros de su equipo un alarde de suficiencia alimentado irremediablemente por la trama. Se nos quiere presentar un hombre que no sólo es ultracompetente en su campo, sino que es ingenioso y carismático en lo personal, pero no consigo encontrar en él más chispa ni gracia que en una persona corriente, y en sus deducciones más que un poder similar a la pura adivinación. Sus conclusiones son excesivamente rápidas, acertadas casi siempre, aunque a veces uno tiene la sensación de que no están basadas en nada que podamos compartir o contrastar con lo que vemos en la pantalla. 

Un jefe (John G. McGinley) que no para de demostrar su estrechez de miras y su poca competencia es todo lo que necesita Alex Cross para parecer el más listo de la clase (no es el único personaje secundario que se nos presenta innecesariamente como un auténtico idiota); eso y su mirada de trance que no se dirige hacia las personas a las que habla, restando empatía al personaje; eso y su físico de bestia parda y unas dotes de lucha cuerpo a cuerpo que dan miedo.

La apuesta por la acción sin sutilezas defrauda cuando se espera más de la investigación, más sobre el perfil y las motivaciones del asesino, cuyo presencia queda reducida a la figura de un mercenario morbosamente violento. Los pretendidos intentos de acercarnos a la psicología del personaje de Matthew Fox terminan siendo la tapadera de cuestiones mucho más profanas y poco interesantes que se resuelven con un final atropellado y hasta ridículo.

Además, los eventos dramáticos que pretenden sostener la trama fracasan en la búsqueda de momentos de complicidad sentimental con el personaje. La culpa la tiene una fallida puesta en escena de un supuesto conflicto moral del doctor Cross, empujado a la venganza. Tal cual se nos plantea, el conflicto no existe, y al no existir, se resuelve por sí solo cuando la lógica lleva la trama hasta lo obviamente inevitable.

Eso nos lleva a otro de los grandes inconvenientes de las precuelas. ¿Cómo puedo preocuparme por la vida de un protagonista cuando sé que aparecerá en dos películas posteriores cronológicamente? En la mente del asesino no entra en la mente del asesino, se queda a mitad de camino a la hora de dibujar sus personajes, de todos sus personajes. Vender una trama tosca como un juego de inteligencia es algo poco elegante. Por cierto, sale Jean Reno, pero como si no saliera.

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