Crítica de ‘Díaz, no limpiéis esta sangre’: Cuando la violencia supera la ficción

Las críticas de David Pérez “Davicine”Díaz, no limpiéis esta sangre


En 2001, justo antes de la medianoche del último día de la cumbre del G8 celebrada en Génova, más de 300 agentes de policía asaltaron la escuela Diaz en busca de manifestantes del Bloque Negro. En el interior del centro había 90 activistas, la mayoría estudiantes procedentes de toda Europa, junto con un puñado de periodistas extranjeros que se disponían a pasar la noche allí. Al irrumpir la policía, los jóvenes manifestantes levantaron las manos en señal de rendición. Ignorando este hecho, los policías prosiguieron con la operación desencadenando un torrente de violencia indiscriminada contra jóvenes y ancianos, hombres y mujeres.
Díaz, No limpiéis esta sangre nos traslada al interior de aquel edificio, para mostrarnos el horror allí vivido, así como reconstruir todo lo acontecido previa y posteriormente desde los puntos de vista de policías, activistas, víctimas y periodistas atrapados en la tragedia, analizando cómo la frustración puede explotar generando una violencia cruda e incontrolable.

Daniele Vicari realiza esta película como si de un documental se tratara, enlazando la acción “ficticia” con imágenes reales de periodistas y abogados, mostrando de esta forma el ambiente respetuoso y multicultural que rodeaba estas concentraciones de movimientos de antiglobalización, y tomando un giro dramático para llevarnos de forma cruda y violenta a un desfile de golpes, fracturas, contusiones,  palizas y vejaciones de todo tipo por parte de una gran mayoría de agentes, aunque no todos los agentes entraban en ese juego, pues algunos que se negaban a trabajar de nuevo con sus compañeros “carniceros”.
Si las imágenes son difíciles de visionar por la crudeza de la violencia que se retrata, la música acompaña, así como el volumen general de los sonidos de las fracturas, para que nos adentremos aún más dentro de ese edificio y se nos ponga mal cuerpo ante tal repertorio de humillaciones y abuso de autoridad, pues Vicari se recrea en exceso en la extrema violencia, consiguiendo con eso, el posible motivo principal de esta película, que nadie quede indiferente.
Quizás es tan exagerado lo que vemos que llega a sobrepasarnos y pensamos que tanta brutalidad no puede ser real, no puede haber sucedido, pero ya sabemos que la realidad muchas veces supera a la ficción. Nos muestran a los agentes de la seguridad como auténticas máquinas de golpear, sin mirar ni a quien ni donde, simplemente despejan el camino, en la mayoría de los casos con ganas de hacerlo porra en mano. Quizás ver algo más de humanidad en la policía, algún agente más que se negara a realizar este trabajo, habría aportado algo más de realismo, ya que es difícil creer que todos sean tan malos, pero es difícil juzgar si es o no así como sucedió sin haber estado allí, de ahí que lo juzguemos como una película y no como un documental.
Si Vicari muestra un retrato fiel de lo que pasó es algo que tan sólo los presentes en aquel acontecimiento podrán juzgar, pero algo que podría ser una gran crítica social ante la actitud policial queda oscurecida por lo exagerado en lo mostrado, por la recreación excesiva en la violencia, costándonos creer que tan solo hubiera un joven muerto entre tanta brutalidad.
Muchas películas bélicas se recrean en los “malos”, poniéndonos en antecedentes de los motivos por los que actúan de esa forma, pero aquí nos revelan personajes malísimos sin saber los motivos, rozando lo inverosímil y lo ridículo, lo cual, rodeado de escenas de cuerpos destrozados apilados en montañas, hace que no podamos ver esta película como la crítica que debía haber sido, aunque sienta las bases para que muchos indaguemos más en los sucedido.
Una propuesta exagerada, a la que le sobran minutos de violencia extrema, que podría haber dado más de sí, pues la historia daba para ello, y la realización también.

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