Atlántida Film Fest: ‘Un mundo cuadrado’

Las críticas de Carlos Cuesta: Un mundo cuadrado
Un grupo de jóvenes de un pueblo andaluz vive una terrible experiencia cuando se adentran de noche en el parque natural que domina su localidad. Al irrumpir en la oscuridad del paraje se cruzarán en el camino de un furtivo que abate a uno de los chicos de un disparo. Carlos (Samuel Galiardo) sólo tiene una pista para localizar al asesino: el aspecto de unas botas viejas manchadas de barro. Esa será su obsesión durante su convalencencia y también después, cuando regresa a un lugar repleto de gente atemorizada que en unos casos no puede olvidar y en otros no puede perdonar.
Álvaro Begines (¿Por qué se frotan las patitas?) dirige con suma destreza su segundo largometraje (coescrito junto a Miguel A. Carmona) y deja una gran sensación con una película discreta, sencilla, adaptada a las posibilidades de un actores en su mayoría noveles y presumo que de un persupuesto bastante limitado. Un mundo cuadrado desarrolla una historia coherente que encierra un mensaje que en la vida diaria no nos resulta tan obvio como debería: si cada uno se encarga de los límites próximos de lo cercano todo estaría limpio, ordenado y en armonía.

En el lugar donde viven Carlos y sus amigos los campos cuadrados que se divisan desde el cielo son similiares a las mentes cuadriculadas de pensamiento inmóvil de un pueblo hastiado, del que los jóvenes quieren marcharse, aunque no siempre pueden. La víctima del tiroteo era uno de los afortunados que sí iba a abandonar el pueblo junto a su novia, la chica que siempre ha amado el protagonista y narrador. Después del incidente, la culpa y el rencor son sentimientos dominantes en un municipio donde la luna llena es sinónimo de toque de queda. Los furtivos actúan en días así, organizando cacerías para los buenos postores.
Un día, Carlos cree reconocer al propietario de las botas que han estado como una imagen fija en su mente; la única manera de encontrar al que acabó con la vida de su amigo. Cuando descubra su identidad, empezará a comprender los intereses detrás del toque de queda y del control del parque natural, monopolizado por un cacique (Manolo Monteagudo) que dirige con su influencia la vida de toda la población. La reacción de Carlos es inmediata. El orden de las cosas no tiene por qué ser inamovible. Él y sus amigos comenzarán una arriesgada revolución contra los que creen lo contrario.
Un mundo cuadrado es una película sorprendente que da de sí todo lo que puede, sin excesos ni pretensiones filosóficas demasiado complejas. La metáfora del cuadrado es hilo coductor, no una premisa ni un obstacúlo. Los personajes están definidos, son creíbles, tienen motivaciones claras y nunca pierden la coherencia. Los jóvenes no son calcos unos de otros, son perfectamente distinguibles y son capaces de sufrir el margen de evolución suficiente para que la historia avance con ellos.
Entre todos estos papeles destacan dos por encima de todos. Primero, el de Antoñito (Juanfra Juárez), el hermano discapacitado mental de Carlos, un paradigma de lo que la voluntad es capaz de conseguir. Gran actuación para un personaje que es mucho más que un complemento. Es un mensaje alto y claro de que uno debe ser lo que quiere ser. Brillante también el personaje y la interpretación que pertenecen a Juan Carlos Sánchez. Encarna al abuelo de los dos chavales; un sintecho alcohólico (incompresible o incomprendido) que se niega a vivir con su familia. El motivo es un secreto que a él le corroe por dentro, pero que muchos temen.
Una película interesante, emotiva, emocionante y dramática que se ha alzado con el premio del público, muy merecidamente, de la segunda edición del Atlántida Film Fest. Un ejemplo de cine y de una historia muy bien contada.

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