Atlántida Film Fest: ‘Small town murder songs’

Las críticas de Carlos Cuesta: Small town murder songs

Small town murder songs es un deprimente relato sobre un crimen sangriento que rompe la normalidad de un pequeño pueblo de Canadá. El protagonista de la investigación (Peter Stormare, Prison Break, Minority Report) deberá resolver un caso que se complica por la identidad del sospechoso, la actual pareja de una mujer con la que mantuvo una intensa relación amorosa y que, además, tiene una coartada confirmada. La insistencia del agente Walter en hostigar a ese individuo pondrá en cuestión su profesionalidad y le hará recordar un pasado violento del que quiere redimirse.
La recreación de una comunidad sobresaltada por un suceso de esta naturaleza, el ambiente de sospechas y rumores corriendo de calle en calle está bien recreado pero lo que en principio se ofrece como una historia interesante, cargada de trasfondo e intriga, se ahoga en una realización (Ed Gass-Donelly) desordenada y que abusa de los intentos efectistas de la cámara lenta y de una banda sonora que da la sensación de estar fuera de lugar.

La película tan solo dura una hora y cuarto pero se hace mucho más larga y eso en este caso resulta un problema. El relato tiene varias velocidades, parece estancarse en escenas que redundan en la información que ofrece o que aportan detalles del contexto pasado que ya son relativamente obvios y que sin embargo se presentan como detalles sutiles. Hay escenas que descolocan y otras que insisten demasiado en la idea de que el suceso es excepcional para el pueblo y/o en el pasado violento de Walter.
El personaje interpretado por Peter Stormare no deja por ello de ser interesante y él lo recrea con una buena actuación. Se trata de un hombre que se debate entre lo profesional y lo sentimental, dibujado al borde de la incompetencia y cuya pasada historia amorosa ciertamente cotidiana es lo único que está a punto de rescatar el interés por el relato en torno a la mitad del metraje. La consecución de un final que redima, no ya al protagonista, sino a la propia película, es un espejismo y al final la historia se malogra.

Ed Gass-Donelly firma también un guión que tenía muchas más posibilidades de llegar a algo mejor, aunque su paso por los festivales le ha brindado algún que otro premio. Si uno busca la forma de enmendar el supuesto error (y esto es tan solo una opinión mía) quizá la encuentre en un mayor desarrollo de otros personajes que permitan conocer el sentimiento del pueblo sin tener que recurrir tanto al pasado de Walter; también podrían modelarse más algunos papeles clave como el de Rita (Jill Hennessy, Crossing Jordan), la mujer con la que Walter compartió parte de su pasado. Ahondar en la forma en que el responsable de la película yerra a la hora de escoger los recursos visuales para contarla es mero linchamiento.

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